Desvaríos hacia los mismos fantasmas desde el espíritu de la música

Un 19 de julio de 2016, en uno de mis estados de Facebook, escribí esto:

Quisiera comprender esa inquietud infantil que a veces permea todo lo que hago. A veces desearía no ser tan impulsivo y hacer las cosas en su momento oportuno. Quisiera no disparar en la oscuridad, tener siempre la certeza de cada paso. A veces desearía no creer todo lo que me dicen y saber reconocer al instante que la mentira es inherente a la condición humana, y que también es un acto de cortesía, un gesto blanco como un mal necesario. Y que por supuesto, debo verme al espejo y aceptar que soy parte de ese conjunto de mentiras. A veces quisiera olvidar con la misma facilidad con la que puedo recordar. Quisiera tomar los sentimientos con mis manos y borrarlos a voluntad.

Pero no puedo.

Siempre amo, siempre perdono y nunca olvido. Siempre concedo y siempre permito. Siempre creo. Tengo un pesimismo cocido al rojo vivo con brasas hechas de un amor tóxico. Tengo una relación tormentosa con la literatura (ya lo dijo aquel sabio francés: “amad el arte: entre todas las mentiras es la menos mentirosa”) y un idilio destructivo, una relación de amor-odio con la poesía. Y tengo un sino particular, una estrella impertérrita, que marca lo inevitable, la probabilidad del minuto siguiente: la resolución ilusoria, la resolución del consuelo, el acantilado de la equivocación, donde al final siempre caigo. El signo estelar de la autodestrucción, la sombra venenosa que poco a poco me traga en un viaje sin retorno.

Es como la tonada de un violín: a veces monocorde y contundente, otras contrapuntístico y verdadero, y a veces uno que otro sorpresivo pizzicato, una ironía particular, un inesperado giro de las cosas. Entonces tomo fuerza y cierro un ciclo: solo ocurre y ya. Y un infantil consuelo se apodera de todo.

Hace tiempo que no me veía al espejo. Por una razón que no podría explicar, ahora mismo me gusta lo que veo.

Junto a esta cita colocaba un enlace que dirigía a esta canción:

No sé qué tan falto de atención podía estar, que se me ocurrió lanzar esas palabras para amigos y conocidos. Es decir, confesiones aparte, sé que en este espacio he perdido casi todo el sentido del ridículo (quizá me resulta fácil explayarme, porque sé que quienes me leen no me conocen en persona… es raro…), pero en mis redes sociales guardo un poco el decoro, no solo por la familia y esas cosas, sino porque de todos modos veo más tráfico en las estadísticas de WordPress que reacciones en cualquier cosa que escribo (no, no soy forever alone… bueno, sí, pero ya aprendí a que me dé igual: si no, no estuviera escribiendo aquí).

Y bueno, fuera del mal uso de metáforas, palabras y de no lograr comunicar de manera efectiva algo que de seguro escribí sin revisar muy bien, en términos prácticos creo que había tocado alguna fibra sensible que me hizo sentir mal… algo así como abrir la herida y echar en ella alcohol solo para verificar si uno sigue sintiendo algo. Al menos eso es lo que recuerdo ahora. ¿Cómo pudo haber pasado?

Me he sorprendido a mí mismo encontrando nuevas formas de hacerme daño, de presionarme psicológicamente. No es posible que sea el único a quien le ocurra eso, pero no evito preguntármelo, ya que no conozco a nadie más a quien le pase.

La música. Estoy seguro que fue solo eso: el solo escuchar esa canción de Bread me invade una honda melancolía, una que quizá reúne un conjunto de recuerdos ya añejados. Lo mismo me ocurre con esta canción:

De repente hay días en que solo la pongo, solo porque sí, la escucho y de nuevo me vuelvo una especie de mal alumno dostoievskano, un mal seguidor espiritual de Sacher-Masoch. Es como tener cualquier otra adicción, que uno la busca para saciar algo imposible, aunque se sabe que el daño siempre será mayor y que no se solucionará nada.

Y ya no sé si es necesario volver a sacar todo eso de vez en cuando…

Es decir, debería de tenerlo claro, pero uno va caminando por la vida de modo pragmático dejando que las cosas sean como son (estoicismo puro, pero que no es 100 % efectivo todo el tiempo) y de repente algún proceso existencial pronto pasa factura. Subir y bajar de ánimo: realmente eso hostiga.

¿Será que mucho he estado reflexionando sobre el amor? ¿Será que de todos modos, por más que no lo quiera admitir, realmente debería derribar todos los muros y permitirme enamorarme, o volver a vivir la vida normal, la que lleva todo mundo? Y al releer estas últimas líneas no evito sentirme patético. ¿Acaso no he sobrevivido tal como estoy todos estos años? ¿No será que solo está hostigando ese gen egoísta de la inconformidad, que me quiera empujar a que por obligación tenga alguien a mi lado, para caminar en esta vida?

No evito recordar aquella cita de Dostoievski, que a mis 19 años me estremecía cada vez que releía las Noches Blancas:

Hay momentos en los que me entra tal congoja, tal espanto… En esos momentos habrá de parecerme (y empiezo a creer en ello) que nunca podré empezar una vida nueva, pues ya más de una vez tuve la impresión de haber perdido todo sentimiento y toda sensibilidad para cuanto es realidad y verdadera vida, porque yo, definitivamente, me he maldecido a mí mismo; porque a mis fantásticas noches siguen momentos de postración que son terribles. Y a todo esto, siente uno cómo las masas humanas se agitan a su alrededor en ruidoso tropel, oye y ve cómo las criaturas viven: lo que se llama vivir, vivir de veras y despierto, y ve uno que su vida no obedece a su voluntad, que su vida no se moldea como un sueño, que eternamente se renueva y es eternamente joven, y en ella ninguna hora es igual a la siguiente, mientras la horrible fantasía, o sea nuestra fuerza de imaginación, resulta desconsolada y pusilánime y monótona hasta la vulgaridad, esclava de la sombra de la pura idea, esclava de las primeras nubecillas que de pronto cubren el sol y nos oprimen con acre dolor el corazón, que al sol tanto ama. Y ya en el dolor, ¡qué fantasía! Sentimos que al fin se cansará y agotará esa su eterna tensión, esa fantasía, al parecer inagotable, pues nos volvemos más maduros y viriles y superamos nuestros ideales antiguos, los cuales se desvanecen y se reducen a polvo y ripio. Y si luego no hay vida, debemos unir los trozos de ese cascote para con ellos volvernos a rehacer la vida. Y a todo esto, nuestra alma reclama y anhela algo totalmente distinto. Y en vano remueve el soñador como un rescoldo sus antiguos sueños y busca en las cenizas una centellita, una sola, por pequeña que sea, para soplar en ella, y con la nueva lumbre así creada, calentar el aterido corazón y volver a despertar en él lo que antes le era tan querido, lo que conmovía nuestra alma y nos arrebataba la sangre, aquello que hacía afluir las lágrimas a nuestros ojos y que era una ilusión tan magnífica. ¿Sabe, Nástenka, hasta dónde he llegado yo? ¿Sabe que estoy ya obligado a celebrar el jubileo de mis sensaciones, el aniversario de aquello que un día fue tan hermoso y, sin embargo, nunca existió realmente (pues esos aniversarios conmemoran todos ellos los mismos ensueños vanos y locos), y que tengo que hacerlo así, porque ni siquiera ya a esos locos ensueños siguen otros que los remplacen y ahuyenten, que también hay que remplazar a los ensueños? Solos, de por sí nunca terminan y no hacen más que sobrevivirse. ¿Sabe? Busco ahora con predilección en ciertas horas aquellos sitios en que un día fui feliz, feliz a mi manera, y allí pruebo con la imaginación a imprimir al presente la forma del pasado irrevocable, o también de representarme el pasado; y así me pongo muchas veces a dar vueltas sin objeto, como una sombra, por las callejuelas de San Petersburgo. En este instante recuerdo, por ejemplo, que hace un año justo anduve por la misma acera, y en esta misma hora, tan solo y triste como hoy. Y recuerdo que mis pensamientos de entonces eran igualmente tristes como los de ahora, y aunque tampoco el ayer fuera mejor, nos parece que sí lo fue, como si hubiéramos vivido más plácidamente, y no hubiésemos tenido encima del alma esa vaga melancolía que ahora nos persigue… que no hemos sentido esos remordimientos de conciencia, que nos atormentan de un modo tan doloroso e incansable, y no nos dejan gustar un instante de reposo ni de día ni de noche. Y mueve uno la cabeza y murmura: “¡Qué rápidos pasan los años!” Y torna uno a preguntarse: “¿Qué hiciste de tus años? ¿Dónde enterraste tu tiempo? ¿Es que siquiera viviste? ¿O no?”. “Mira —se dice uno a sí mismo—, mira qué frío hace en el mundo. Pasarán aún algunos años, y entonces vendrá la espantosa soledad, vendrá con sus muletas la vejez temblona, trayendo consigo la tristeza y el dolor. Perderá sus colores tu fantástico mundo, se mutilarán y morirán tus sueños, y cual la amarilla hoja del árbol, asimismo se desprenderán de ti…”¡Oh, Nástenka! ¡Qué tristeza entonces encontrarse solo, enteramente solo, y no tener siquiera de qué poderse lamentar… ni eso siquiera! Pues todo lo que habremos perdido, todo eso no era nada, nada más que un cero, un simple cero: no era otra cosa que una ilusión.

¿Cómo se le ocurre a uno leer estas cosas a tan temprana edad y marcarlas a fuego? ¿O será que de forma inevitable uno terminaría por encontrarse con esto, porque estaba en el sino identificarse por el encuentro de las mismas almas? Igual, después de tantos años solo debería de seguir, de dejar pasar todo, de crear un nuevo sino. Es decir, más Goethe y menos Dostoievski joven, menos el primer Sabato.

Es un sinsentido citarse a sí mismo. También es un sinsentido atiborrar de citas y espacios musicales aquello que se necesita encubrir por insuficiencia de palabras. Solo hay que asumir la debilidad, supongo, y reconocer que cada tanto uno vuelve a los mismos fantasmas, porque la soledad y las palabras lo exigen.

No es lo justo, pero es lo que hay: es una forma de sobrevivirse.

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