Como si fuera…

Quisiera estar en la playa ahora mismo, acostado con la laptop en mis piernas, mientras estoy escribiendo y escuchando a Walk Don’t Round de The Ventures. Todo ello acompañado de una bebida fría y una boca de mariscos. Me imagino con un buen grupo de amigos, todos relajados, esperando a pasar el día, con la sensación totalmente descansada. Casi suena infantil, pero me imagino a todos con la ansiedad de bañarse en la playa, al mismo tiempo que desear estar relajado, sin hacer nada, exactamente como cuando querés comportarte como adulto, pero repentinamente te dan ataques de niño.

Me imagino un grupo con el que tendríamos que alquilar un microbús, con su respectivo conductor designado. ¿Por qué no imaginarme acompañado de alguien especial? ¿Por qué no cabe la idea en esta ecuación? Supongo que es porque no me imagino ahora mismo en tal situación y entonces mi historia carecería de verosimilitud. Ni yo me lo creería.

Pero de todos modos esta sigue siendo mi fantasía. Si tuviera el dinero, ¿a quién me llevaría a la playa? Se me antoja imaginarme que gané un boleto todo incluido, no reembolsable, con el que podré disfrutar de todo el lugar junto con mi grupo de amigos. Solo hay que gastar en el transporte y la gasolina. Ya en el lugar, el resto está cancelado y desayunamos, almorzamos y cenamos en el lugar.

Eso implica que acamparemos en la playa, al menos por una noche, y habrá música, y guitarra, y risas, y todo. Regresaremos al día siguiente todos agotados, pero habrá valido la pena. Debo dejar volar mi imaginación. Como dijo alguna vez Alfred Hitchcock, la clave de la obra cinematográfica (y yo tendría que decir que la clave en la obra de arte) es sobrepasar la lógica, porque lo más importante es la imaginación.

Como en toda fiesta, siempre vamos con ese ánimo de espíritu que nos caracteriza, empezando por ese olor playero y salino que nos sigue adondequiera que vayamos. Queremos apreciar ese hermoso atardecer, pero no podemos estar en todas partes… debemos dar abrazos, saludos, beber, brindar y simplemente lanzar miradas de flirteo sano por donde sea. Es una especie de carnaval. Es la fiesta. Es una reunión que tributa a la amistad. Es necesario continuar con ese ritual, ese caos que no comprendemos, pero que nos sumamos esperando que sea de alegría, de un regocijo quién sabe de qué. Es necesario lanzar la sonrisa. No podemos dejar que otros sentimientos embarguen nuestro espíritu, no es el momento. Hay que dejar que el cuerpo actúe. Se debe ser pragmático aunque sea una vez en la vida. La inconsciencia es el disfrute. Las palabras están de más. Si te reís de todo es suficiente. Después de todo, hay que aportar en algo para que el ánimo de la fiesta continúe.

Cuando todo ha pasado… cuando la madrugada va rayando la planicie y el horizonte… cuando llega la calma, solo tenemos tiempo de reflexionar que todo pasa. Que la alegría también se esfuma. Solo podemos acercarnos a un grupo acogedor, que nos caliente el espíritu, que nos reanime los últimos momentos antes de volver a la cotidianidad. Antes de regresar a casa. Queremos más, pero la vida no es toda la fiesta. Es solo parte. Cuando queremos. Dos o tres irán a la playa a caminar. Otros se terminarán de dormir, ya por embriaguez de una noche larga, ya por cansancio. Otros al son de la guitarra se pondrán melancólicos quién sabe de qué. El amor ronda los espíritus, pero se posa tan solo en algunos. Hay que amarse más y más. Hay que vivir más y más. Hay que sentir los deseos por vivir a plenitud. Más, más y más… entonces la luna va desapareciendo y nos quedamos con la sensación de que algo se nos ha escapado entre las manos. Pero es tarde. Hay que continuar con ese extraño ritual, en ese trance y sueño que llamamos vida.

Lanzarse o no lanzarse es la cuestión.

¿Quién podría escribir al ritmo de una canción? ¿Quién podría ejercer todas las formas del estilo? ¿Quién podría sobrevivirse a la sequedad de las palabras?

Todo es como un viaje largo donde todas las indecisiones nos encuentran con la guardia baja. Es entonces cuando lamentamos no haber vivido lo suficiente, porque fundamentalmente el miedo y la cobardía han detenido todas nuestras intenciones. ¿Qué era lo que queríamos? Y más importante: ¿qué era lo que queríamos hacer? ¿Era realmente un combate contra la soledad que a todos nos corroe?

¿Qué es la soledad sino el reflejo de nuestro egoísmo? “Todos los corazones moran en la misma soledad”. No podría saberlo. Tal vez me siento solo, pero no podría saberlo. No es importante. Y si lo es, no está a mi alcance dirimirlo.

Siempre estamos llenos de preguntas que consideramos fundamentales. ¿Responderlas nos dejará tranquilos? ¿Acaso esa certeza nos daría confort? ¿Nos sentiremos más consolados si llegamos a saber si formamos parte de una creación inteligente o de un producto casuístico? Son preguntas inútiles, si lo pensamos en verdad. No está en nuestras frágiles manos cambiar gran cosa tanto en su concepción afirmativa o negativa en el descubrimiento de la respuesta.

Se me antoja pensar en la clásica escena feliz, en una amada que nunca encontraré… en un tipo de utopía que “está al alcance de la mano” y que sin embargo me ha sido imposible alcanzar. No por eso dejo de hacerme esa misma pregunta: ¿alcanzar esa utopía me brindará un estado de bienestar?

¿Qué es la felicidad? (continuando con ese falso lirismo filosófico). ¿Es eso algo tangible, palpable? Creo que solo cuando no nos arrepentimos, nos aproximamos a lo que puede considerarse felicidad. No arrepentirse no quiere decir aceptar sin más todo lo que hicimos, incluidos nuestros errores… pero la verdad es que hasta los más graves errores nos formaron y nos convirtieron en lo que ahora somos: unos sobrevivientes, aunque suene drástico decirlo. Eso, para mí, es motivo de una básica y llana felicidad, porque realmente debe considerarse un logro. La vida duele y es frágil. La juventud tristemente pasa rápido. Luego los achaques del cuerpo se sienten casi de manera infinita. Se llevan para siempre. Una enfermedad cualquiera, un pequeño accidente, hace que nada vuelva a ser igual… la vida es así de “injusta”.

En eso no se equivocan los libros de superación: hay que amar nuestros cuerpos, disfrutarlos sin hacernos daño (al menos si queremos aferrarnos a la vida un poco). Hay que escribir, viajar, ser un poco locos de vez en cuando… hay que amar la vida, hay que comprenderla todo lo que podamos. Pero, ¿es eso lo que quiero decir? ¿Es realmente de lo que quiero escribir aquí y ahora?

* * *

El lector tendrá que perdonarme. Tenía días de no dejarme llevar por las teclas. Comencé escribiendo sobre una cosa y terminé haciéndolo de otra. Pero, ¿sabe qué? Me sentí condenadamente bien.

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