Recuerdos e incertidumbres escolares

Desde hace años siento una gran inquietud por cómo fue de buena o mala mi educación escolar. Como carezco de formación en Ciencias de la Educación, estoy seguro que un intento serio de mi parte sería del todo inútil: el tema me rebasa en muchos sentidos. Pero igual, por el legítimo derecho a expresar mis incertidumbres, quizá sea el momento de hacer un intento.

Cuando aprendí a tener conciencia sobre ello, siempre me cuestioné la educación escolar que me tocó vivir (la básica, de primero a noveno grado). La agradezco por miles de razones, por supuesto, pero también siento algunos reproches… igual, no hay una educación perfecta, así que quizá mi reflexión peque un poco de injusta.

De todos modos, quiero que conozca cómo funcionaba en aquel entonces (desconozco cómo será ahora, después de tantos años de haber salido de allí). A lo mejor usted me puede comentar algo esclarecedor que me ayude a comprender cuál era exactamente el sistema pedagógico que se utilizaba con los estudiantes que pertenecimos a aquellas generaciones.

Y bueno: presiento que caeré en una serie de explicaciones innecesarias, pero en esta ocasión el lector tendrá que disculparme. Es un mal en el que tendré que incurrir, porque si no lo hago dejaré demasiados vacíos. Así que lo lamento, pero está advertido.

Aquí vamos…

Como la mayoría de escuelas en mi país (El Salvador), en la que yo estudié estábamos de primero a noveno grado, con edades aproximadas entre los 7 a 15 años. Hasta donde la escuela en la que estudié se lo permitía, no existían demasiados casos de sobreedad escolar, por lo que no es tan irresponsable afirmar que en casi todos los grados los estudiantes eran contemporáneos en edad. Es decir, en mi caso, el 90 % de mi generación nacimos en 1986.

Con ser así tampoco exagero al afirmar que cada grado tenía de todo un poco: podía ser de la misma edad con alguien, pero había diferencias económicas, sociales, de desarrollo físico (peso y estatura… yo era de los más bajitos y escuálidos, por ejemplo) y un largo etcétera.

La escuela tenía bastante demanda (y creo que la tiene todavía, según me han contado), así que en aquel entonces tenía dos turnos (matutino y vespertino) y en cada turno tres secciones con 60 alumnos cada una, distribuidas casi en su totalidad de forma equitativa, con un promedio de 30 niñas y 30 niños por salón. Eso quiere decir que el año que entré a primer grado en esa escuela, lo hice junto a 359 niños más (180 niñas y 180 niños).

Para sacar provecho de las instalaciones, la escuela dividía los recreos: de primero a quinto grado lo tenían en un horario, y de sexto a noveno en otro. De seguro eso facilitaba vigilar a los pequeños en una medida y a los más grandes en otra. Esto último se sintió foucoltiano, pero ya sabemos que todo sistema escolar necesita tener control natural en esas circunstancias.

Desde que uno entra a primer grado es seleccionado sin saberlo para pertenecer a una sección. Es decir, no es que uno se matricule y lo colocan por orden de llegada… no, para nada. Para resumirlo lo colocaré en esta tablita:

secciones de grado

Huelga decir que, para vergüenza personal, siempre fui un mal estudiante. Para cuando llegué a noveno grado yo estaba en la sección “C”. Soy un cabeza dura y por eso me gané la estancia en esa sección. Y no, no es falsa modestia o algo así: incluso dentro de mi salón de clases era el peor en matemática y estaba en los últimos 10 o 15 lugares de todos mis compañeros de clase. En todas las materias. ¿Cómo pude sobrevivirme a eso? Todavía me lo sigo preguntando. En bachillerato las cosas dieron un giro para mí. Pero esa es otra historia.

Ahora que lo pienso, me resulta curioso que en un sistema dividido de esa clase se cometiera algo que yo considero una tremenda injusticia. No voy a renegar de los maestros que tuve, porque de cada uno de ellos me enorgullezco y me siento agradecido. Ellos tuvieron que lidiar con alguien como yo (oh, sí, fui un niño inquieto, melancólico, solitario, antisocial, contestón, haragán, con pésima conducta y todo eso…), por lo que argumentos válidos no tengo si nos vamos a la solvencia moral. Pero los tiros en este caso van por otro lado.

Considero una tremenda injusticia que nos clasificaran de esa manera, porque el ambiente, para bien o para mal, permea las circunstancias para mejorar el aprendizaje. Y muchos sabíamos eso incluso cuando éramos estudiantes, pero siempre lo callamos. Para explicarlo de forma simple: los de la sección “A” llegaron a estar hasta ocho temas por delante en algunas materias que los de la sección “C”, porque como grupo lograban avanzar a un ritmo vertiginoso que el resto de secciones no podían alcanzar. Eso implica que los maestros que daban clases en la sección “A” podían sacarle el jugo a todos, mientras que en la sección “C” solo les quedaba ser pacientes y condescendientes.

Ojo, no digo que no haya aprendido nada. Pero me consta y conozco varios testimonios: no hay punto de comparación entre quienes estábamos en una sección y otra. Unos resultaron más favorecidos, en definitiva.

Ese sistema de clasificación incluso lo aplicaban en el deporte. Para resumirlo me auxiliaré de otra tablita:

categorías deportivas

En lugar de sacar una selección por grado (como suele ocurrir en otras escuelas), la idea era fomentar la participación de todos. Eso me parece muy positivo, por supuesto. Quizá para facilitar el aprendizaje por pares, las categorías servían para no sentir una distancia grande entre unos y otros. Yo siempre fui “2.º A”, casi rayando mi entrada a la “2.º B”. Es decir, fui malísimo para los deportes.

Claro, esto de las categorías deportivas tenía sus implicaciones sociales, algo que se escapaba de las manos de las autoridades escolares. Imagínelo como una película  de estereotipo estudiantil hollywoodense: no fue la misma experiencia escolar para alguien de la sección “A” y que de paso perteneciera a la categoría deportiva de la “1.º A”; a comparación de alguien de la sección “C”, y que de paso digamos que perteneciera a la categoría deportiva de la “2.º B”.

Si algún contemporáneo me lee de seguro pensará que estoy siendo negativo, resentido, que quiero fomentar el odio o que le quiero encontrar cinco patas al gato… pero no es el cariz de esta publicación. La descripción que he hecho del sistema es legítima y el escenario de una u otra cosa es perfectamente plausible, aunque en ningún momento he puesto ejemplos, ya que no se trata de victimizar a unos y ensalzar a otros, o tampoco de hablar de superioridades o inferioridades. La interpretación de todo lo explicado anteriormente apunta hacia otra parte.

Y como esto se alargó demasiado, habrá segunda parte: continuará…

4 comentarios en “Recuerdos e incertidumbres escolares

  1. En el colegio salesiano que yo estuve, de primero a sexto grado eran tres secciones (A, B y C), las dos primeras eran matutinas y la tercera vespertina. No había distinción alguna entre quienes estaban en A y B, de hecho creo que los escogían al azar o por orden de matrícula. Eso sí, en la que te metieran en primer grado era en la que ibas a estar hasta sexto. Entrando en séptimo sí se hacía esa misma categorización que has descrito: En A los buenos, en B los más o menos y en C los peores. Yo, por supuesto, estuve en C de séptimo a noveno.

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    1. He escuchado varios casos de eso de mezclar estudiantes hasta llegado séptimo grado. Pero escuché una variante interesante, también viniendo de un caso de centro de estudios dominico (como fue mi caso): los mezclan arbitrariamente en quinto, luego en sexto, y cuando lo ven de lo más común posible (dos años de acostumbrados), en séptimo de repente aparece la dichosa clasificación de buenos a peores. Lo único bueno que la persona me confesó de su caso fue que llegado el bachillerato todos se conocían con todos, y que eso creó un calor de promo como pocas veces en la vida ocurre. Igual, qué curioso cómo nos volvemos objetos de investigación, conejillos de indias de proyectos grandes. Gracias por comentar.

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