Recuerdos e incertidumbres escolares – parte III

Para la leer la primera o la segunda parte, basta con que siga cada uno de los links. Sin más, continuemos.

Me resultó un poco problemático tratar de escribir esta tercera parte, porque para bien o para mal tengo un vínculo de toda la vida con la escuela a la que implícitamente hago alusión. Algunos de mis familiares y amigos incluso estudiaron en el mismo lugar. Hablar de allí en malos términos es casi como un tabú, es como tratar de vencer por fin un muro interior.

Pero esto es necesario, así que después de las reflexiones anteriores podemos pasar al plato fuerte.

Cuando veo las cosas en perspectiva, pienso que si hubiera terminado el bachillerato en ese centro escolar católico, jamás me habría convertido en el hombre que soy ahora. No sé si sería mejor o peor. Solo sé que la experiencia de ir a un instituto y una universidad laica, con la oportunidad de relacionarme con toda clase de personas, de distintos contextos sociales, me ayudó a convertirme en el yo de ahora que amo y defiendo. No me importa si para el resto ese yo es un mal hombre, un vago o un rescoldo de ser humano: es mi yo y con él soy feliz.

¿Por qué considero que hubiera sido distinto? Bueno, es aquí donde mis pensamientos se arremolinan, como si tuviera algún drama no resuelto.

Yo fui un niño de tipo “C”, al que siempre le recalcaban que jamás saldría adelante si no mejoraba, pero que jamás le ayudaron a mejorar. Fui de esos niños a quienes avergonzaron frente a la clase por ser malo en matemáticas, a quienes otros niños molestaban (bullying) por vaya usted a saber qué miles de razones (para qué enumerarlas… baste decir que muchas veces tuve que llegar al extremo de resolver las cosas a golpes, porque fue la única manera de hacerle entender a mis verdugos que iba en serio, y que no pensaba seguir dejándome), uno que jamás creyó en salir de hoyo de ser de los más malos en deportes y estudios, uno que creyó que no merecía llevarse con los de otra sección y mucho menos con quienes provenían de otra clase social (no sé cómo estudiaba en esa escuela en particular, siendo hijo de una comerciante informal).

Conozco muchos excompañeros que disienten con todo lo que digo, pero pocos tuvieron la empatía de ponerse en mis zapatos, sin invalidar mis sentimientos solo porque sí. Esa sensación de pertenecer a una casta inferior la vencí solo al conocer otra realidad. Eso de que los maestros digan: “Usted podría ser un buen estudiante… lástima”, y no explicar cuál es la maldita solución, fue algo que en su momento me atormentó.

Escapar de las garras de un sistema como el que me tocó en la educación básica fue lo mejor que me pasó en la vida. No evito pensar en que eso fue como estar en la cárcel desde que era un niño, y que al cumplir los 15 años fui por fin indultado. Sí, lo sé, suena exagerado… no le pido que me crea. Como advertí en mi primer post, esa fue únicamente mi experiencia.

Eso de Dios, patria, hogar. Eso del sentido de pertenencia, y sentirse privilegiado porque otros quisieran estar en nuestro lugar. Eso del canto lema de la escuela, o las tradiciones que todos los años se repiten, para ideologizarnos con eso de pertenecer a algo grande, que trasciende generaciones. Eso de sentirse especial, porque por alguna razón pertenezco a los mejores de los mejores solo por haber estudiado allí (ahora resulta que todos son mejores… he oído testimonios de otros que estudiaron en colegios con sistemas parecidos, y resulta que de donde vienen siempre fueron los mejores en todos los sentidos).

Eso del falso espíritu deportivo, porque en realidad ya fuimos clasificados y nos intentaron predeterminar desde niños. Eso de inculcarnos a fuego qué es moralmente correcto, en lugar de explicarnos qué es ética y pertinentemente correcto.

Cada una de esas cosas, más todo lo que de seguro he olvidado mencionar, me hace pensar en eso de la profecía autocumplida: su reafirmación de que el método funciona es por el hecho mismo de aplicarlo. Se sacrifican vidas (sí, llámeme exagerado), se minimiza e invalida potenciales, y se justifica con que a muchos de los malos intentaron ayudar, pero que en realidad no tenían solución. Y nos convencen de toda la vida de que eso realmente es así.

Es más… se nos hace sentir que debemos aspirar a subir de sección, o que debemos luchar para ser hoy mejor que ayer y mañana mejor que hoy. Yo no veo nada malo en ello, de no ser porque esta vida no se trata solo del individuo, aunque sé que vivimos en una época de un fuerte y enajenado hedonismo individualista. No es yo: es nosotros. Y tuve que pasar por miles de situaciones en mi vida, para llegar a comprender que esto es más válido que todo lo retorcido que me enseñaron.

Yo no quiero que mi hijo construya su potencial y su autoconfianza sentándose en las cenizas de todos los compañeritos que superó y que ha dejado desplazados. No quiero que piense que su valor individual se puede medir en parámetros preestablecidos, y que salir mal en una materia, aplazar un grado o dejar el año es la peor de las tragedias, y que perderá privilegios por salirse de un centro escolar que basa su filosofía en un implícito rescoldo o remanente fascista.

No quiero que se sienta mejor persona obligándole a sentirse mejor que nadie. Es más, no quiero ni siquiera que piense que ser mejor implica por fuerza ser mejor que otra persona. Él puede ser mejor, porque puede vencerse a sí mismo y construirse a sí mismo cada día: y eso nada tiene que ver con la religión o con la escala de valores impuesta por esta clase de colegios y centro escolares, que está basada en una institucionalización en serie, que en nada abona con la verdadera construcción de la personalidad.

Aquí aplica muy bien lo de la educación bancaria: nos vuelven depositarios de una gran cantidad de conocimiento, nos hacen sentir mejores porque salimos bien en los esquemas preestablecidos por ellos, nos hacen considerar que el mundo se basa en verdades que están sostenidas por religión y moral… pero nos cuestionan si tenemos dudas, si queremos interpretar de forma consciente, en lugar de solo acumular conocimiento.

Pero debo acotar: esto último no solo pasa en colegios o centros escolares como en el que estudié: en realidad suele ser una tendencia universal en la educación, como un rescoldo particular precisamente de esa educación tradicional que todavía tenemos que vencer. ¿Nunca le ha pasado que de repente se da cuenta en el campo laboral que el 99% de lo que estudió no le sirve para nada? Bueno, es una cifra exagerada, pero la pregunta es pertinente: ¿le ha pasado? Luego uno se da cuenta de la inmensa distancia entre los sistemas con los que fuimos educados y la realidad de la vida.

¿Que la vida es cambiante y que el sistema educativo jamás podría ponerse al día? No lo creo. De hecho, América Latina adolece de reformas escolares con una data de al menos 50 años. Pero eso es un tema aparte.

Y bueno… ahora releo esto y sé que dejé demasiadas cosas en el tintero. No sé si seguiré escribiendo al respecto. Quizá muy para otra ocasión. Por el momento, dejaremos esto en pausa. Si tiene algún comentario, será un gusto poder leerle.

Un comentario en “Recuerdos e incertidumbres escolares – parte III

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