En torno a un silencio particular

Coexistimos en el instante.* Sé que es una obviedad, pero me gustaría que se detenga un segundo a realizar ese ejercicio de razonarlo. Por ejemplo ir a Facebook Live, ver las transmisiones y comenzar a darle vuelta a todo el mapa, qué sé yo, por unos 20 minutos o menos. Al hacerlo, en tan poco tiempo le habrá dado la vuelta al mundo. Observar a la gente, ver esas interesantes formas de narcisismo, o personas que nos quieren compartir cosas que están ocurriendo en sus respectivas localidades, como fiestas pueblerinas, carnavales y esas cosas. Hay quienes comparten predicaciones, películas —con señal tomada quién sabe de dónde— y bueno… tenemos de todo.

Pero mientras usted lee estas líneas también hay nacimientos y muertes, orgasmos y tortura, asesinato y redención, robos y regalos, momentos traumáticos y momentos que marcarán a alguien de pura felicidad. Tenemos de todo. Todo está ocurriendo ahora mismo. Ya lo dijo algún filósofo presocrático o de seguro alguien más a lo largo de los siglos: hoy es hoy en todo el universo. Coexistimos en el instante. Ahora mismo está explotando una supernova en alguna parte del universo y podrían estar naciendo otras estrellas. Ahora mismo podrían estar ocurriendo condiciones para la existencia de nueva vida.

Sin embargo, al tener una percepción individual del tiempo lo usual es que pensemos solo en lo que nos atañe, en ese línea personal —leyenda personal, como diría el escribiente brasileño—. Nuestra individualidad y gran parte de nuestra naturaleza humana hace que nos preocupemos exclusivamente de la película en la cual (al menos según el nivel de percepción hedonista y egoísta que cada quien tenga) somos protagonistas. Y es válido, por supuesto, porque no vendré con falso iluminismo a decir que lo veo todo desde fuera.

A mi espalda tengo un pequeño reproductor musical que no sobrepasa los 20 cm. Mientras escribo estas líneas en la oscuridad y en la más absoluta soledad, suena una canción a bajo volumen: “Navidad que vuelve, tradición del año, unos van alegres, otros van gozando”. A mi alrededor hay silencio, pero a lo lejos se escucha el eco de la pólvora, música lejana, gente que supongo sigue celebrando. ¿Me darían un espacio si me acerco justo allí donde están? Creo que no. Coexistimos en el instante, pero somos apenas piezas del Absoluto, en el decir hegeliano. Eso implica que todos tenemos un espacio, un mecanismo de defensa. No sería bienvenido y ya con la realidad cotidiana de El Salvador encima mucho menos, y por supuesto, no tendría por qué serlo.

Ya no sé si me da igual sentarme a celebrar con alguien o si este ha sido un día más. Lo cierto es que la soledad en la que me encuentro en este momento es la que he vivido en estos últimos años. Un día no hará la diferencia. Aquí donde estoy sentado lo estaba hace un año.

Hace un viento delicioso, tengo café y un pedazo de queso. ¿Debería de entristecerme porque no tuve Navidad en ese sentido de felicidad tradicional? No lo sé. Y lo digo en serio: de verdad, de verdad, realmente no lo sé. Este fue solo un día más.

Sin embargo, me gusta escuchar el ritual que ocurre a mi alrededor. En este momento hay silencio, pero más temprano la gente hacía un esfuerzo por parecer felices, o al menos el esfuerzo radicaba en convencernos en la remota posibilidad de serlo. El ruido siempre parece lejano y cuando salí por un momento para comprar algo de comer la calle parecía desolada. ¿Por qué siempre el ruido parece provenir de otra parte y no puede ser el festín en mi cuadra? Al menos ver gente reunida en una acera hubiera sido mucho más confortable.

Hay personas que no podrán celebrar. Hay quienes de seguro están llorando en este momento o se sienten profundamente solos. Yo solo estoy aquí, escribiendo. Tengo hambre y no tengo sueño. Y como no tengo televisión, solo se me ocurre poner a dormir el sentido del ridículo y desperdiciar líneas en este espacio. Es absurdo, pero me sostiene.

No estoy alegre, ni triste. Tampoco fingiré que me es indiferente. No soy ataráxico, ni tampoco se activan las alarmas que me indiquen de que “quizá esta es la señal que indica que debería de socializar más”, o algo así. Solo sé que ahora mismo esta quietud es refrescante. Aunque reconozco que sería maravilloso tener a alguien a la par con quien compartir. Ya lo dijo el poeta: “Dichas que se pierden son desdichas más grandes”.

No sé si estaré equivocado, pero pensar en la teórica felicidad de miles en este día, hace que la melancolía, la desdicha, la soledad o la simple indiferencia que algunos podamos tener acentúe todavía más nuestras respectivas circunstancias. Es algo así como la clásica escena de ver comer a una familia mientras estoy afuera de la vitrina, con hambre y aguantando frío. Un buen estoico comprendería que cada uno tiene sus propias circunstancias: pero en el contexto más humano posible, uno solo se autoconmisera… al menos si uno se lo permite. En mi caso decidí el lado estoico, porque las matemáticas juegan en mi contra: soledad y depresión, mala combinación. Así que mejor me pongo a escribir, a reflexionar.

Este año decidí guardar silencio demasiadas veces. No expresé ni a familia ni amigos sobre cosas que pienso, sobre nuevas resoluciones que he tomado en mi vida. Si alguno de ellos me está leyendo no sabría qué decir si me hacen una pregunta sobre tal cosa. Lo cierto es que el silencio hizo bien todo este año.

Me ahogué en vasitos con agua demasiadas veces. Afronté muchas cosas yo solo. Además de que dejé que insultaran mi inteligencia muchas veces. No digo que no volverá a ocurrir, pero bueno, para eso son las lecciones: para saber qué hacer en esos casos.

El escribiente brasileño estaba equivocado. Yo para qué quiero una leyenda personal. Cómo es posible que hayan personas que crean que el universo conspira para que se les den las cosas. Lo cierto es que somos parte de un absoluto mucho más grande, y por ende, el mundo allá afuera suele encargarse de restregar en la cara que uno no puede salirse con la suya, a menos que sea mediante una escalada no exenta de violencia.

En fin…

Ya me di demasiadas libertades por este día. Si me leyó el propio día, felices fiestas. Si me ha leído muchos años después, bueno… resulta que son casi las 2 a. m y no tenía nada que hacer. Un abrazo cibernético es todo lo que puedo ofrecer. Y mis palabras, las únicas que tiene frente a usted en este momento. Gracias por estar aquí.


*Esta entrada la publiqué originalmente en la madrugada de un 25 de diciembre. Fuente.

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