El miedo y el orden natural de las cosas

Hace unos días en mi trabajo,* en uno de mis turnos especiales, fui al baño a cepillarme los dientes a eso de las 11:45 p. m. Ya iba con mis cosas y pensaba en retirarme de una sola vez, pero me acordé que olvidé mi taza. Rápido regresé a mi cubículo —bueno, tengo la mala costumbre de caminar rápido—, recuperé lo olvidado y me marché. Como me tocó desviarme del camino que llevaba, pasé por donde está el ascensor. En el momento en que pasé (esto fue en no más de tres segundos) todo estaba en total oscuridad y de repente se abrió, y solo se me ocurrió detenerme y ver. No pasó nada, pero el ascensor tardó en cerrarse. Tampoco había nadie presionando el botón. Como soy de una curiosidad grandísima, me acerqué al ascensor y vi que no pasaba nada. “Algún desperfecto”, pensé. Hubiera deseado tener algo con qué grabar en el momento justo. Pero ya ve: solo es mi palabra y sin testigos.

No quiero implicar que eso haya sido un evento sobrenatural. Estoy seguro que no lo fue. Lo que debió ocurrir fue que el ascensor debió tener alguna situación X que hizo que se abriera. Pero conozco a varias personas que hubieran reaccionado asustadas y por nada las hubiera convencido de acercarse a ver. El miedo, como todos sabemos, es una cosa relativa.

Tengo cheros y conocidos que aseguran haber visto cosas extrañas, tanto en el ámbito sobrenatural como el ufológico. En lo personal, nunca he descartado ni afirmado nada. Como nunca he vivido una cosa así, a tal punto que no pueda sostener o contradecir, no puedo venir y solo descalificar. Eso siempre me pareció un ejercicio insano.

Pero como dije, el miedo es relativo. Todos tememos a algo. Yo le temo a muchas cosas. Y cuando he recapacitado sobre ello me doy cuenta que mis miedos se fundamentan en cosas irracionales. Pero muy a mi pesar, siempre sigo sintiéndolo y suele ser algo que no puedo controlar, porque hay situaciones en las que me pongo muy nervioso.

Recuerdo cuando tenía 8 años y comencé mi primer día de clases. Como era sumamente chaparrito (en un salón con 63 niños entre otro niño y yo estaba el puesto del más bajito) me sentarón adelante en una de las filas. Cuando la maestra se dio cuenta que era muy inquieto, el mismo día durante la tarde me pasó para en medio de una fila pegada a la pared, de tal manera que tenía buena visualización y dejaba de ser un distractor —según ella— para los otros niños. Desde ese ángulo vi a una niña y sentí algo parecido al miedo. Me puse muy nervioso y me comenzaron a sudar las manos. Mientras pude, durante todo ese año, mientras pude, nunca la volteé a ver. Excepto en el último mes, porque sabía que no la vería en dos meses.

¿Era realmente miedo? No lo sé. Nunca le hablé. Una sola vez me mandaron al casillero de la maestra a guardar sus cosas y de casualidad fui con ella. En el grado todos me conocían por inquieto, pero en ese viaje desde el pasillo hasta la sala de maestros fui totalmente callado y viendo hacia otro lado. Ella me miraba extrañada (lo noté una sola vez y eso me hizo mirar a otro lado), como no entendiendo lo que pasaba. Y no la culpo. Sin saberlo yo mismo, sin saberlo mis papás, y por ende sin saberlo nadie, toda mi vida debí tener algún problema en particular, algo así como el Complejo de Licea, o una forma avanzada de timidez. Pero yo lo sentía totalmente parecido al miedo.

Pero como decía, el último mes la miraba mientras ella y nadie más se daba cuenta. Y sé que nadie se daba cuenta, porque estaba en un grado donde nadie dudaba en molestar. Ya sabe: guanacia elemental, como diría Roque Dalton. Una sola vez ella me soprendió mirándola y quizá debí ponerme pálido, porque me aterroricé y dirigí mi mirada hacia la ventana. Ella se puso a mirarme varias veces. Yo me sentí afligido. Al rato vi que comenzó a pasarse papelitos con la compañera de a la par. Segundos después me miró la otra niña y se puso a reír. Yo quería que me tragara la tierra. Desde entonces tenía el mayor cuidado del mundo para mirarla. No podía dejar de hacerlo. Pero nunca le hablé. Nunca pude.

El resto de años de la educación básica los pasé en distintas secciones a la de ella. Nunca le hablé. Como era una cosa que me resultaba demasiado difícil de exteriorizar, hasta que llegué a séptimo grado se lo dije a quien por entonces consideraba mi único amigo de la escuela. Él me fregaba en lo privado, pero comprendió que era algo de lo que me avergonzaba, por lo que evitaba tocar el tema con otras personas. Él, sin saberlo, con solo escucharme y fregarme, y de broma en broma aconsejarme, me ayudó a superar ese miedo primigenio, ese algo que no entendía. Pero ese miedo era la punta del iceberg.

Sin embargo, y para cerrar esa idea, el último día de clases del último año, es decir de noveno grado, cuando todo mundo estaba reventado en fiesta, abrazándose y tomando fotos, con mi amigo detrás como guardaespaldas me acerqué por fin a ella. Estaba nerviosísimo y por primera vez en mi vida tartamudeé. Tengo excompañeros que presenciaron eso y que hasta el día de hoy me lo recuerdan y se burlan, mas no comprenden que no es algo voluntario: de verdad, de verdad, era algo que no podía controlar. Así que estaba ahí, enfrentando a uno de mis fantasmas, y tartamudeando y todo le dije que siempre me había gustado, pero que ni yo lo sabía. Todos comenzaron a molestarme y a ella la fregaron, aunque menos. Yo siempre tuve la apariencia de víctima perfecta. Ella fue muy amable, me ofreción una cálida sonrisa y me dijo que ya lo sabía. Casi me moría, pero no había vuelta atrás. Le dije que gracias por comprenderlo y acto seguido me retiré. Ella iba a decir algo, pero la dejé con la palabra en la boca. Estuvo a punto de seguirme pero sus amigas la retuvieron. Sé que todos me tenían por extraño. Sé que usted debe estar pensando que soy alguien extraño. Pero el miedo es el extraño. El miedo es uno de los actos más irracionales y sin embargo es inherente a la condición humana. Si todos pasamos por el miedo, solo nos toca tratar de afrontarlo.

No le temo a la oscuridad. De hecho, ya he cometido un par de actos que otros consideran temerarios. Soy de los que escuhan un ruido y se levanta a ver. Soy de los que se acercan para ver si algo pasa. Pocas veces en mi vida recuerdo que alguien me haya asustado tratando de sorprenderme. Ninguna película de terror me afectó, excepto “It”. Pero tenía nueve años cuando vi esa película. Es evidente que en este tiempo y a mi edad ninguna película de terror me cala. Ni una sola. Y mis más allegados se lo pueden confirmar. Quizá porque por la naturaleza de mi trabajo y por el internet de este tiempo, he visto atrocidades que de verdad asustan. Nada por lo cual jactarse, por supuesto, ya que toparse con esa clase de contenido es algo que uno lamenta de por vida. Y es la contradicción: nada de eso me da miedo y sin embargo una persona me puso nervioso por años.

Y como dije antes, enfrentar ese miedo fue solo la punta del iceberg. Me faltaba vivir muchas otras cosas. Algunas las he superado, afortunadamente. Otras no y ni modo. Así es la vida. Pero tanto las unas como las otras son, en definitiva, otra historia…


*Esta entrada la escribí hace tiempo. Fuente.

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