La dosis necesaria de estulticia

Sé que siempre he tenido un poco de locura,* una locura tranquila (perdón por ese terrible oxímoron) que me ha hecho cometer cosas que me hacen girar la cabeza de un lado a otro, como diciendo un “no” a la nada… una reacción típica que usted comprenderá cuando se le activa el sentido del ridículo y le recuerda que “la regó”. Y sí, es esa clase de locura que a veces no nos permite pensar con claridad y solamente actuamos con impulso. ¿Cuántas veces le habrá pasado? A mí, debo reconocerlo muy a mi pesar, varias veces…

Si aún no me ha cachado la clase de locura de la que estoy hablando, le pondré un ejemplo personal. En diciembre del año 2005 había pasado unos días todo endemoniado, con el corazón roto y tomando resoluciones infantiles y al mismo tiempo contundentes. Recuerdo que tomé la olla gigante que mi mamá usaba para cocer tamales y metí 110 cartas, una gran cantidad de recuerditos y baratijas, papeles sueltos, poemitas cursis y melodramáticos, fotografías (oh, sí, de esas me arrepiento de todo corazón) e incluso tomé cuadernos con borradores de escritos nunca enviados. Y usted ya se imaginará: un poco de gas, fósforos y una hermosa fogata que duró más o menos 30 minutos. No aparté mi vista hasta que el último reducto dejó de arder. Guardé silencio y vi cómo las llamas lo consumían todo. Algo dejé morir ese día y endurecí un poco más mi corazón.

Pero la cosa no se quedó ahí: Cambié mi número de teléfono, cancelé mis cuentas de correo electrónico (en aquel entonces tenía una en Yahoo! y una en Hotmail, porque me fascinaba el Messenger), y como dice la canción “dejé de frecuentar amigos en común”. Esto último lo cumplí parcialmente, porque tenía compañeros que eran sus amigos y algunos de sus amigos siguen siendo mis amigos.

Pero no sé si todo eso fue un acto de locura.

Lo que sí sé es que los días siguientes fue estar en modo random. Algo así como cuando uno solo se regaña y se dice frente al espejo: “Te agarra feo, niño”. Y no, no es nada grave o insano… es precisamente cuando uno reconoce que de vez en cuando comete un acto que en otro contexto llamaría estupidez, de no ser porque también me arrogo el derecho a la inmadurez de aquel entonces.

Una vez destruido todo registro fotográfico, paradójicamente, comencé a buscar fotografías de todas las personas que había conocido hasta entonces. ¿Para qué? No sé y me lo sigo preguntando. Supongo que buscaba algún tipo de terapia ocupacional, algo que me ayudara a arrancarme de forma exprés todo sentimiento negativo posterior a una ruptura.

Pasa usted con alguien casi todo el tiempo, deja que inunde gran parte de su vida y de su visión de mundo, la incluye en su entorno familiar y el de sus amigos y de repente desaparece. ¿Cómo eliminar el rescoldo después de ser adicto a una persona? La respuesta creo que ya no es importante. Aunque no dejo de sentir que todo lo que hice fueron actos de necedad, una estulticia de la que ya no me avergüenzo y que creo que fue necesaria para estar aquí escribiendo.

Llené un cuaderno con muchas fotografías. Impresas evidentemente. Ese cuaderno lo perdí en el año 2012 y considero que fue una pérdida demasiado grande. Era algo así como un cuaderno de perfiles, un ejercicio íntimo de complementariedad dialéctica y personal: revisé muchos perfiles e hice un ejercicio de memoria del que todavía me sorprendo. Compañeros desde la más tierna infancia (aunque no me lo crea), etapa escolar, bachillerato, iglesia, todos los trabajos por los que he pasado y todo grupo, secta o cosa en la que haya estado metido e implicado. Y a la par de cada fotografía colocaba una serie de datos que me permitían formarme un perfil personal, mnemotécnico, lo bueno, lo malo, lo vivido, lo no vivido, lo que admiraba, lo importante que fue en mi vida y un largo etcétera. Busqué en todas las redes sociales del momento y me sorprendí cuánto las personas utilizaban sus datos personales en internet. En aquél entonces era más conspiranoico. Ahora soy yo quien está ventilando una vivencia personal al vacío, arrojando una botella al inmenso océano digital, solo por el mero ejercicio personal, porque simplemente me gusta escribir todos los días.

Pero volviendo. En aquél momento descubrí, por ejemplo, que tenía tendencia a ser demasiado intenso. Desde entonces mejor dejo que el tiempo haga lo suyo y que las matemáticas humanas brinden las probabilidades necesarias para que las cosas se den. Si es, es, si no es, no es. Lección importante: no hay que ser demasiado cansino ni invasivo. Aunque personas que me aprecian me han dicho a veces que me desaparezco demasiado tiempo… supongo que me falta encontrar el equilibrio perfecto.

Ese cuaderno me ayudó a autoevaluarme. Me permitió entender que era capaz de dar mucho, mucho de mí, incluso al punto en que las personas me trataban con desdén y no me importaba. Eso me hizo sentir orgulloso, porque consideré que era capaz de ser honesto. Pero también me hizo tomar cartas en el asunto, porque todo debe tener su equilibrio. No es saludable dar y dar hasta el exceso. Eso sí es insano de verdad.

Pero si usted está en sintonía con las ideas aquí expuestas, no me va a negar que por muy doloroso o sufrido que pueda ser, no hay mayor placer que el de la entrega llana y honesta. La rancherona aquella tal vez no estaba del todo equivocada: “Mas nunca les reprocho mis heridas / se tiene que sufrir cuando se ama”. ¿O le suena eso demasiado patético? De ser así, también comprendo. Yo pasé tres años prohibiéndome querer a alguien. Y quizá hubieran sido más, pero dejé escapar a alguien a quien no puedo decirle ahora lo mucho que llegué a apreciar, por la sencilla razón de que ya no está en este mundo.

Desde entonces dejo que me invada un poco la locura. Solo un poco. Una estulticia controlada, la que me permite regalarme instantes de felicidad, al menos para consumo íntimo. ¿Y qué con dar y recibir, amar y ser amado, amar sin ser amado y todas las combinaciones posibles? No hay que pensarlo mucho: no hay que interrumpir el flujo infinito de las matemáticas humanas… las personas vienen y van. Pero si usted da, es usted quien puede autoenorgullecerse, porque fue usted quien dio… que el otro tenga para pensar en sus ratos cuando cuestione su propia conciencia.


*Este texto fue publicado originalmente el 4 de julio de 2016. Como pudo observar, las deficiencias en la redacción eran un poco más que graves.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .