La melancolía o el pánico deseo

No me acuerdo cuándo fue la última vez que fui a la playa.* Quizá fue hace más de un año. Es curioso, porque me encanta ir y se me sale lo bichito con la sola idea de armar el viaje. La inmensidad del mar me trae paz y me relaja. Pero así como a mí me gusta, conozco a varias personas a quienes no les atrae en lo más mínimo, y hasta tienen puntos de vista bastante convincentes al respecto. Pero es como todo: hay para todos los gustos.

De repente me dio por recordar que a veces he sido demasiado impulsivo. Es un defecto atroz, que habla mal de cualquier persona. Me ocurre que hay cosas de las que no me arrepiento, pero hay otras que me avergüenzan tanto que ni a mis más allegadas e íntimas amistades les he contado qué fue o qué pasó. En otras suelen ser tan chistosas que me da igual reírme de mis propias regadas.

En uno de esos actos impulsivos una vez me fui para San Blas. Quería ver un lugar del que tengo gratos recuerdos. Como desconocía rutas y esos detalles esenciales para andar por esos lares, me tocó caminar mucho. No me arrepiento, aunque cuando sentí que ya empezaba a oscurecer me preocupé un poco. Pero ver los primeros buses me tranquilizó y bueno… no estaría escribiendo esto aquí. Hoy sería realmente peligroso andar por allá uno solo. Pero, ¿en qué época no lo ha sido en este país? A veces unos somos más afortunados que otros. Solo nos queda ser prudentes. Eso es todo.

Pero ver el mar, caminar bajo el sol, ir hasta la playa, hundir los pies en la arena calientita. Cada quién encuentra el qué y el cómo en esos pequeños placeres. Yo me arriesgué solo por estar ahí un rato. Y en otro contexto capaz lo volvería a hacer. Es uno de mis defectos y lo reconozco.

Más de alguna vez mientras chateaba con alguien me ha dicho: “¿y por qué no nos vemos ahorita?”. Y he tomado la resolución de caminar o qué sé yo y verme con la persona. Porque, en última instancia, ¿no se trata de disfrutar a quienes queremos? No estarán con nosotros para siempre. Lo que hay que dar, lo podemos dar ahora. Se lo digo por experiencia y si conoce mi historia me entenderá.

Pero esto es solo el lado bueno de ser impulsivo. Como dije más arriba, ya me he llevado un par de chascos, y muy bien merecidos, por imprudente. Quedarse varado en un lugar toda la noche… perderse en un lugar y no tener dinero, ni teléfono, ni saber para dónde agarrar… enojarse con alguien e irse de su casa a altas horas de la noche, sabiendo que mi casa queda en otro municipio. Andar en piloto automático… en fin… me río yo solo por haber cometido tantas tonterías.

Pero hay una clase de impulso al que le temo, al que siempre trato de evadir: es ese que finalmente se fusiona con mis sentimientos y se convierte en obsesión. A ese impulso le temo con todas mis fuerzas, porque no me abandona y me atormenta, como el clásico angelito y diablito al lado de cada hombro. Para ponerle un ejemplo, en otro post le mencioné que una vez decidí que no permitiría que cierta persona me siguiera dañando y borré todo rastro de su existencia en mi vida… fue un acto impulsivo aparentemente premeditado, pero formado desde la fatalidad, desde un deseo irrefrenable.

Y no sé si usted lo ha vivido, pero contra eso he luchado toda mi vida y ya sabrá o imaginará que cuesta lidiar con ello. Y creo que no será válido mi argumento, pero es una forma en la que he intentado tratar de autoexplicármelo: si nunca hice nada (según la situación que esté pasando) nunca pasará nada. Por ende, cuando pasen los años, me inundará una melancolía por lo que no hice. Pero si lo hago, quedan dos caminos: el de equivocarme y autoabochornarme toda la vida; o del acertar y “felicitarme” porque obedecí a mis impulsos. Pero en el fondo sé que lo cierto es que toda esa concepción de las cosas está mal, porque en cierto modo lo correcto es premeditar las acciones con propiedad. Ni muy poco ni demasiado. El equilibrio se encuentra con la experiencia y ni modo, la paradoja es esa. Al final, siempre disparamos en la oscuridad.

Supongo que eso es una forma de autoconsuelo.

*Esta entrada la publiqué hace tiempo. Fuente.

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