Ritmo persistente

Una amiga publicó hace días* en uno de sus estados su rechazo hacia una canción en particular. Yo, que tengo una curiosidad incorregible, inmediatamente abrí una pestaña del navegador para buscarla. Como en mi trabajo tengo prohibidas las distracciones, puse la canción en un sitio para música, la dejé sonando, me puse los audífonos y tomé una porción de trabajo para seguir mi labor. Como la meta es sacar eso que acabo de tomar, me tomaría al menos cinco minutos volver rápidamente al navegador y quitar la canción. ¡Demasiado tarde! Era de esa clase canciones que, por más que lo intente, no puedo arrancar de mi cabeza. Siguen sonando una y otra vez, y cuando eso me pasa no puedo curarme ni con death metal. Algo debe ocurrir en mi cerebro que es incapaz de borrar del sistema esa clase de canciones sosas.

Pero como en eso conozco a mi cerebro, no me quedó otra que aguantarme. Pasé toda la tarde escuchando groove con audífonos inútilmente, al menos para intentar relajarme. Era mejor disfrutar, aunque eso implique engañar a mi mente con que ciertas canciones me gusten momentáneamente. Lo mismo me pasó con una que se llama I’m an Albatraoz. Si la oía en un bus, ni modo… era aguantarme todo el día. Si la oía en un lugar donde retirándome podía evitarlo, lo hacía: ese mal siempre me ha ocurrido. Canciones que no es que me gusten o no me gusten… simple y llanamente se graban en mi cabeza, repitiéndose sin cesar por horas y horas. Al final es una curiosidad de la mente. Sé que no soy el único a quien le pasa. El cerebro es una cosa curiosa.

No se ha demostrado más allá de toda duda razonable, pero existen estudios que sostienen que la música de este tiempo se hace estrictamente para volver a las personas adictivas. Es decir, el “pegue” de la canción no se corresponde con la suficiencia de elaboración estética: ocurre porque algún(os) ingeniero(s) de sonido y otros exquisitos de las multinacionales se pusieron a planear los efectos psicológicos de la combinación de ciertos sonidos, para ganar dinero a costa de nuestra continua, despiada y progresiva estupidización. Todo eso mientras se frotaban las manos con sendas sonrisas malévolas (inserte “it’s a conspiracy.jpg” aquí).

Bueno, quizá exagero. Pero la idea no es descabellada: la música, desde el hecho mismo de su ejecución, es arte, y como tal provoca sensaciones. Si es arte mayor o menor es otra cosa. Si un género es menos arte que el otro, no creo que sea el contexto para discutirlo: ejecutar un instrumento musical con ritmo y las reglas elementales de su propia semiosis ya es música, y por ende una forma de arte. Pero seguía con lo del cerebro: si hay estudios que no pueden demostrar los efectos de la música en la mente es porque tampoco existen estudios acerca del funcionamiento total del cerebro. Los últimos 200 años han demostrado certezas pero miles de disparos en la oscuridad. Así que todo es posible.

Algunos comparan la música con una droga y la idea no es descabellada, por supuesto. ¿Nunca le ocurrió que escuchando una pieza cualquiera se le erizó la piel? ¿O que una canción que nunca en su vida había oído lo conmovió casi al punto de las lágrimas, o tal vez realmente lo hizo llorar? ¿O seré el único loco a quien le ha ocurrido eso? La música, de todas las bellas artes y de todas las manifestaciones del espíritu humano, es una cosa verdaderamente curiosa. Una de las maravillas que el ser humano intentó doblegar a su gusto, porque la música fue antes que la humanidad misma. No olvidemos aquella frase de Nietzsche: “Sin la música, la vida sería un error”. Acuérdese también de lo que dijo Shakespeare: “El hombre a quien no conmueve el acorde de los sonidos armoniosos, es capaz de toda clase de traiciones, estratagemas y depravaciones”. Quizá él también exageró un poco, ¿o no?

A mí me pasa también lo opuesto a lo de una canción indeseada: hay piezas que puedo escucharlas sin parar una y otra vez. ¿Nunca le ha pasado? Por nostalgia, asociación, por un sentimiento inexplicable o por el simple placer… he pasado temporadas de mi vida prendado en canciones. Podría hacer una playlist relacionándolas con cada etapa de mi vida. Una cosa privada, como imaginará.

Si usted tiene amistad cercana conmigo, seguramente una canción me hace recordarlo. Tal vez lo sabía o tal vez no. Eso tampoco puedo evitarlo. Es casi un proceso automático. Y es aleatorio, porque suele pasar que las canciones que me recuerdan a personas no siempre se relacionan con el carácter (según el género), o con circunstancias específicas (por si la letra resulta comprometedora). El proceso solo ocurre. Ver a alguien y que mi mente evoque una canción eso es todo. Ya ni lo menciono, ¿para qué? Me ocurre como un proceso natural y es algo con lo que he aprendido a vivir y disfrutar.

Me ocurre con la música que me gusta toda clase de géneros. Hay canciones que solo puedo disfrutarlas en el ámbito de lo privado, porque me ganaría un par de miradas raras o burlas (sí, con la música también se sufre intolerancia y otras formas de discriminación. Un género musical no hace más o menos inteligente a una persona. De los gustos musicales de alguien puede extraer conclusiones, pero atañen a otros aspectos que no tienen nada que con el natural coeficiente intelectual. Y puedo defender esa idea hasta las últimas consecuencias). Hay otras con las que sorprendo a amigos, conocidos, cheros y lo que sea: repentinamente me habían encasillado y les sorprende que conozca este o aquél grupo. La música es una cosa universal y le pertenece al planeta cuando sale de esos parlantes. Así que me arrogo el derecho a escuchar lo que sea. Con ese mismo fervor puedo darme el gusto de aceptar o rechazar. Todos lo tenemos. Solo no debemos ensañarnos con el prójimo. La música es para todos y hay para todos.

Pero claro, definitivamente la misma libertad de expresión está ahí para que podamos exponer nuestros gustos o disgustos. Ni más faltaba.


*Esta entrada fue publicada originalmente el 11 de agosto de 2016.

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