La orfandad cultural

Slavoj Žižek dijo en alguna ocasión: “El problema es que no nos centramos en lo que realmente nos satisface. Estamos atrapados en una competición malsana, una red absurda de comparaciones con los demás. No prestamos suficiente atención a lo que nos hace sentir bien porque estamos obsesionados midiendo si tenemos más o menos placer que el resto”. Debo reconocer que saqué las palabras de su contexto, porque cuando él menciona esto lo hace en función de otro tema que no quiero traer a colación. No ahora. Las palabras me parecen prácticas para otra reflexión, así que por eso las cito en este contexto.

Como en este mundillo del internet de repente nos cae cualquier cosa, llegó un link a mi bandeja sobre personas que se suicidaron mientras transmitieron en vivo. No solo hay tantos casos como para crear un sitio propio y abastecido, sino que —y es lo que más me sorprende y me pareció casi escalofriante— es que mucho de ese contenido es de este año. Incluso seis de los casos que se mencionaban en esta publicación son del último mes.

No sé si algún medio de comunicación serio trate esta clase de cosas, aunque sé que el suicidio suele tratarse como algo anecdótico y no con toda su complejidad. Sé también que cada día mueren millones de personas por diversas razones y que al mismo tiempo nace otra millonada por cada minuto en el que estoy tecleando. Estoy consciente de que cada día se suicidan miles de personas y que no tendría que sorprenderme. Eso y todo lo demás que banalice lo que estoy diciendo: todo eso lo sé. Lo que me sensibilizó fue saber que muchos de esos suicidios (con más adolescentes de los que usted pueda imaginar) son transmitidos en directo, a veces incluso con complicidad. Adolescentes suicidándose: mal comienzo y tema difícil. Curiosamente no es que quiera hablar del suicidio en sí. Cité a Slavoj Žižek (el dato friki del día: pronúnciese “Shishék”) y menciono lo del suicidio porque quiero hablar de la orfandad cultural. Tema también escabroso para mí, pero no quiero invalidar mi punto de vista sin haber intentado llegar a buen puerto.

Siendo la muerte el último acto privado que nos queda, quizá por eso me sorprende saber que alguien se suicide mientras transmite por alguna plataforma social. No evito pensar que quien lo hace de esa manera quiere llamar la atención a toda costa, publicitando el horror para departir con otros en una sociedad del espectáculo, si bien con posibilidades de que las principales motivaciones sean una amalgama de dolor y rencor, también con una actitud hacia la vida desde un sentido estúpido, vacío, hedonista y superficial.

El mundo actual nos enseña a vivir vidas vacías y a veces se requiere de mucha tenacidad personal para escaparse de todo eso. Vidas vacías mezcladas con hedonismo puro es una mala combinación. Si no me cree, pregúntese por qué única y exclusivamente en nuestro tiempo, de toda la historia de la humanidad conocida, vivimos con una generación altamente drogadicta, erotizada y en una constante búsqueda de placer, que al carecer de la madurez necesaria se corre el riesgo de confundir con la felicidad. Placer igual a felicidad. Suena estúpido, ¿verdad? Pero aunque usted no lo crea, muchos jóvenes (y algunos no tan jóvenes) fueron criados de forma hedonista y crecen, viven y mueren pensando que las metas son tener sexo, disfrutar, drogarse y tener un vehículo, un lugar para vivir y suficiente dinero.

La mayoría han dejado de  valorarse por cada año de su vida, mirarse a sí mismo y conmoverse. Saber quién fue. Y no se trata de culto yoico, de una apología del ego ni nada. Es simplemente autorespetarse. Nuestra generación necesita redefinir sus conceptos de amor y de amar, dejar de dramatizarnos la cotidianidad. Y me incluyo en la conjugación, porque también conozco ese sentimiento y es algo con lo que ha tocado luchar. Aprender a quererse y a respetarse es una lucha de todos los días.

A medida que me ha tocado ver desde lejos la muerte del Gabo, Eduardo Galeano y una larga lista de pensadores que nos fueron tan entrañables en su momento, personas que de alguna manera desvisten el falso optimismo que existió en torno al concepto de progreso durante el siglo XX, y que reconocían lo caótico que pinta el siglo XXI. A medida que eso ocurre me ha invadido un extraño sentimiento. Ahora sé que es algo así como orfandad. Por eso creo que es justo definirlo como orfandad cultural.

Poco a poco se van modificando los tanques de pensamiento. No sé si con mayor o menor rigor. Quizá cada vez más intelectualista, eso sí. Puntos de vista tecnocráticos que abundan por doquier. Puntos de vista que a veces no tocan la médula más humana del asunto. Sería injusto decir que con todas las muertes de muchos grandes el mundo se queda ágrafo. Lo cierto es que cada generación tiene su paradigma y todos debemos ser responsables de nuestra existencia. Cada uno mide con justicia si su vida está llena o vacía, y en un momento determinado debe de comprender que es su propia responsabilidad. Pero eso lo sabemos todos. Siempre, muy en el fondo, lo hemos sabido.

Pero el sentimiento de orfandad cultural no me abandona. Hay días en los que todo puedo verlo con optimismo, y hay ocasiones en las que siento que mi amor me basta, que todas las faltas pueden cubrirse con amor. Y hay días como estos, en las que veo cómo poco a poco la porquería lo va permeando todo. Pero ambos puntos de vista pueden llegar a ser insanos. Lo correcto es hacer la parte que nos corresponde y simplemente cumplir nuestra responsabilidad. En la historia de la humanidad siempre hemos visto cómo cada generación ha tenido que sobreponerse a los males de su época, y al mismo tiempo (los más conscientes) tomaron la batuta de su generación, si no a gran escala, al menos en lo que les tocó. Esta época no es la excepción. La cuestión es hasta cuándo dejaremos que la corriente nos siga guiando.

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