Lecciones de 2016

Creo que 2016 es el año en que más he trabajado en mi vida.* Lo digo porque no recuerdo otra vez en la que el tiempo haya pasado tan rápido, que cuando me diera cuenta ya estaba encima el fin de año. En lo personal, 2016 es mi año de mayor esclavitud, por decirlo en un sentido dramático.

Pero fue el año en que me decidí a cumplir un par de pendientes. Por ejemplo, completé un proyecto literario, perdiendo por fin el terror a no gustar… claro, tengo que pulirlo, pero bueno: cuántos años tuvieron que pasar para perder el miedo a cosas que no han ocurrido: “Tu texto es pretencioso”, “deberías de dedicarte a otra cosa”, “hay gente que nace con talento para la literatura y no es tu caso”, “tu historia se dispersa y tus personajes son acartonados”, etc. Nadie me ha dicho nada de eso: solo yo lo he pensado y siempre me estuve serruchando el piso, sin ayuda de nadie.

Escribir es un acto individual y no tengo intenciones todavía de atreverme a publicar. Así que ya mucha vuelta le di a eso. Pero en términos prácticos es la meta más importante del año, una espinita que llevé por mucho tiempo en mi vida y que por fin saqué. Así que puedo pasar a otro tema.

Este año conocí a personas nuevas, lo cual no me ocurre con frecuencia. También corté amistades, lo que tampoco suele pasar, ya que me gusta mantener amistades sólidas: pero todo fue en su momento justo, así que la balanza no es ni positiva ni negativa. Corté a quien tenía que cortar y dejé entrar en mi vida a quien tenía que dejar entrar.

Frase de cajón: “Lo que no te mata te hace más fuerte”. Me tocó comprobarlo varias veces este año. Lamentable en cierto modo, pero así pasa con el aprendizaje. No hay atajos. La intensidad de algunas situaciones fue de tal manera, que tomé decisiones que en otro contexto lo pensaría. Y no, no es el síndrome de año nuevo… cuando hago un cambio, incluso suelo ser radical. Pero bueno, como en todo, procuraré no exagerar.

Si pudiera resumir las lecciones de 2016 sería de la siguiente manera:

10- Palabras dulces de una desconocida es una mentira que solo necesita verificarse. Lo malo es no querer verificar. Pero al no hacerlo el daño es letal. El autoengaño es lo más bochornoso que hay.

9- Eso de “mejor amigo” o “mejor amiga” no debe plantear un dilema moral para ninguna clase de cosas: si algo riñe con mi sentido ético, con mis principios, con mi amor propio y con el sentido del ridículo, por mi salud debo cortar. Y de tajo.

8- No debo invalidar mis sueños.

7- No debo recomendar libros, a menos que me pregunten.

6- No debo sentirme culpable por decir “no”.

5- El abandono es mental, incluso si lo está físicamente: uno decide si abandonarse o seguir caminando.

4- Es bueno sobreponerse a la insatisfacción, porque no todo saldrá como esperamos. Pero de la insatisfacción a la frustración hay una gran distancia: cuando se debe renunciar hay que hacerlo, sí o sí.

3- No hay que jugar con el reloj de arena, porque somos tiempo.

2- El tacto es un lenguaje que puede olvidarse. Con el tiempo uno termina por enmudecer y ya no sabe qué esperar o cómo actuar.

1- Escribir no es lo único que hay en la vida y sin embargo no puedo vivir sin escribir. Tengo que encontrar el punto de equilibrio.

* * *

He pensado mucho sobre cortesía, las convenciones, los rituales, la gente que habla por compromiso, pero ¿qué puedo decir al respecto? Al final, si bien la cortesía no implica un honesto deseo de hacer amistad, lo cierto es que es un mal necesario y maravilloso, porque implica educación, el pacto invisible básico que nos permite desenvolvernos como seres humanos. Así que no volveré a desdeñar la cortesía. Esa es una lección de este año —una que llegó tarde a mi vida, lo reconozco—, pero no quería incluirla en la lista.

También he reflexionado mucho sobre el uso de Facebook, pero no hay nada trascendente que decir: es una plataforma social como otras y ya. En términos prácticos carece de toda importancia, aunque su utilidad para comunicarse es innegable. Así que también es un mal necesario, con todo y los contactos que jamás nos dirigen la palabra y que uno no sabe para qué los tiene agregados. Tengo un hijo y él me ve a través de Facebook: así que aunque la tentación de borrarla sea grande, debo mantener mi cuenta activa.

El contador de visitas de mi blog indica que pasé de un promedio de 7 vistas por entrada a solo 2 o 3. Incluso un máximo de 4. Hace meses de eso. Sin embargo, aunque el contador estuviera en cero de hoy en adelante, no renunciaré a lo que soy: me siento bien con lo que escribo y con el estilo que lo hago. Este no es un blog serio, aunque reconozco mi tendencia a la solemnidad. Pero ese es un grave problema con mi lenguaje y no con el contenido. A mí me gusta hablar de todo y con la comodidad básica de un tira y encoge entre el conocimiento y la ignorancia. Por eso es mi club de incertidumbres. No cambiaré eso solo por ganar vistas y suscriptores.

Nadie, por  supuesto, se las sabe todas con la escritura. Yo escucho todas las sugerencias que me llegan a través de personas de confianza que saben lo que hago. Pero de eso a que tenga que escribir sobre temas que atraigan, o sobre cosas que se supone deberían de ser de interés general… bueno… escribo porque amo hacerlo: no sé si pudiera hacerlo para intentar complacer a la mayor cantidad de personas posible. Lo pienso y la respuesta es un rotundo no. Así que este mi estilo aburrido es irrenunciable. Asumirme también es parte de las lecciones. La evolución parte de la autoconciencia.

No me hago sobreexpectativas de 2017, pero estoy consciente de la dirección que quiero tomar. Pase lo que pase es bueno pensar en el futuro, pero cada día tiene su afán.


*Esta entrada fue publicada originalmente el 1.º de enero de 2017.

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