El sueño que se desvanece

Un día de estos soñé que intimaba con alguien a quien jamás conocí.* Como dicen que inventar rostros es imposible, de seguro soñé con alguna desconocida que me agradó y que solo vi durante un segundo a lo largo de toda mi vida. Es eso o mi cerebro mezcló rostros y fabricó uno para complacerme durante el reposo y el sueño.

Como escribí en otra ocasión, cuando uno pasa demasiado tiempo alejado del flirteo, de una relación de pareja o lo que sea, se olvida incluso la sensación del abrazo, la suavidad de unos labios, el tacto entre dos como lenguaje particular. En el caso de la experiencia de este sueño, había olvidado por completo esa curiosa sensación parecida al miedo, pero que en realidad aunque se parece no es aterrador, sino placentero: la sensación en las tripas de ir cayendo pisos abajo, pero al fin y al cabo sentirse condenadamente bien.

Sentarse a conversar por horas sin sentir el paso del tiempo, sonreír todo nervioso, sacar a relucir el ingenio para hacer sentir bien a la otra persona y hacerla reír, caminar bajo la lluvia, hacer realidad los versos de aquella canción de Café Tacvba: “Yo te escucharé, con todo el silencio del planeta, y miraré tus ojos como si fueran los últimos de este país”. Sin caer en lo cursi es más o menos así. Y bueno, son las cosas que me ocurrieron no solo en el sueño, sino en la vida, y así como a mí quizá a millones. Incluso es la realidad de muchos ahora mismo. El idilio.

Escribir las cartas con parsimonia, razonando cada frase, pero con las manos dudando a veces y un caos en la cabeza, con taquicardia. Quedar de encontrarse en un lugar y al verla que se acerca a unos metros sonreír, sentir que todo es maravilloso. ¿Cuándo habrá sido la última vez que sentí eso? Al despertar tuve esa deliciosa sensación, esa certeza de haber regresado a la fuerza de otra dimensión. Quería volver al sueño, quería ser una especie de Pigmalion mezclado con Morfeo, para así arrancarla de ahí y convertirla en una persona real, de carne y hueso.

Lo que también había olvidado es la consabida resaca emocional. Estar enamorado es entrar en un estado de embriaguez sentimental permanente y cuando de súbito salimos de él —si, por ejemplo, terminamos con alguien de forma repentina— caemos a veces presas del pánico, por no mencionar que todas las sensaciones a continuación se revierten por un acumulado negativo.

Y me di tiempo de pensar en eso gracias al sueño. Luego de la sensación hermosa me sentí mal por un momento, por estar en mi actual condición de soltero y sin nadie a la vista. Luego recapacité en el absurdo hedonista en el que estaba cayendo y tras un buen rato desapareció el malestar. Tarde o temprano uno vuelve a la cotidianidad.

Supongo que en el fondo nos hace la mala jugada todo el proceso bioquímico que nuestros genes utilizan para intentar perpetuar la especie. O solo prefiero racionalizar el asunto, en aras de comprender la resaca emocional.

¿En qué punto es que esto se me hizo complicado? Porque lo cierto es que, al menos en mis circunstancias actuales, preferiría tomar Soma a volver a prestarme al encantamiento, que ahora veo tan lejos de mí. Y no es trauma, ni amargura, ni falta de compromiso o simple zona de confort. Solo soy yo, parado en seco, con todo el silencio del mundo a mi alrededor. Sin sentimientos intensos, ni ríos rebosantes. Solo existo. Y ya.

Y en ese sentido tengo claro un punto importante, en todo este rollo de andar o no con alguien: por más ilusión que uno pueda hacerse de encontrar a la persona especial, lo cierto es que las diferencias culturales pueden considerarse diferencias fundamentales, y eso vuelve la búsqueda como un imposible utópico, un engaño hollywoodense.

Nadie necesita decírmelo, ni lo pienso por puro esnobismo o para tratar de sentirme único y diferente, o todo ese rollo. Solo sé esto, que debe estarle pasando a miles en el mundo ahora mismo: creo que solo estoy en modo yo, en lugar del modo nosotros.

Por un lado estoy aquí, lanzando piedritas en el mar cibernético (todavía me sigo preguntando con qué objetivo o por cuál sinsentido), estableciendo diálogo con la nada. Y por otro lado no estoy dispuesto a convertirme en lista de requisitos, o de llenar ciertos estándares, o de parecer el clásico hombre estable, con futuro. Y no es que me deje arrastrar por la corriente, sino que solo prefiero no pensar en las variables que están fuera de mi alcance, porque entonces viviera sin vivir en sí.

Y es entonces que las diferencias culturales se vuelven graves. ¿Cómo prestarse al juego con alguien que no cumple las reglas elementales del mismo? Lo sé… así que, como dicen, quien por su gusto muere…

Todo eso del amor es lindo y dulce. Es para todos los seres humanos, pero no le es dado a todos, si los parámetros invisibles son desfavorables. Y uno solo puede optar entonces: ceder para acoplarse a los parámetros o jugar a las probabilidades, por nimias y remotas que puedan parecer. Y entonces aparece el otro escollo, porque estoy en modo yo, y además me estoy jugando probabilidades innegociables. ¿Resultado? Un suceso cuya posibilidad es una cifra lejana que debería de desanimarme, porque las condiciones jamás ocurrirán. No existe. Pero entonces eso es lo peor… porque no me desanima, no me preocupa. Después de tantos años, ya no me importa seguir mi rumbo yo solo.

Y es contradictorio, porque menciono que yo no quiero ser una lista de parámetros, pero de algún modo yo también los exijo. ¿Y cuáles son? Que no me exijan ser una lista, que no me obliguen a renunciar a tonterías o diminutos placeres. ¿No es eso egoísta? Lo sé. Por eso es una ecuación imposible. Por eso he comprendido que lo mejor es estar solo y no hacerle puñetera la existencia a nadie. Es lo correcto.

Estuvo bien tener ese sueño, para reafirmar y recordar qué es lo importante. Regalos del sueño, para reflexionar en la vigilia. Todo para reafirmar o refutar las propias ideas. Genial. Es lo justo.


*Esta entrada fue publicada originalmente el 26 de marzo de 2017.

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