Hablemos del Eros – parte II

Para no perder el hilo, espero que se haya dado la oportunidad de leer la primera parte. Puede redirigirse desde aquí. De todos modos, continuemos…

Si lo medita, la economía del sexo es con toda probabilidad el emporio más poderoso del mundo. Y si no aparece en Forbes o en cualquier otra lista oficial (¡ah!, qué calificativo tan sospechoso…) se debe principalmente a que es imposible cuantificar sus tentáculos, porque la economía del sexo está en todas partes, aun en esos lugares donde usted está pensando que es ilegal, y aun con todos esos tópicos prohibidos que están causando estragos y destruyendo la poca humanidad que nos queda (sí, hablo de esas parafilias que destruyen).

Observe la siguiente galería de imágenes:

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¿Reconoce alguna cara, algún nombre? Sé que la observación simple le permitirá identificar que todas esas personas se dedican al porno. Todos son connacionales, ya sea nacidos en el territorio o descendientes de padres salvadoreños, y pertenecen a la gran industria. ¿Cómo llegaron hasta ahí? Eso no lo sé: amerita una investigación particular al respecto. ¿Cómo las encontré? Bueno, no solo existe IMDB, sino que hay miles de directorios para toda clase de temáticas. No hay que ser ducho para encontrar esa información. Pero ellas son la cara visible y legal del comercio.

Y si son la cara visible y bondadosa (no olvide que en EUA y parte de Europa eso puede considerarse incluso un oficio, una carrera personal), ¿qué pasa con la cara invisible? Uno de los problemas del sexo radica en su implacable consumo. Todos los de esa galería pertenecen al lado afortunado. Sin embargo ¿qué hay de quienes sufrieron o sufren trafficking, fueron coaccionados o se encuentran en condiciones desfavorables porque quieren ganarse el pan de cada día? Note que esto se hace más grande, incontrolable. Hasta existen varias entidades de la ONU que instan a las autoridades locales de cada país del mundo a colaborar con la búsqueda y captura de peces gordos.

Si siente que estoy hablando de una cuestión que parece ajena y lejana, le insto a que revise sitios de empleos. No las plataformas sociales formales,  sino todas esas donde cualquier persona puede publicar sus propios anuncios. Cuente los que están relacionados con el sexo. Siga el rastro. No pretendo enseñarle a investigar, pero vamos, sé que comprende. Como dicen los ingleses: “Siga el rastro del dinero”. Una página lleva a otra.

En los sitios y directorios correctos basta con buscar por país para encontrar no 10 o 20, sino cientos de fotografías y videos subidos por usuarios salvadoreños, el 99 % categorizados como amateur. A la luz de la legislación local sería interesante investigar al respecto.

¿Qué hace que una persona quiera grabarse? ¿Qué incita a alguien a compartir su desnudez, su desempeño sexual? Realmente no lo sé y lo digo en serio, porque si bien disfruto mi sexualidad, no me gustaría que quedara constancia de algo que con gusto brindo para disfrute íntimo, para la privacidad exclusiva del “ella y yo”. Michel Foucault, Beatriz Preciado, Román Gubern, Bernard Arcand, Ruwen Ogien, Rachel Maines, Diana J. Torres, Simone de Beauvoir, Slavoj Žižek, Zygmunt Bauman… son los primeros nombres que me vienen a la cabeza de intelectuales, filósofos, pensadores, estudiosos de la cultura que han escrito muchas páginas sobre los motivos que llevan a alguien a la autorrepresentación, documentación y exposición sexual.

Estos son tiempos en los que el ámbito de lo privado ha cambiado y sigue mutando a una velocidad inmanejable. Vivimos en una constante transformación de la intimidad, junto con el erotismo de la vida cotidiana y las redes sociales convencionales, que son solamente la parte visible. Estamos más erotizados que nunca, pero eso ya lo sabe.

Y bueno, ¿por qué comenzar a hablar de sexo y luego hablar de porno? El porno, aunque es una representación, es la parte documental del sexo, eso que aparentemente pertenece al ámbito de lo privado. También están los estudios de sexología, los diccionarios de parafilias, eso lo comprendo. Pero si existen millones y millones de horas de pornografía (no exagero, a mí no me crea… hay sitios que se especializan en estadísticas sobre eso…), que es lo que se ve, con todo y sus cientos de categorías, canales, perfiles y clasificaciones, ¿puede al menos imaginarse o dimensionar con cabeza fría qué es lo que no se ve?

Una vez discutiendo con un amigo me dijo lo siguiente: “Es que no podemos como sociedad solo permitir la libertad sexual y que todos hagan lo que quieran. Debe haber parámetros morales. Si a un grupo se le conceden derechos, luego reclamarán otros, otros y otros, y después hasta la pederastia van a querer justificar. Ni modo, no se puede hacer nada”. Mi respuesta lo sorprendió, pero traté de demostrarle que no aprobaba ni desaprobaba lo que decía, porque los absolutismos siempre me han causado escozor. Mi respuesta fue simple: “Lo que pasa es que el sexo, hasta el día de hoy, forma parte de esas cosas para las que no estamos listos. Tenemos miedo a lo desconocido. Nos cuesta aceptarlo como sociedad, pero hemos sido incapaces de manejarlo. Como la guerra y el amor. Humanos, demasiado humanos. Son asuntos con los que todavía debemos lidiar. Ni vos tenés las respuestas y mucho menos yo. Pero hay que discutirlo, porque lo peor es ignorar el tema y al menos a alguna conclusión debemos llegar…”.

Iba a cerrar aquí, pero recordé algo importante en todo lo dicho y que no quería pasar por alto: trataré de sopesar mis palabras, porque sé que hay demasiado que todavía no comprendo y creo que este tema me queda demasiado grande, pero ¿por qué la fuerza y la coacción? ¿Por qué afectar al otro y solo buscar mi placer?

No es la clásica diatriba contra el machismo ni nada y mucho menos se trata de defender a quienes se saben defender mejor por sí mismas, pero creo que es una observación pertinente y sobre todo en un tema como este. Lo sé, eso da para un tratado inmenso. Quizá tenga que hacer una tercera parte. Solo quiero dejarlo con esta idea: el hombre puede sufrir y padecer coacción, sí, pero solo la mujer transmite y le transmiten el terror de generación en generación. Incluso en la vida cotidiana. Por ejemplo: estos son tiempos en los que puede mandar a su hijo a la tienda con cierto temor y reserva, pero ¿quién manda a su hija solita a la tienda? Depende, dirá. Claro, claro. Pero sé que entendió mi punto. Lo cual nos lleva al siguiente puerto, que es un problema estructural mayúsculo, que me rebasa: la violencia estructural perpetuada en nuestra cultura como pan de cada día…

 

2 comentarios en “Hablemos del Eros – parte II

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