Hablemos del Eros – parte III

En este post es donde más riesgos correré de perder el rumbo. No me las traigo todas, así que tendré que disculparme por anticipado, lo cual me hace doblemente culpable, según los estándares de la etiqueta y protocolo, la ética, la educación y las buenas costumbres (“quien se disculpa de antemano, culpable dos veces”). Igual, si llegó aquí por un rumbo random, le invito a que lea las dos primeras partes: parte I y parte II. Lo menciono, porque creo que esta parte III será más un collage que un post.

Como esto es una continuación, hay que seguir como tal.

Creo que es importante decirlo de una sola vez: una mujer que se muestra sexi, semidesnuda o desnuda no es una puta. Es cualquier otra cosa, si usted conviene en justificar un millón de calificativos y eso lo hace sentir mejor, pero no es una puta. Hay millones de personas en este mundo que no lo entienden y es una lástima que entre esos millones también hay mujeres. Pero ellas no son mayoría en este asunto, por lo que los hombres seguimos siendo el problema mayúsculo. Mire esta captura, por ejemplo:

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Si es muy sensible a esta clase de cosas tendrá que perdonarme. No era mi intención herir ninguna clase de susceptibilidad ni mucho menos ocasionarle algún tipo de incomodidad, por nimia que fuera. Tiene derecho a indignarse, por supuesto, pero sobre todo, tiene que forzarse a reflexionar, que es mi mayor deseo.

Ni cuando era flaco y escuálido, ni ahora que soy panzón: nunca he sido muy amigo de las fotografías, por lo que desconozco el sentimiento de quien le gusta subir selfies y esas cosas. En lo personal, no tengo nada en contra de quien quiere subirse a sí mismo para dejarse admirar o qué se yo. Para mí ella no está mal por subirse en una postura peculiar. Lo que está mal es que él escriba todo eso, solo porque se atribuye la gana de hacerlo. Obtendrá cualquier otra cosa, menos la aprobación de ella y eso con toda seguridad él lo sabe, pero igual, no deja de arrogarse el derecho de decir todas esas cosas. Solo sabe que saldrá impune y ya. Y aunque tuviera miles de respuestas desaprobatorias, también habrá miles que tomarán valor y querrán decirle de todo, solo porque pueden y ya.

Ya oigo decir a algunos en buen guanaco: “Pues sí, pero ella es una calientahuevos”. Bueno, bueno, además de que ese es un calificativo subjetivo que cada uno hace y que no es la verdad más allá de toda duda razonable, no hay peor engaño que quien incurre en él; es decir, si hay una calientahuevos, la verdad es que uno decide meter los huevos en el calentador. ¿O me va a decir que no? ¿Ella le puso una pistola? ¡Ah, ya sé! ¿Que ella grita señales? ¿Está seguro? Vamos, no le creo que saque deducciones tan fácilmente. No hay que pensar con la libido encima. Si piensa con la cabeza fría se llevará menos chascos. En serio, aunque ahorita me esté puteando, nada resulta más satisfactorio que pensar de forma apropiada y certera con la cabeza fría. Y también atraerá menos los problemas.

No puedo arrogarme el derecho a sacar conclusiones sobre ilusiones e indirectas. Sé que vivimos en un mundo lleno de señales y segundas intenciones (Baudelaire lo dijo muy bien: “El mundo no funciona sino por el malentendido”), pero si a través de eso voy a justificar el decirle lo que sea a quien sea, solo estaré perpetuando prácticas que han venido dañando a la mayoría de la humanidad. Y no se trata de ser o no políticamente correcto. Simple: el respeto al derecho ajeno es la paz. Sí, aunque la frase esté choteada.

Hace poco vi un video que pretendía capturar reacciones. ¿Qué pasa cuando una mujer bonita es la abusiva, la que toca? ¿Qué pasa cuando es ella quien quiere flirtear o deja ir un chascarrillo vulgar? Hay experimentos sociales de toda clase. De esos abundan en YouTube. En el 99.99 % de las veces ningún hombre reacciona mal cuando ellas hacen eso. Pero no es el punto central. Lo que quiero que se dé cuenta es de la percepción cultural al respecto. ¿Qué pasaría si un hombre reaccionara ofendido porque una mujer le toque el trasero? Hay muchas respuestas, se me viene una a la cabeza, pero imagine la que quiera. Es una cuestión cultural, naturalmente. Y antes de que crea que quiero implicar una u otra cosa, lo importante es darse cuenta que la práctica es mala, se aplique en hombres o mujeres: nadie merece que lo toquen sin su consentimiento, aunque por práctica cultural miles de hombres deseen que los toquen sin su permiso. Sé que la idea se entiende. No quiero ser tautológico.

Veamos estos ejemplos (estas historias las estoy usando con consentimiento, pero es obvio que tendré que omitir nombres y otra información personal).

Situación “A”

Él llega al bar. Siempre sale con un grupo de amigos y le gusta ir a lugares medianamente exclusivos, pero en esta ocasión se aventuró por su cuenta. A ese bar es primera vez que llega y hace mucho que no salía solo. Como no quiere sobrevidenciar su soledad prefiere quedarse en la barra en lugar de elegir una mesa. El barman (o multiusos, porque es el único que atiende mesas, cocina y todo) solo le sirve y ya. Así que él está ahí, solo, viendo que el lugar está con clientela variada.

De repente un joven se le acerca para hablar. Es amable, demasiado quizá. Él. responde cortés y le sigue la plática por unos minutos. El joven le señala su mesa con otros dos muchachos y le dice que si gusta los puede acompañar. Mientras se lo pide le rodea la cintura con un brazo. Él se pone nervioso y aparta al joven con brusquedad. El joven le toma la mano y le dice:

—Ay, niña, estás de arisca.
—Hey, al suave, que he venido solo y no estoy molestando a nadie —le dice él mientras se suelta de la mano del joven—. Ni te conozco y nunca te he faltado al respeto.

Los otros dos de la mesa se levantaron y se veían muy tomados. Él levantó el brazo para que el barman viera que paga su cuenta y que el dinero lo deja en la barra. La cordialidad del joven desapareció completamente. Mientras él iba hacia la salida el joven le espetó a gritos:

—¡Semejante puta, a saber qué te has creído!

Situación “B”

Juan Pérez fue trasladado dentro del área de ventas y ahora pasará de estar en teléfono a estar en mostrador. Para él eso es mejor, porque siente que le va bien con el trato directo. Así que muy contento se presenta a las oficinas de recursos humanos. Allí ve a una señorita atractiva, lo suficientemente radiante como para ponerlo nervioso, pero él se resuelve muy bien.

En recursos humanos les explican todo, les entregan los nuevos uniformes y les indican la tienda a la cual tendrán que presentarse. No hay quien los lleve, por lo que tendrán que tomar el transporte público. Ella es amable, pero al momento de salir a la calle va en silencio y caminando distraída, como sin ver a nadie. Juan Pérez siente extraño, pero la deja estar. No deja de afectarlo el cambio repentino, pero la acaba de conocer. ¿Qué le puede reprochar? Intenta sacarle conversación, ella es cortés y también de trato seco. Sí y no. Eso es todo.

Mientras están en la parada de buses él nota que los vehículos pitan sin motivo, que a veces alguien baja el vidrio y dice algo, y que incluso un camión repartidor disminuye la velocidad y uno de los mozos se da el lujo de decir de todo, así, en lenguaje vulgar y procaz, con todo el descaro del mundo. Juan Pérez se siente incómodo, se siente mal, jamás había estado unos cuantos minutos en una parada de bus y que estos fueran largos, infinitos, casi una tortura. Se sentía extraño. Pero ¿por qué ella tenía el rostro imperturbable? Ni siquiera con el muchacho del camión reaccionó. A todos los ignoró y ya. ¿Cuántos años de su vida habrá pasado por eso esa muchacha?

Situación “C”

José Martínez es bromista, dicharachero y adondequiera que va logra convertirse en el centro de atención. Es de las pocas personas que conozco que puede revertir una ofensa recibida y convertirla en una fortaleza, además de poder decir casi cualquier cosa y que la gente lo tome a broma.

Se convocó a una reunión social por un amigo que acaba de graduarse. José Martínez tenía tiempos de no verlo, pero la amistad permanece en el tiempo. Cuando el graduado llega a la reunión se presenta con una joven (su novia) con una personalidad misteriosa y magnética. José abraza a su amigo y en broma le dice que su novia tiene mirada de maldad. Creo que a mí se me hubiera escuchado como ofensa, pero viniendo de José Martínez al resto le pareció gracioso.

Pasadas las horas, las risas, los tragos y todo, él notó cómo ella lo miraba. Era eso que algunos llaman en buen guanaco la mirada colocha, quizá recordando las viejas caricaturas de Merrie Melodies. Su mirada fue tan poderosa que José la sintió como un baldazo de agua fría.

José necesitó corresponder una llamada y salió de la casa por unos minutos. Pasados unos minutos y mientras hablaba con tranquilidad, sintió que alguien lo tocó. Era ella, la novia del graduado. Comenzó a manosearlo y José se tuvo vio en la penosa necesidad de cortar la llamada a como pudo. Colgó y trató de ser amable con ella. Trató de apartarla sin ser grosero e incluso bromeó al respecto como si no pasara nada. Ella se apartó, pero de sorpresa se fue al round dos y lo agarró y lo besó, le introdujo su lengua y él tuvo que apartarla con mayor determinación.

—Tranquila, tranquila. Mi amigo está allá adentro, nos puede ver.
—Nadie nos va a ver. Apurate, que hace ratos vi cómo me mirabas.
—¿Perdón? Jajajajaja ok, sí, quizás te miraba —trató de decir con cortesía—. Todos estamos tomados, así que olvidemos esto y vamos para adentro.
—Ah, bueno. Ya vi que te incomodo. Me equivoqué. Creo que sos gay.
—¡¿Cómo?! —dijo él con un segundo de indignación, pero que pronto cayó en la cuenta y prefirió dejarlo así—. Ah, eso, cabal… me descubriste. Vapues, cuidate.

Ni siquiera regresó a la fiesta. Se sintió tan molesto, lleno de cólera, que mejor se fue para su carro y se retiró.

Situación “D”

Ximena acostumbra a ser políticamente incorrecta. No, no es una persona vulgar. De hecho es brillante, muy ingeniosa, y dice cualquier payasada precisamente para ver cómo los demás caen en la trampa. Pero una de tantas le salió caro.

En una reunión social salió a flote el tema de la sexualidad. Es un tema que todo mundo disfruta, siempre y cuando se guarden las normas básicas. Pero ella, de la nada y robándose el show, contó su fantasía sexual en el grupo, así con lujo de detalles. Los que la conocemos sabemos que ni siquiera le gustan los hombres y que ella es más casta y fiel a su pareja que muchas personas en promedio. Ver las reacciones de todos los presentes es algo que el solo recordarlo resulta divertido. Pero uno de tantos, como decimos en buen guanaco, agarró clavo.

A partir de ese momento comenzó a insinuarse, acosarla y ya con la excusa de los tragos encima intentó un par de veces tocarla. El idiota —por no mencionar otro calificativo— no se dio cuenta que todo era show, que era el rato para fregar. Ella de repente le gritó, le dijo un par de cosas y todos quedaron en silencio. El idiota le dijo que si ella se la llevaba de puta y liberal por qué ahora se echaba para atrás. Fue todo: entre los demás le pedimos que se fuera del lugar. Ximena se sintió mal. La conozco y sé que quería llorar, pero cuando quiere es muy estoica. La reunión ya no fue igual, pero la pasamos bien después del bache.

* * *

Cualquier pasada, anécdota o circunstancia nos puede dejar lecciones, ya sean propias o ajenas. Esto es lo que yo aprendí sobre estas historias:

  • La situación “A” me enseñó una cucharadita del terror que las mujeres deben sentir. Ojo, que no tengo nada en contra de ningún sector social, porque buenos y malos los hay en todas partes y en todos los contextos. No quiero victimizar ni revictimizar a nadie, pero creo que esta situación es una muestra clara de cuando quieren coaccionar a alguien. ¡Ah! Y por si se lo está preguntando, sí, él se equivocó y entró en el bar equivocado. He ahí el porqué de la confusión de los tres jóvenes.
  • La situación “B” es un excelente ejemplo de la violencia estructural, perpetuada desde la cultura. ¿Qué culpa tiene ella de ser atractiva a los ojos de los demás? Me deja sin palabras. Me la imagino que no confía en nadie.
  • La situación “C” es solo un ejemplo de miles para algo que a mí me gusta destacar: tenemos un grave problema con el no. Digo tenemos, porque nadie debe excluirse. Es un problema general de la condición humana. Pero no aceptar el “no” en el ámbito sexual es un acoso y punto. Venga de quien venga. Si José Martínez hubiera aplicado fuerza en ella quizá me hubiera contado su historia desde la cárcel. Mientras me la contó no evité sentir un dejo lejano de envidia (“cuándo yo… ya quisiera que al menos se me insinuara la Siguanaba”), y claro, no estoy exento de la educación machista. Pero escucharlo fue un gran aprendizaje: reflexioné y aprendí mucho. Si hay unos cuantos y muy contaditos que jamás le fallarían a un amigo, me alegra saber que él es uno de ellos.
  • La situación “D” me parece que demuestra que hay miles de personas con un analfabetismo emocional grave, muy grave. ¿En qué momento un idiota se arroga el derecho de acosar a una mujer solo porque ella manifieste ser liberal? Si una mujer dice que es liberal eso no quiere decir que con el primero que aparece hará lo que sea. Es simple y llano sentido común: al menos hay que gustarle a una persona, y por más liberal que se presente, hay una manera, un camino, que no tiene por qué ser invasivo. En fin… esto se ha hecho demasiado largo.

No me imagino qué se sentirá robarse la admiración de los demás. Pero si tengo que pasar por situaciones como las cuatro mencionadas, entonces prefiero quedarme feo y sin llamar la atención de nadie. Desapercibido me siento mucho mejor. Sé que no todas las personas son así y que también hay personas diferentes. Pero esos pocos que están ahí haciendo de las suyas generan el malestar de nuestra cultura. Y también creo que les hemos permitido crecer como un cáncer, ¿no le parece?

Pero aunque suene de cajón, todo cambio comienza con uno. Debo matar en mí todo rastro de la basura cultural con la que crecí. Debo enseñarle a mi hijo una cosmovisión distinta, un mundo que le permita una inteligencia emocional más madura, asertiva y democrática. Y si tendré que ganarme enemigos por defender el respeto y la tolerancia, ni modo. ¿Qué puedo hacer si alguien tiene peleados sus principios fundamentales, unas diferencias culturales más allá del arraigado? Ya lo ve, como mencionaba en las otras partes: el sexo sigue siendo un tema espinoso, casi inmanejable.

Un comentario en “Hablemos del Eros – parte III

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