Historias de amor, soledad y eros

En una ocasión escribí sobre un par de historias privadas que me fueron compartidas. Si tiene curiosidad, puede redirigirse desde aquí.

Las escribí a mi manera, protegiendo la identidad de quienes me compartieron sus confidencias, además de hacerlo bajo consentimiento. Para hacer este post seguí la misma mecánica. Reiterando, para no dejar ninguna duda: usted me cuenta su historia, le pido permiso para escribirla y publicarla, usted me dice que sí, le hago cambios ligeros para no comprometerlo ni a usted ni a los implicados, y listo. A diferencia del primer intento, no dejaré ninguna reflexión personal, aunque la tentación es fuerte. En esta ocasión prefiero que usted saque sus propias conclusiones.

La ficción suele ser más entretenida, porque ofrece todos los artificios que en la realidad no siempre ocurren. En ese sentido, tal vez a usted no le parezcan historias demasiado sentidas o extraordinarias. Cuando se las cuentan a uno, con pelos y señales, uno de inmediato se identifica y más si se aprecia a la persona que está narrando su peripecia. Imagine entonces que la situación le ocurre a usted o a un conocido suyo. ¿Qué hubiera hecho?

Para que mi intervención sea incluso mínima, no titulé ninguna de las historias. Si usted lo siente, póngale nombre a cada una como le parezca. Por la brevedad de cada relato sacrifiqué los detalles, excepto por uno que fue una carta. Espero que las elipsis no sean tan flagrantes y afecten la verosimilitud.

Usted tiene la última palabra.

* * *

Situación 1

Pues nada, lo que te conté. No sé con quién anduvo primero, pero sé que estuvo con mis dos hermanas y conmigo. Yo caché lo peor, porque lo encontré en mi cama con mi hermana menor.

Con ellas evitamos el tema. Yo, sobre todo. Lo llegué a querer mucho. Me tragué por completo el cuento de la discreción, de guardar las apariencias. Me imagino que lo mismo hizo con mis hermanas. Me da cólera pensar que tardé mucho tiempo en descubrirlo, así que no quise saber quién fue primero, si fue con las tres en el mismo tiempo o si alguien fue antes o después.

Nunca he querido hablar de eso con ninguna de ellas.

Situación 2

Fijate que siempre que nos vimos en algún vacil de chupe terminábamos amasando. A veces esperábamos los descuidos de todos, en otras esperábamos a que todos cayeran en batalla y más de alguna vez me imagino que levantamos sospecha, aunque nadie nunca nos dijo nada ni nadie nos estuvo jodiendo con bromas y todo eso. Y con ella, yo más sentía que era vacil, una onda así, física, ¿me entendés?

Así que una vez estábamos en la casa de C****, que era tipo casona grande, con un vergo de cuartos, y me acuerdo que esa vez todos cayeron rápido, porque estábamos con trago. Así que a eso de las 4 a. m., cuando ella se iba ir a acostar en la cama del cuarto que le asignaron, comenzamos otra vez con los besos, y nos emocionamos y queríamos subir de nivel, así que estábamos casi sin ropa y se me ocurrió preguntarle si andaba condón, porque de plano, yo no estaba preparado y ni estaba en mis planes nada de eso, al menos ese día.

Y fijate que cuando le dije eso, ella de repente se puso agresiva, y me dijo que mejor usara condón con las putas que conocía.

Yo no entendí nada. Me sorprendió su cambio de actitud. Si siempre que nos veíamos había solo amase de escondidas, ¿por qué entonces me salió con eso? Después del mal entendido incluso se puso a llorar y hasta me dijo que no entendía por qué yo la trataba como puta. Me quedé callado y por dentro me lo preguntaba: ¿por qué quería que a la fuerza lo hiciera sin condón?

Ese día terminó en mal set. Solo me fui a la casa. No me despedí de nadie, porque todos estaban dormidos. A ella no he vuelto a verla.

Situación 3

Hola…

En teoría somos una especie que lucha por su supervivencia y supremacía. En algún punto de la zona de confort, solamente nos hemos dedicado a vivir y hemos olvidado si debemos o no medrar. El equivalente a medrar sería la felicidad, pero ¿qué es la felicidad? En algún punto de todo también perdimos el propósito. Yo, por lo menos, considero que uno pasa la vida tratando de encontrarse, pero que en todo el camino solo hacemos una carrera contra el tiempo. ¿Tiene eso sentido? Si no fuera por los miles de constructos sociales que nos rodean, la verdad es que todo eso carece de sentido. Creo que es por eso que muchos se deciden por una vida en el campo, una vida de paz y tranquilidad, una vida donde no hay que esperar nada de nadie, ni de la naturaleza o la vida misma. Quizá estoy en modo depresivo, o de repente me dan extraños ataques de realidad, pero no evito pensar que de verdad la vida carece de sentido. ¿Qué deberíamos saber? ¿Qué debemos hacer? ¿Qué nos cabe esperar? ¿En verdad es solo el amor la respuesta a todas las cosas? Yo no lo creo. O quizá he dejado de creerlo.

Te soy franco: estoy aburrido. Si no fuera porque es obligación trabajar, la verdad es que preferiría no hacerlo. De no ser por las necesidades fisiológicas básicas, si fuera por mí, no comería, no cocinaría, no me preocuparía por vestirme. De repente me vienen a la mente las peores tendencias de autodestrucción. Sé que me espera un cáncer más adelante y que me espera una extraña desolación. No sé si Dios tenga la culpa de todo esto, pero esto que llamamos vida es una cosa totalmente miserable. Si hay algo comparable al infierno, es esta estupidez que llamamos vida, porque simple y llanamente carece de sentido.

Quizá lo único bueno que tiene todo esto es que podemos sentir y expresar los sentimientos. Sean estos negativos o positivos, la verdad es que solo el hecho de poder sentirlos y expresarlos me parece una cosa maravillosa. Todas mis alegrías y tristezas aunadas es una cosa que no cambiaría. Pero existir duele. Duele la conciencia del día de mañana, duele la conciencia de la muerte. Duele la vulnerabilidad de una muela o del intestino. Duele saber que mi taquicardia puede matarme en un minuto cualquiera. Duele haber amado y no haber sido amado. Duele la incapacidad de perdonarse.

Ahora quizá lo comprendo mejor: es posible que sea totalmente cierto que los bebedores incurrimos en ello como un mecanismo de evasión. ¿Qué mayor evasión que sacar a flote el otro yo? Luchar contra la ansiedad de cada día. Luchar contra los constructos y mentiras que nos hemos inventado. Luchar contra el sexo, negarnos la naturaleza del odio y la desdicha. Luchar contra el egoísmo individualista… egoísmo llevado al paroxismo, porque creemos que ser sociedad nos vuelve unidos, cuando somos solo la suma de todos nuestros egoísmos. El comunismo no es utópico, pero se requiere de un crecimiento espiritual equiparable únicamente a la sabiduría de las comunidades primitivas.

Pero entonces, ¿por qué no solo recorrer y disfrutar el viaje? Lo sé, es algo que debería de hacer. Pero es tan difícil… mi pecho está por explotar y hay demasiado que no comprendo. Quiero amar, vivir, cesar, renacer, vivir este minuto perpetuo y vivirlo para siempre. Y al mismo tiempo quiero olvidar por momentos esta sensación de estar vivo. Quiero olvidarme del bienestar de sentirme completo, pero al mismo tiempo, la incertidumbre de que esto acabará, que seré vulnerable… que finalmente dejaré de existir y que pasaré al olvido. Y por evasión, creo que la inmensa mayoría prefiere vivir en modo automático.

Quisiera estar en un vehículo y partir en un viaje largo e infinito, recorrer el planeta entero, como si no hubiera otro propósito en el mundo que hacer eso. Y al escribir esto, pensé: “Creo que Ella tiene razón… de repente viajar y conocerlo todo se convierte en una necesidad. Es también una forma de plenitud…”.

Situación 4

¿Mi sombrero? Sí, yo sé que es llamativo. Ya me han llamado “Duende” y cosas así. Fijate que siempre me gustaron los sombreros, aunque nunca en mi vida había usado uno. Ver a los grandes actores con un Fedora, o los viejos ricachones con un sombrero Panamá. No sé: hay algo de atractivos en ellos.

Un día, mientras caminaba por el Centro, vi este que tengo puesto en el escaparate de una tienda. Fue amor a primera vista. Entré y aunque me pareció caro lo compré. Era el destino, porque me quedó cabal, como podés notar. Me imagino que por su forma, y quizá por la ropa que andaba ese día, bien sentía que la gente se me quedaba viendo, incluso cuando iba en el bus ya para la casa.

Cuando mi esposa lo vio comenzó a carcajearse tanto, al mismo tiempo que se disculpaba con dulzura y se volvía a reír. Me hizo gracia pero casi me desanimaba, cuando ella me dijo que a pesar de lo chistoso le encantaba como me veía.

Ese mismo día por la noche, cuando ella iba a una reunión de iglesia con otras amigas, la atropelló un motorista que se había dormido y se topó a la acera. Ella murió casi al instante, así que lo último con amor que ella me dijo es que le gustó mi sombrero. Por eso lo llevo puesto todo el tiempo, aunque el resto piense que me veo ridículo. A mí me hace feliz y es lo importante, ¿no crees?

* * *

Porque conozco a los involucrados en cada historia, me resulta casi imposible tomar una distancia emocional, si bien reconozco que el resultado de lo escrito no llega ni a mal ejercicio literario. ¿Por qué compartirlo entonces? No sé… siento que con todo y la sencillez de cada historia, hay algo de aleccionante.

Tengo lista una segunda parte, pero por el momento quizá la comparta más adelante.

3 comentarios en “Historias de amor, soledad y eros

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