Historias de amor, soledad y eros – parte II

Si desea leer la primera parte, puede redirigirse desde aquí. Siguiendo la dinámica del post anterior, a continuación le presento las siguientes historias anónimas, reiterando nuevamente que muchas cosas fueron cambiadas para proteger la identidad de los implicados.

Sin más que añadir, estas son las confesiones para esta ocasión.

* * *

Situación 5

La primera vez que tomé una cerveza fue la primera vez que también toqué a una mujer. Sé que suena difícil de creer, pero ya me conocés: fui criado por una familia conservadora y todo eso. Así que llegué a la universidad y siempre me mantuve sometido a las reglas.

Pero los compañeros de grupo te cambian un poco y a veces te ayudan a expandir tu mundo. Dentro del grupo había un par de compañeras que pasaban por el mismo problema, así que había —digamos— solidaridad.

Para resumirte la historia, la cosa es que un día estábamos en una cafetería cerca de la universidad. El dueño era amigo de uno de los compañeros de grupo y de broma en broma comenzaron a hablar de quienes teníamos menos experiencia.

Una de las compañeras fue la más atrevida y me dijo que quería tocarme el pene, y que de premio me dejaría tocar uno de sus pechos. Acepté, pero era obvio que estaba muy nervioso. De entre mis compañeros se le ocurrió a alguien que sería bueno que de paso probáramos una cerveza. Me negué rotundamente, pero tras varios minutos de bromas acepté. También aceptó la chica del ofrecimiento.

Ambos bebimos la cerveza casi en silencio. Después de varios minutos incómodos, el resto de compañeros se salieron del lugar y nos dejaron solos. Ella —creo que le había pegado más rápido que a mí, aunque reconozco que comenzaba a sentirme mareado— me dijo que era el momento para hacerlo.

Entonces me dejó estar: comencé a tocar su seno con suavidad y recuerdo que fue una sensación más de curiosidad que de morbo. Sentí su respiración acelerada, pero no me puse nervioso. Era, como vos decís, más curiosidad intelectual. Y ocurrió: ella de repente me palpó en mi pantalón y lo hizo con tanta fuerza, que yo retiré mi mano. Me dolió una monstruosidad, pero no quería quedar de llorón y lo disimulé. Eso sí: detuve mi mano y dejé de lado mi “curiosidad intelectual”. Me paré para ir al baño y fueron un par de minutos de sufrimiento.

Creo que lo notaron los compañeros que esperaban afuera, porque me dijeron que me veía pálido. Mi compañera salió con un rostro más complaciente y eso al menos me reconfortó. Ese día fue random, aunque especial.

Situación 6

Tuve mis buenos abriles, como ya te había contado. No siempre fui así de gordo, además que trataba de vestirme bien.

A pues una vez me llevaron a joder unos amigos, porque era la despedida de no sé quién. Yo no bebía, apenas tenía experiencia con un par de novias, y con la que tenía en aquel entonces había terminado todo y no muy bien. Apenas nos acostamos una vez, aunque el sexo no era el problema. Lo digo para aclarar que experiencia, en ese sentido, no la tenía.

La cosa es que llegamos a la fiesta y todo mundo estaba alegre. Me ofrecían bebida y yo me negaba. De tanto insistir recuerdo que tuve un cigarro como que era incienso. De vez en cuando tomaba una calada, que era más por compromiso, y ni siquiera daba el golpe.

De repente noté que una mesera me miraba cada tanto. Te va a sonar exagerado, pero cuando se encontraron nuestras miradas la primera vez, sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda y la cara caliente. Te aseguro que era la mujer más bonita que había visto en mi vida. Creo que lo sigue siendo.

Ella me había notado desde que llegué. Le gusté, estoy seguro de que eso así fue.

Comenzó a tener atenciones con nosotros. Cada tanto llegaba y nos servía o simplemente nos preguntaba si necesitábamos algo. En algún momento me levanté y fui al baño. Ella de repente me saltó al encuentro y me preguntó mi nombre, mi edad y de dónde era. Su acento no era nacional, y eso todavía acentuó mi deseo y curiosidad. Debo confesarte que cuando escucho a alguien con ese acento siento un pinchazo en el alma. Pero es uno de esos que te traen buenos recuerdos.

Me intimidó un poco la seguridad con la que me habló, pero era también evidente que ella tenía experiencia en la vida, que estaba muy por encima de lo que un novato como yo podía ofrecer.

Sin más, ella solo me dijo que venía de un país de Suramérica y que pronto regresaría, que ya no podía permanecer más aquí. Yo todavía no entendía qué tenía que ver eso conmigo y sé que ella lo intuyó. Así que de un momento a otro me lo preguntó: si se fuera de ese lugar en ese preciso instante, ¿me iría con ella?

Mi reacción inicial era que no tenía dinero. Ella sonrió y me dijo que de eso no me preocupara, que solo necesitaba un compañero para marcharse, pero ya. No sé si fue el momento, su belleza o todas las circunstancias por las que había pasado con mi recién terminada relación. Solo dije que sí.

Ella me pidió que saliera a las ya y que la esperara afuera. Lo hice y sin despedirme de nadie. En menos de cinco minutos ella estaba con un maletín, en el que me enseñó que tenía un par de uniformes y las pocas pertenencias que tenía en el trabajo.

Primero fuimos a la pieza donde estaba viviendo y de inmediato tuvimos relaciones. Primero con temor y luego con más cinismo. Estuvimos juntos toda la noche. Al día siguiente me invitó a comer y noté que vivía de forma modesta. Ni yo me podía creer que estuve con una mujer tan hermosa y que de paso era extranjera. Cada vez que escuchaba ese acento dulce y casi mimoso me preguntaba dónde había estado toda mi vida.

Decidió que fuéramos a una playa, que ella pagaba todo. A todo esto, no me había comunicado con mi familia y mis amigos no sabían qué había sido de mí desde la noche anterior. No me importó y me dejé llevar por la corriente.

No te voy a atosigar con los detalles. Solo puedo decirte que fueron los tres días más felices de mi vida. El último día la fui a dejar al aeropuerto, nos dejamos direcciones, números telefónicos y otros datos inútiles. Ninguno se volvió a comunicar, por supuesto, a menos que ella lo haya intentado y no me diera cuenta. Me abrazó como si hubiera sido el amor de su vida, nos besamos como en una película romántica y solo se fue.

Apenas había salido del aeropuerto y la policía me estaba esperando. Me abordaron y todo, y me dijeron que mi familia tenía días de estarme buscando, y que me daban por muerto. Te podría contar qué fue lo que pasó después y cómo solo mi papá comprendió por lo que había pasado, pero eso es otra historia.

* * *

Al igual que en la primera parte de este post, no me siento preparado para dar ninguna valoración personal. Quizá porque conozco a cada persona que me ha contado su historia.

Sin embargo, en esta ocasión siento mucha afinidad por la Situación 6. En suma, siento que él sabía que una mujer como ella jamás llegaría a su vida de otra manera (es esa clase de circunstancias donde a veces los mismos amigos nos dicen: “Demasiada mujer para vos”), y de ella intuyo que lo escogió porque no podía irse de este país sin haber tenido un gran amor, o simplemente sin haber amado a nadie. Algún buen recuerdo tenía que llevarse de toda la miseria cotidiana que se vive aquí.

Llegar a un lugar, elegir a alguien y solo amar con todas las fuerzas por el poco tiempo que nos queda. ¿Existe algo más poético que eso?

2 comentarios en “Historias de amor, soledad y eros – parte II

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