Historias de amor, soledad y eros – parte III

Si tiene interés en leer la primera parte, puede redirigirse desde aquí. De igual manera, hay una segunda parte: siga este link.

Me han llegado varias historias y algunas son demasiado largas para tan breve espacio. Otras me parecen demasiado viscerales como para tomarlas en cuenta. Tal vez haga un espacio dedicado a ello, con otro concepto. Por lo demás, como tengo mi peculiar forma de contar las cosas, acepto que por momentos suenan solo con mi voz, en lugar de la naturalidad que cada protagonista me ofreció. Sin más preámbulos, estas son las situaciones para esta ocasión.

Situación 7

¿Cómo la conocí? Bueno, te conté de aquél doctor, el de la clínica cerca del colegio D*****. Él me la presentó. Ese día yo estaba en el bar y me reconoció, se me acercó y me invitó a su mesa. Al principio me negué, porque vi que estaba acompañado con ella. Igual, me convenció, porque dijo que era su amiga.

A él le agradaba mi compañía, porque me aseguraba que solo conmigo se entendía en temas de política. Eso no es importante ahora, pero el punto es que estaba con ellos. Ella estuvo más escuchándonos que participando. Creo que él quería impresionarla. En algún punto le preguntamos si estaba bien y solo asintió: dijo sentirse entretenida con todo lo que hablábamos.

El tiempo pasó y en una ocasión me la encontré en otro bar, e iba con otras dos amigas. Le pregunté por el doc y me dijo que ese día que conversamos había sido la última vez que lo vio. Me despedí sin darle largas y regresé a la barra del bar. Ella se fue antes, fue cortés y se despidió.

Así me la encontré varias veces, hasta que por fin en una ocasión andaba sola. Sin que le preguntara se sentó en mi mesa y me preguntó si podía acompañarme (sí, ya sabés que tengo la mala costumbre de salir a beber solo). Me sentí agradado, aunque fallé la tarea, porque resulté mala compañía. ¿De qué podía hablar si nunca habíamos tenido una conversación real? Al final de todos modos nos dimos los números de teléfono. Me habló a los días.

En esa informalidad pasaron meses (casi un año) hasta que por fin dejamos de comunicarnos. En una ocasión, cuando había pasado casi un año (totalizando dos de conocerla) de nuevo la vi en un lugar, me saludó como si fuéramos viejos amigos, y a partir de ahí comenzamos a vernos con frecuencia. En total estuvimos saliendo tres meses seguidos.

Su amistad creo que no fue un bien para mi vida. De repente me llamaba y me pedía salir. Todo era salir a beber y beber. Reconozco ser alcohólico, pero con ella esto se estaba acentuando.

A medida que la iba conociendo me di cuenta que su mundo era en cierto modo un caos, algo a lo que no estaba acostumbrado. De repente tenía cambios de carácter, arrebatos donde podía tratar mal a todo el que tuviera enfrente y luego disculparse al día siguiente. Varias veces hizo eso conmigo.

De repente ya no sabía qué estaba sintiendo por ella. Sobre todo porque en algunas ocasiones le dio por comenzar a besarme como si fuéramos novios. Las primeras veces me sentí mal, porque sobre todo le daba por hacerlo cuando estaba ebria. Si se me debe acusar de aprovechado, tendré que admitir la culpa. Pero si dejamos de lado el machismo habría que dilucidar: ¿quién se aprovechó de quién?

Seré franco al decirte que comenzaba a inundar mis pensamientos. Ella me estaba afectando de formas insospechadas. A veces con su carácter inaguantable, pero de repente abrazándome, besándome, siendo tan gentil como muy pocas mujeres lo han sido conmigo. Nunca tuvimos sexo, y aunque sé que no importa aclarar algo como eso, quiero añadirlo porque hacia el final de esta historia no sé por qué las cosas finalizaron como se dieron.

Un día tuvo un arrebato de carácter lleno de ofensas, blasfemias y todo. Luego venían los abrazos, las lágrimas, las disculpas, y los besos y caricias con lascivia, con pasión, como si por fin estuviéramos a punto de quitarnos la ropa. Pero no pasó. Y justo en esa ocasión ella fue al baño, luego salió con un rostro resuelto, como si estuviera esperando determinar algo y tomar una decisión. Y así como así me sacó de su vida.

Ahora bien, podrías reprocharme que por qué fui tan lento y todas esas cosas. Creeme que lo intenté. A mi manera, pero lo intenté. En su momento me di cuenta que ella no tenía interés en ir más allá, pero que le gustaba entretenerse con jugar de vez en cuando. No sé qué tantos problemas tenía, pero yo comenzaba a absorberlos sin querer. Alejarse de mí fue lo mejor que me pudo pasar, la verdad.

Situación 8

¿Vos crees que las mujeres no son peladas? ¡Nombre, vos! Si cuando están en grupo son igual que nosotros. ¿Te cuento una pasada?

Aquella vez que te conté que salí con R*****, no terminé de darte todos los detalles. Primero íbamos a ir a un bar, pero luego dijo que en la casa de una amiga había buen vacil y todo. A pues fuimos a esa casa y solo mujeres había. Creo que 5 o 6. Yo era el único hombre.

Hay mujeres más peladas que otras y en ese caso creo que se juntaron las más desinhibidas. Desde que llegué comenzaron a molestar a R***** conmigo. Y aquella que no se deja, les seguía la corriente y de una vez se puso a decir que sí, que no sé qué, que amigos con derecho, etc. Y en ese momento apenas habíamos salido un par de veces y nada.

Mirá, qué te digo. Entre ellas bromeaban pesado, se trataban de putapendeja, que coma mierda, etc. Todo, todo, igual que los hombres y en algunos círculos ya he estado y entre cheros a veces ni se tratan así.

Ya todos medio tragueados, les agarró con hacer karaoke, que era más gritadera y risas que canto. Luego una de ellas me comenzó a bailar y vi que R***** no decía nada, que solo esperaba a ver mi reacción (o eso creo). Luego una de ellas vi que se quitó la blusa y se quedó así, solo en brasier, ya otras dos se acomodaron, quedándose en licra o cachetero, no sé. Pensé que la cosa se pondría caliente, pero no… yo creo que me estaban tomando por una amiga más, o simplemente les valía y se sentían en confianza.

La que se quedó en brasier tenía su par de tatuajes. Todos artísticos. Algunos realmente interesantes. Ella notó que la miraba y me preguntó de repente si le gustaba o si algo me llamaba la atención. Admití que sus tatuajes me parecían bonitos y ella así, sin más, con naturalidad y como quien no quiere la cosa, se quitó el brasier y me enseñó una rosa que rodeaba todo su seno. Mi gesto fue de asombro y lo primero que le pregunté fue si le dolió mucho (sí, ya sé, ya me podés tratar de pollo si querés).

Todas se pusieron a reír, incluso mi acompañante, porque quizá creyeron que iba a preguntar si podía tocarla o algo, o no sé si esperaron a que actuara con vulgaridad. Creo que en cierto modo les agradó más mi asombro que mi posible picardía. Ella se guardó el seno y para qué te miento, la rosa dibujada y pintada nunca la olvidé.

Hacia el final de ese vacil dos de ellas les había agarrado la llorona y otra las estaba regañando (bueno, puteándolas, digamos). Encontré oportuno despedirme y todo, y R***** decidió que se quería quedar con ellas. Todas se despidieron amablemente y solo una de las que estaba llorando, me abrazó, como si de la nada me usara para su consuelo, luego de pura sorpresa me agarró la cabeza con ambas manos y me besó con todo y lengua. Fue muy rápido. Todas se pusieron a reír y yo me quedé petrificado. Me supo a ceniza, alcohol y lágrimas saladas. Fue bien surrealista, viejo.

Y bueno, para que veás: en un vacil solo de mujeres te podés encontrar las pelazones más chistosas e interesantes.

* * *

Sé que me hace falta incluir más historias de mujeres, pero resulta que no todas las confidencias son publicables, o al menos algunas amigas no se sienten cómodas ni bajo anonimato. Suelo cambiar detalles para no comprometer a nadie con ninguna de estas historias, pero incluso así —y con justa razón, por supuesto— hay algo que detiene a algunas personas… ese silencio que toca sobrellevar.

Y usted, ¿qué otras situaciones curiosas conoce?

Un comentario en “Historias de amor, soledad y eros – parte III

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