La mirada tormentosa

El túnel de Ernesto Sabato llegó a mis manos en la mejor y en la peor etapa de mi vida:* es una de esas cosas que en su momento me hizo plantearme si existe o no un hado, un designio, un instante kármico. Gracias a ese tipo de cosas durante años me sentí forzado a formular mi propia teoría de las matemáticas humanas, probabilidades y parámetros. Pero de eso escribiré en otra ocasión… tal vez…

A los 16, sin conocer mundo y sin haber vivido tanto, entré en mi primera crisis existencial. Me atrevo a decir que todos pasamos por una, aunque quizá en diferentes etapas de la vida. Si cree que no lo ha vivido, no olvide que hay teorías que afirman que a veces la crisis existencial nos llega en el segundo anterior a la muerte. Pero de que todos la pasamos, todos. Me atrevo a sostenerlo. Y por supuesto, todos la resolvemos de distintas formas. En mi caso, no me enorgullezco de cómo resolví la mía en aquel entonces, pero me conformo con el resultado: estoy vivo y estoy aquí, que es lo importante. Al menos lo es para mí y para los míos.

Tenía 17 y estaba a menos de un mes de cumplir 18 cuando leí El túnel. En ese momento comenzaba a gustarme alguien a una velocidad absurda que ni yo mismo podía controlar. Carecía de la suficiente madurez emocional y no llevaba freno de mano. A pesar de eso, guardé silencio por ocho meses, algo que hasta la fecha me sigue dando risa, porque cuando he sentido algo lo expreso. Tarde o temprano siempre digo lo que siento. No puedo evitarlo.

No considero que la novela de Sabato sea mi libro favorito. Creo que es injusto tener un libro favorito. Si alguien me lo pregunta casi nunca sé qué responder. Hay libros que he leído varias veces… quizá ese es un parámetro. El túnel, para mí, es otra cosa. Es un libro con el que poseo una conexión muy particular y me sirve de recurso mnemotécnico para evocar situaciones también particulares. Quienes son cercanos a mí saben perfectamente que puedo recitar de memoria y puedo escribir con toda su puntuación el famoso fragmento, ese que no puedo evitar escribir, porque siempre me lo repito como un mantra (puede saltárselo si gusta, porque es un poco largo).

Fue una espera interminable. No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados. Y era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos, sin saber que íbamos el uno al lado del otro, como almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mí, como clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían por fin unido y que la hora del encuentro había llegado.
¡La hora del encuentro había llegado! Pero ¿realmente los pasadizos se habían unido y nuestras almas se habían comunicado? ¡Qué estúpida ilusión mía había sido todo esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el muro que los separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla a María como una figura silenciosa e intocable… No, ni siquiera ese muro era siempre así: a veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado.

Sabato dijo en una entrevista que muchos jóvenes le enviaban cartas pidiendo consejo. No dudo que yo hubiera sido uno. La pregunta es: ¿qué le hubiera preguntado? Hay días en los que solo aparece una congoja extraña, una certeza de estar vivo que me hace sentir el mundo con intensidad.

¿Conoce la sensación de estar en un accidente o presenciarlo? ¿O la sensación de alerta cuando comienza a temblar muy fuerte? ¿O la curiosa reacción cuando nos apuntan con un arma o repentinamente alguien nos quiere hacer daño? La sensación de estar vivo es bastante parecida. De repente todo se detiene en la cabeza y uno comienza a escuchar los sonidos que hay alrededor. Desaparece todo modo automático y si en la cabeza revoloteaba algún pensamiento este se detiene. Uno comienza a percibir su propia respiración y el latir del corazón… y en mi caso particular, de repente todo mi yo se llena de una gran cantidad de emoción incontenible. Es impulso. Es algo parecido al amor.

Cuando comencé a leer a algunos existencialistas —ya hace ratito de eso, lo cual me hace sentir algo viejo— supe que tenía tendencia al pesimismo… pero un pesimismo enamorado, algo así como de la línea de Kierkegaard, pero ligeramente distinto. Como diría Eagleton, un tipo de esperanza sin optimismo, pero esperanza al fin y al cabo.

Se lucha toda la vida contra la mirada tormentosa. Es casi como llevar una enfermedad. A diferencia de la misantropía, que va motivada por el desencanto, en la mirada tormentosa hay amor. Quizá demasiado, al punto que uno solo puede hacerse daño… y entonces aparece la filofobia, pero esa es otra historia.

La mirada tormentosa nos hace tomar las cosas a pecho. A veces nos hace amar muy rápido, y también a veces a personas que no lo merecen. Uno tiene que inventarse un millón de cosas para tratar de autodesencantarse. Pero quien tenga la mirada tormentosa sabe que eso es muy difícil, casi imposible. Lo único que queda es ignorar al otro yo y disimular… hasta que todo se vuelva incontenible, según sea el caso.

Quien tenga la mirada tormentosa en su momento alejará a todas las personas, pero mantendrá cerca a unas cuantas. A esas nunca las dejará ir, aunque no las vea todo el tiempo. Quien tenga la mirada tormentosa mantendrá los lazos, al menos de su parte, y aunque los otros ni se den por enterados. Si no me cree, lea Cartas escritas cuando crece la noche, escrita por una mujer de mirada tormentosa, quien pasados 40 años mantuvo sus propios lazos. Los de mirada tormentosa no podemos mantener todas las promesas, pero aunque no queramos mantenemos todos los lazos. Yo al menos aún sostengo algunas promesas y reservo mis propias complicidades. No puedo evitarlo.

Pero no quiero que vaya a pensar que estoy haciendo algún tipo de pseudoapología. No. De hecho, es una actitud insana hacia la vida, porque el amor y las relaciones interpersonales funcionan de otra manera, con una libertad emocional distinta. Y por eso mencioné antes que esto es una cosa extraña, algo con lo que se aprende a vivir y sobrellevar. Algo con lo que se lucha para tratar de vencer. Creo que de alguna manera todos hemos pasado por un estado de mirada tormentosa. Pero unos quedan atrapados más tiempo que otros. Lo sé por experiencia.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .