Parámetros invisibles

Ya sea por alguna clase inexplicable de comodidad, o porque el conocimiento científico de este tiempo es el actual dueño de las verdades más allá de toda duda razonable, hemos llegado a convencernos de que cualquier sentimiento, y el amor en particular, son imposibles de cuantificar o de reducir a parámetros más allá de los básicos que reconocemos en él. Es decir, cualquier idea expuesta o manifestación emocional siempre será subjetiva, emergente, provisional o bien reduccionista, como preferimos creer la mayoría.

Para mí resultaría imposible —por supuesto— venir y proponer un análisis serio sobre eso en particular. Ni más faltaba: no es lo que pretendo.

Pero antes debo aclarar. No estoy inventando nada nuevo. De hecho, esta idea nace de los miles de productos que vemos a diario. Y prefiero decirlo claramente antes de continuar, porque no es mi intención plagiar lo que otro ha dicho —y que posiblemente se haya nutrido de muchísimas otras fuentes, incluida literatura, videojuegos de rol o qué se yo—, sino exponer mi particular punto de vista dentro de lo que cabe y existe. Y que posiblemente siento y pienso porque estoy en una etapa donde me encuentro sin pareja, viviendo mi particular soledad. Es decir, mi reflexión nace y podría estar condicionada desde mi distanciamiento social y emocional.

Como todos sabemos, existen miles de páginas de citas, redes sociales para ligar, juegos de rol, test de compatibilidad, la carta astral, talk shows para flirtear, y un inmenso y largo etcétera. Dicho esto, continúo y le pido que me siga el juego: convengamos en suposiciones, al menos por ejercicio mental. Y como tengo una incorregible enfermedad que se llama verborrea, me auxiliaré de imágenes ya existentes, tomadas de internet*. Tendrá que disculparme si las imágenes resultan raras, pero los asiáticos (de quienes fue más fácil conseguir las ilustraciones, que como notará serán muy útiles) suelen ser expertos en estos menesteres, pero generalmente bastante morbosos. Pero los fines didácticos justificarán su uso y simplificarán mis ideas. Eso espero.

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Supongamos que todos poseemos una serie de parámetros invisibles, que miden todas nuestras cualidades y defectos.

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Parámetros que funcionan sin darnos cuenta, pero que nos permiten interrelacionarnos y crear porcentajes de compatibilidad.

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Esos parámetros nos rigen en un mundo infinito de matemáticas humanas, donde vamos por la vida sin saber dónde exactamente está la compatibilidad perfecta, o la sincronicidad correcta, en el decir de Jung. Puede ser un amigo o amiga, puede estar a la par nuestra, pero por alguna razón no nos es dado enterarnos, o a veces no lo queremos reconocer.

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No existen los porcentajes perfectos, porque somos humanos y como tal la imperfección nos es inherente. Todos querríamos tener los números a nuestro favor, pero al tener las estadísticas de forma invisible, nos resulta complicado darnos cuenta de nuestro porcentajes buenos y malos.

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Y todos quisiéramos tener algún tipo de poder, que no solo nos permita leer las estadísticas de los demás, sino que también nos ayude a utilizar los datos a conveniencia.

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Si alguien tuviera tales poderes, sin duda tendría la tentación mirar. ¿Cómo evitarlo? Tan fácil y al alcance de la mano. Tantos deseos de conocer la totalidad de otro ser humano. ¿Cómo no ceder a la tentación? Si alguien pudiera hacerlo, con toda seguridad hurgaría dentro de usted.

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Y si la persona es malintencionada, querría saber inmediatamente si puede acceder a eso. Vivimos en una sociedad altamente erotizada y muchos (quizá la mayoría) utilizarían ese poder para fines egoístas, para la satisfacción hedónica, despiadada e irresponsable de nuestro tiempo.

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Con nuestros datos íntimos perfectamente calculados, echaría mano de todas las armas posibles, y sabría cuándo y cómo responder las preguntas correctas. Se convertiría en el manipulador perfecto, en una persona que puede obtener todo lo que quiera de los demás, porque estaría consciente de cuál es el camino correcto para llegar a su corazón.

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Sabría manejar perfectamente el amor y el placer, porque al final uno no depende moralmente del otro, sino que se amalgaman en una extraña y curiosa relación dialéctica. Es lo que Octavio Paz reconocía como la llama doble y lo que Erich Fromm distinguía como el deseo enajenado de llenar la separatividad.

* * *

Entonces recapitulemos. Supongamos que fuera posible medir todos los parámetros personales, no cinco o seis cualidades y defectos ilustrativos, pero sí la totalidad de nuestras características físicas y sentimentales. Para nosotros resulta inconmensurable hacerlo, pero tal vez una entidad superior es capaz de calcular esas estadísticas, la cuales, en su totalidad, nos permitirían reconocer las probabilidades de compatibilidad que tenemos con cada ser humano a nuestro alrededor. Quizá nos ayudaría a saber, por ejemplo, que los números siempre hayan jugado a favor o en contra, en todos los ámbitos imaginables… incluido el amor…

Pero de ser así, siempre habrá números que nos hagan la contra. Es inevitable. Nuestro porcentaje de belleza o fealdad, honestidad, riqueza o pobreza, carisma, la manera en que amamos, etc. Es decir, todas y cada una de nuestras características físicas y emocionales, sumadas en un porcentaje mágico, chocando cada día con cada ser humano que nos relacionamos, creando combinaciones y permutaciones, cuyo número no podemos ver y que por ende hace que andemos a ciegas, sin saber realmente cuándo es acierto o equivocación.

Número que no fuerza el destino, porque todos somos capaces de cambiar para bien o para mal, pero sí aumenta o reduce lo favorable o desfavorable, en una inmensa ecuación fría, cuya unidad básica es cada ser humano, donde estaríamos condenados a las cifras y cuyos resultados implicarían un desafío individual infinito, el cual sería imposible completar, porque si algo no existen son los parámetros perfectos para estar bien con todas las personas, precisamente porque las estadísticas funcionan diferentes en cada uno.

Aunque todo esto es solo una elucubración, una tontería del momento, estar pleno y consciente de esa condición de posibilidad hace que uno tenga la humildad de reconocer que “ser uno mismo” no es tan fácil de asumir. Es decir, si supiéramos que nuestras estadísticas son muy bajas en relación con los demás, lo más seguro es que nos desmoralizaríamos… quizá algunos actúen en consecuencia y decidan mejorar, viviendo para ese desafío constante e infinito. Otros justificarían que “con razón” el entorno en el que viven es cruel, y que por eso siempre se han sentido incomprendidos. Pero ¿quién en este mundo no se ha sentido así? Este planeta está lleno de incomprendidos.

La moral, los estándares sociales, todos esos parámetros con los que medimos a los demás, a veces sin medir lo que esencialmente vale la pena… todo eso se va al traste cuando nos damos cuenta que nunca tendremos el pleno derecho de exigir ciertos parámetros que nos apropiamos mediante las ideas impuestas y otras aprendidas a lo largo de la vida, porque aunque no lo reconozcamos también representamos una cifra que tal vez pudiera ser perfecta a los ojos de unos cuantos —quizá mucho, quizá pocos—, pero que en rigor NO es perfecta para todos, porque eso es imposible.

Dicho y escrito así suena hasta lógico, y más de alguno estará pensando: “¡Ah!, bueno, ¿y eso es todo?”. Pero comprender eso en toda su dimensión, asumirlo con humildad y sobre todo ponerlo en práctica no es una cosa fácil. Para empezar, tendríamos que aprender a reeducar “la mirada” —es decir, la percepción general, o como preferimos llamarlo, la primera impresión—, por mencionar un ejemplo básico. Quizá el meollo es que todos quisiéramos tener los números a nuestro favor y no necesariamente en el sexo pero sí en el amor, en nuestra relación cotidiana con todos nuestro ámbitos, en fin…

De todos modos, el mazazo que quiero darme, la piedra de toque con la que me quiero golpear y me estoy midiendo en público, lo que ha estado martillando mi cabeza, es que el precio de “ser uno mismo” a veces puede ser demasiado alto. Es la frase de cajón por excelencia, pero ser uno mismo no implica ser inflexible y esperar que todos acepten los defectos y ya. Ser uno mismo es reconocer que es como jugar en una división o categoría en particular: unos están para jugar en lo que podríamos llamar las “grandes ligas”, y otros tal vez estamos para jugar en la “B”, “C” o tal vez en la “-Z”.

No importa: lo importante es aprender a conocerse y comprender que también podemos jugar con lo que tenemos. Saber qué soy y comprender lo que no soy, aunque no por ello autolimitarse. A veces obtenemos una soledad prolongada, pero a veces también ganamos en otros aspectos que no necesariamente tienen que estar relacionados con el amor de una pareja. En mi caso personal, tengo amistades que no cambiaría por una milésima más en mi “estadística”.

Creo que esta idea refuerza en mi interior algunas de mis convicciones. Aunque no tengo esto o lo otro, sí soy afortunado al tener a mi alrededor personas que no me juzgaron por los parámetros a los que comúnmente nos vemos expuestos (es decir, si soy guapo, visto bien o qué se yo). Y eso al menos es reconfortante. Algo que quizá puedo compararlo con el clásico —y engañoso y enajenante— concepto de felicidad.

Y en mi caso personal, con eso me basta. Eso sí: cual si la vida fuera videojuego, hay que jugar un poco con esos números, mejorar los porcentajes subjetivos que algún día se correspondan en lo positivo y negativo, junto con lo que puedo, quiero e intentaré con todas mis fuerzas ofrecer. Porque ser uno mismo es comprender lo que soy y lo que no soy. Y quizá los números mejorarán con esa primigenia autodeterminación.


*Las ilustraciones pertenecen al Manhwa Love Parameter, de KKUN/INSANE.

2 comentarios en “Parámetros invisibles

  1. Me quedo con la frase de que ser uno mismo es saber lo que se es y no se es, buena reflexión…las imágenes van bien con lo que plasmaste. Me recordaron a algunos videojuegos de ese estilo que los hay a montones. Saludos 🙂

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