Esa, la políticamente incorrecta

*Esta entrada en particular está escrita desde mi condición y cosmovisión de hombre, con todas las virtudes y fallos que eso implica, porque mal haría en fingir que sé algo de mujeres. Así que no es que quiera defender al gremio al que pertenezco, sino que simplemente hablo desde la llana honestidad a la que tengo acceso, al conocimiento limitado de mi propia vida. Así que si es mujer y está leyendo esto, no se enoje conmigo. No quiero excluirla. Al contrario: espero que este texto tal vez abone con algo de conocimiento, al menos en alguna nimiedad.

Imagine por un momento que se encuentra leyendo un choose your own adventure. Eso facilitará imaginarnos el escenario, para no tener que sobreexplicar y contextualizar demasiado. Dicho esto, veamos que tal resulta el experimento.

Llegás a tu primer día de trabajo. Llegás a una oficina a conocer a tu nuevo jefe y te da instrucciones de todo lo que tenés que hacer. Sos algo así como ordenanza, pero también te tocará hacerla de mensajero y cualquier otra función que el resto de empleados no harán, porque sus labores son de oficina. Básicamente has llegado para suplir un puesto multiusos, así que esperan mucho de vos.

En cierto modo sabías de la carga que te esperaba, pero también estás consciente de que necesitás el trabajo, por lo cual solo te queda echarle ganas y no renegar. Llegaste a las 8 a. m., pero de hoy en adelante tu horario es de 6 a. m. a 4 p. m. Te suena pesado, pero desde el primer día se te ocurre que no está tan mal: sos el único hombre y el resto de empleados son mujeres. Entran y salen mujeres durante todo el día. Estás en una agencia de modelaje. Te emociona la idea al principio, pero pronto notás que no existís, que tu presencia es invisible. Bueno, al menos te das el taco de ojo, ¿o no?

Sí y no, como pronto lo descubrirás. Al sexto día de estar ahí, a eso de las 4 p. m. te mandan a que vayás a dejar una caja llena de prendas al estudio fotográfico. Llegás y ves a las mujeres más bonitas que jamás te imaginaste conocer. Has visto miles y millones en todos los medios de comunicación existentes, y en algún evento medianamente importante, pero verlas ahí, a unos cuantos metros, es una emoción diferente. Al menos lo fue hasta que dejaste la caja donde se te indicó, levantaste la cabeza, instintivamente giraste a la derecha y te topaste con dos miradas sobre tu persona. Ninguna de esas miradas venían de modelos, sino de otras dos empleadas de la agencia, quienes cumplen funciones de logística. Una te miraba con cierta perplejidad y curiosidad, y la otra te miraba con evidente asco, quien seguramente le pidió a la otra que te mirara, porque quizá te consideró un pervertido.

De tu parte, ni vos te imaginás qué clase de mirada pusiste. Quizá fue una demasiado lasciva y sucia, para haber provocado desprecio en una y curiosidad en la otra. Te dio pena al principio, pero después fingiste que no pasó nada. El siguiente lunes, después de tu jornada inicial de limpieza, a las 8 a. m. te llama tu jefe para preguntarte “algo”. Te cuentan la versión de la mujer que te vio con asco y te advierten que por favor no vayás a andar de pervertido, porque sino tendrán que hablar con la gerencia para que te quiten. Te advierten que te han dado la oportunidad y que por favor no vayás a traicionar la confianza, que tenés que ser respetuoso y que por favor no seás un acosador. Ni siquiera te darán derecho a réplica, por si lo estabas pensando. 

Claro, la chiquita regañada te indigna, pero ¿qué podés hacer? Vos solo te acordás que viste, pero en ningún momento acosaste a nadie. Es más, las modelos ni siquiera percibieron que las estabas viendo. ¿Cuánto le agregó la chamaca? ¿Será de esas que otros llaman feminazi? Bueno, lo importante es que ahora mejor ni las mirés. Al menos si no querés tener problemas.

Tratás de pasar desapercibido, te ponés gorra dentro del edificio para no tener que encontrarte la mirada de nadie. Un día ves en el pasillo a la que te acusó e iba con su amiga. Te ponés a pensar que son unas arpías, pero les das el buenos días. “Buenas”, te responde una, pero la otra ni te responde y solo te ve con repugnancia, casi con odio. ¿Qué le has hecho? Nada y lo sabés. Pero al parecer la chamaca tiene influencia, porque a la primera te zapearon. Te da una cólera que te tenés que tragar.

Pronto notás que ella siempre te vigila, que trata de agarrarte desprevenido viendo a las modelos o viendo a otras mujeres del edificio. No tardás en darte cuenta que sos invisible porque de seguro te deben estar serruchando el piso. Te sentís como víctima, pero casi te hacen dudar: “¿De verdad tengo actitud de animal y no me doy cuenta?”, pensás. 

Aprendés a mirar de reojo, y de vez en cuando te das cuenta que… ¡uh!, lo que te estás perdiendo… “¿por qué tiene que ser pecado mirar?”, te preguntás. Y se te ocurre maldecir a la testosterona, y me contaste tu historia, y me aseguraste que ya estás harto de estar trabajando allí, que quisieras salirte, pero ¿para dónde agarrás con tu noveno grado?

Tené paciencia. Espera a que salga algo. Ya pasará.

Algunos tienen cara de pervertido. No creo que mi amigo la tenga, pero sus compañeras de trabajo llegaron a la conclusión de que sí. No ha tenido la entereza suficiente para renunciar o para encontrar la forma de hacerse justicia. Reconoce que le es imposible no mirar y lo ha hecho desde niño, desde que le llamó la atención una compañerita. Él siente que no tiene nada de malo mirar, y creo que haría mal en tratar de reafirmar o refutar tal idea, pero lo cierto es que él está dominado por la políticamente incorrecta y no es la testosterona. Al menos eso pienso. Su problema es la libido.

De hecho, la testosterona es uno de los más grandes beneficios de nuestra condición humana. Digo, al menos lo afirmo desde mi punto de vista como hombre. No haré una reseña de lo bueno, lo malo y lo feo, que para eso está la Wikipedia®. Y si bien la testosterona influye en toda la parte fisiológica relacionada con todos los aspectos de la sexualidad, la verdad es que la libido es la que nos hace actuar a los hombres con cierta impulsividad.

Y claro, está lo cultural también. Y eso, por si no lo había dimensionado en toda su plenitud, es un caldo de cultivo, un cóctel molotov, una bomba de destrucción masiva. Los que nacimos en los ochenta y tuvimos infancia en los noventa fuimos erotizados desde las caricaturas, la música, el morbo y la condenación al sexo, el secretismo y la ignorancia, el descuido de nuestros padres, las preguntas no respondidas, la pseudomoral y sus rescoldos victorianos, la clarísima condenación, la violencia… y bueno… usted me entiende.

Súmele a esto que desde siempre nos presionan en torno al significado de ser hombre. Y los que ya son hombres aprueban o desaprueban a los que somos niños y nos convertiremos en hombres. El no y el sí con sus vaivenes. Algunos de mis cheros me estarían tratando de gay solo por estar hablando de este tema. ¿Qué tiene de malo reconocer que somos débiles realmente? La Dra. Nancy Álvarez tiene razón: somos unos analfabetos emocionales.

A mí me cuesta, para qué lo niego, no mirar a una muchacha guapa en el bus, en la calle, en el centro comercial. A veces a los hombres con un segundo nos basta. Están los que dicen cosas, pero esos son del caldo de cultivo que le conté. Por puro ejercicio de dominio propio intento no mirar. Lo he intentado miles de ocasiones. A veces me he vuelto distraído por culpa de esa práctica, ya que para lograrlo aprendí a sumergirme en mis pensamientos y no mirar a nadie. Un chero me dice que estoy aprendiendo a domesticarme. Ya lo ve, el problema es cultural.

Sé que esta es una época de lo políticamente correcto, pero ¿qué esperaba? Todos tenemos derechos y nos hemos arrogado el de democratizarlo todo. Nos erotizan todo el tiempo, pero luego tenemos que comportarnos. Debemos ser buenas personas, pero perpetuamos prácticas culturales que nos están autodestruyendo. Pensamos en el sexo y a menudo. Y también se nos juzga de antemano, creen que porque pensamos en el sexo invitamos de una sola vez al motel, o si invitamos a salir las segundas intenciones salen a flote. Sí y no. Es más complicado que eso. También nos gusta platicar, distraernos un rato. Habemos unos que somos sapiosexuales o tenemos complejo de Licea.

También estamos los que llegamos a hartarnos de que piensen mal. En mi caso, por decisión propia me quedé solo y no salgo con nadie desde hace años. Y soy renuente, y como me dicen algunos, estoy intentando ir en contra de la naturaleza. Y reconozco que es como caminar en el desierto y de repente a uno le dan ganas de caer. Pero estoy harto. Se sataniza la libido, el 99 % de las actitudes masculinas son políticamente incorrectas, todo mundo es mal pensado, todos son fieles y nunca han hecho nada malo, o en el fondo infieles, o secretamente infieles, todos con todos, nadie con nadie, todo mundo es cínico, todo mundo sabe, y uno ya no sabe si creer en todo mundo o hundirse en su propia soledad.

Y uno se harta de ser una lista de requisitos, un parámetro a cumplir, una expectativa, un algo o alguien que brinda seguridad y todo lo demás. Y tener que resolver las mil millones de complicaciones, ponerle nombre a las cosas, el tira y encoge, y el requisito de la valentía de asumir la vida de pareja, “porque algún día tengo que madurar”. También dudo, lloro, me decepciono y un largo etcétera. También disfruto de pequeños e inútiles placeres. También me gusta cocinar (aunque no por obligación), hacer algún oficio por distracción, hundir los pies en la arena y jugar a que la atrapo con los dedos. También me gusta disfrutar de la simple y llana tranquilidad, teclear por teclear, leer por placer.

Y en el esquema de una vida así la libido no tiene cabida, es políticamente incorrecta. El sexo, el qué dirán, el orden natural de las cosas, la religión, el orden social, el respeto, la responsabilidad… es un problema tener que cumplir la función de ser social. Creo que hay mucho que se debe cambiar. Yo no soy nadie, solo una hormiga más de este inmenso agujero… pero mientras todo siga así, prefiero ser una hormiga solitaria, aunque me muera de frío y soledad.


*Esta entrada fue publicada originalmente el 4 de septiembre de 2016.

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