Pininos de asertividad

Siempre carecí de eso que hoy llaman inteligencia emocional. Jamás fui de esos que “cachan” en el aire y aunque traté de convertirme en alguien un poco más observador, siempre termino equivocándome. Toca eso de “prueba y error”, “toma y descarte”. Cuando vengo a darme cuenta es demasiado tarde y entonces me siento abochornado. Prevalece un autorreproche desde lo más hondo del sentido del ridículo. Y a veces duele. Pero en ese caso solo queda tratar de no olvidar la lección importante, el meollo, el punto de experiencia. A veces sirve de autoconsuelo. Otras veces no.

En una ocasión, cuando era estudiante de educación básica, me llamaron dos compañeros para “preguntarme algo”. Ellos eran el equivalente a los mandamás dentro de una prisión. En mi salón de clases había muchos cuyo oficio, además de fingir estudiar, era el de intimidar, el de ejercer eso que ahora llaman bullying o acoso escolar. Huelga decir que a lo largo de mi estancia escolar varias veces me tocó defender mi honor a golpes, ceder a las presiones y jugármela a como pudiera. Creo haber sido afortunado, porque en todo caso no estaría escribiendo ahora mismo. Usted y yo lo sabemos: en El Salvador siempre ha sido la ley del más fuerte. Esto es la selva o el viejo oeste y usted lo sabe, aunque preferimos fingir que nuestro país es medianamente civilizado.

Pero bueno… la cuestión es que esos dos me hablaban y no entendía para qué, ya que —por supuesto— además de la eventualidad pertenecer a la misma aula, a ellos no les interesaba nada que tuviera que ver con mi persona. Fui para ver qué querían y entre ellos estaba la muchacha más linda de mi grado, y probablemente una de las más lindas de las tres secciones (aunque, ¡ejem!, bueno, la belleza es algo realmente subjetivo… para los gustos…). Verla entre esos dos no tenía nada de sorprendente, porque igual, los más “malos” eran atrevidos con todas las bonitas, fuera cual fuera la circunstancia. Lo usual era que los que más molestaban también eran buenos en los deportes y esas cosas, por lo que tenían esa seguridad que les permitía cierto nivel de popularidad. Suena a estereotipo, pero no crea: casi era un parámetro en aquel tiempo.

Y lo sé… le he dado vuelta a la historia y nunca termino de contarla. ¿Tanto me afecta recordarlo? No. Creo que me preocupo demasiado por darme a entender. Esa manía de autoexplicarme. La cosa es que me llamaron, me acerqué, les pregunté qué querían y me pidieron que me sentara, porque querían hablar conmigo. Eso me generó dudas, porque de entrada pensé que querían molestarme. No fue así. Al menos en principio.

Me preguntaron cosas banales sobre mi vida, familia y un interés superficial sobre cualquier cosa que se les ocurrió. Luego preguntaron sobre mis intereses escolares, académicos, mis aspiraciones personales. ¿Por qué tan repentino? Lo sé… muy tarde reaccioné y sin darme cuenta estaba hablando de mi vida a sujetos a quienes durante nueve años jamás les interesó en lo más mínimo mi existencia. Y como dije al principio, siempre fui muy lento, siempre carecí de esa clase de pragmatismo y sentido común necesario para sobrevivir en esta podredumbre. Carecer de inteligencia emocional es duro. Pero bueno..

Pasaron un par de minutos. No recuerdo por qué justo ese día, pero en todas las secciones (al menos en tercer ciclo) no había maestros y todos tenían una reunión de emergencia. Pero como éramos vigilados por intercomunicador, un nivel de ruido demasiado alto alertaba a cualquier autoridad. Hablar los momentos de ausencia no tenía ningún problema. La cuestión era propasarse con el relajo. Recuerdo bien que en el aula todo estaba especialmente aburrido ese día y nadie estaba haciendo “nada”. Unos leían, otros escribían, otros avanzaban en tareas… y yo conversando con ese par de patanes y en medio de ellos la niña bonita de la clase.

Creo que llegué a sentirme relajado y con sentimiento de confianza. Y entonces la vi. Quizá fue solo un segundo o menos, pero se cruzaron nuestras miradas. En sus ojos no sé si había odio o desprecio, pero sabía que era un sentimiento negativo. Siempre he sido tímido, así que no tardé en apartar la mirada. Al menos entonces era bastante bueno fingiendo, ya que cada vez que alguien intentaba herirme era capaz de poner mi mejor cara, para no darle el gusto a nadie ni darme por aludido, aunque en el fondo realmente me estuviera afectando. Y sentí la cara caliente y comprendí con una inmensa vergüenza interior que yo era el objeto de alguna broma, que me estaban usando para algún propósito estúpido. Reparé en que durante ese tiempo ella no había dicho ni pío y que me miraba, luego observaba de un lado a otro, como cansada o distraída, pero tampoco se retiraba.

A partir de su mirada comencé a fijarme en ellos, en lugar de solo responder. Seguí complaciéndolos por un minuto o dos, y esos me bastaron para ver que de vez en cuando la miraban de reojo a ella, y que ella seguía con un rostro impasible, sin ser demasiado seria o sonriente. Luego inventé cualquier excusa —no recuerdo cuál, porque lo que más recuerdo es la cólera sorda que comenzó a invadirme— y traté de retirarme, cuando uno de ellos me agarró del brazo:

—Esperate, que ella te quiere preguntar algo.
—¿Y eso? ¿El qué? —dije, fingiendo sorpresa.
—No sé, ella dice que te lo quiere preguntar solo a vos.

Entonces nos vimos fijamente. Ella entornó la mirada y confirmó lo que temía: también era objeto de algún tipo de burla o acoso, quizá alguna absurda penitencia, y yo fui escogido, no sé si adrede o al azar, como el objeto humano que serviría para humillarla y para saciar la estupidez que corroía a esos dos. Tardé pero entendí. Nuestra mirada no duró más de tres segundos y procuré actuar rápido. Al menos en ese momento me sentí listo, convencido de comprender.

—Después me puede preguntar —dije—. Ya perdí mucho tiempo y necesito ver eso ahora.

Ella puso los ojos como platos y ellos me reprocharon que podía ver después lo que me estuviera preocupando. Desistí, desistí y desistí. Hasta que se aburrieron y uno de ellos me dijo no fuera culero. Esa palabra (o cualquier otra ofensa) es mágica, porque entonces da licencia para tomar una decisión más contundente. Puse una sonrisa burlona, me encogí de hombros y me retiré.

Ella nunca me había hablado. Lo que pasó ese día tampoco provocó que se hiciera mi amiga o algo así. Esta no es una historia romántica. A lo sumo un par de veces en lo que restó del año escolar me devolvió alguna mueca que indicaba una media sonrisa.

Nunca he querido creer que era el clásico “loser” o que pertenecía a ese grupo, aunque quizá lo fuera. Pertenecí a mi propio círculo social de tres o cuatro pelones y me defendí siempre en lo académico. A medida que pasó el año más de alguien quería hacer grupo, lo cual creo que era algún tipo de indicador de mi valía como compañero de estudios.

Pero no tenía amigos. Al menos no ahí. Para orgullo personal puedo presumir que tengo amigos de toda una vida. Creo que ese lujo no se lo da cualquiera. Soy afortunado al tenerlos y quiero pensar que ellos también al tenerme a mí. Pero en el ámbito escolar, salvo un par de excepciones, casi nunca lo logré. Tampoco tuve fortuna en el ámbito laboral o de cualquier otro círculo social al que se me haya ocurrido pertenecer. Claro, como siempre, salvo contadas excepciones.

No me avergüenza admitir que una y cien veces han jugado con mis sentimientos, que me han mentido, que me han tomado el pelo de tonto, o que mil años después descubro las máscaras y sus consiguientes actos de hipocresía. Tarde, siempre tarde. Pero eso no le quita lo aleccionante. Al final importa el aprendizaje. Quiero pensar que es lo que cuenta.

Siempre me llevo chascos. Y creo que cada vez me retraigo un poco más. También soy 100 % culpable, porque me permito engañarme. Y para mayor vergüenza me engaño a menudo y con suma facilidad. Creo en las personas. Asumo y doy por sentado, y eso, por supuesto, es una soberana estupidez. Así que muchas veces me gano lo que me gano por idiota. Se me viene a la mente la historia de la mujer con el cartón de huevos: apenas caminó y pensó en el pastel que haría, en las ganancias de la venta, y de repente tropezó y botó los huevos.

¿De dónde surge esa manía de creer en la gente? No lo sé. Pero tampoco soy capaz de dejar de creer. Un nuevo ser humano es un nuevo mundo. Es una certeza que siempre me envuelve. Cada cabeza es un universo y vaya que lo sé. Nunca se termina de conocer a alguien. Y no puedo engañarme con un “nunca más caeré”. No puedo hacerlo.

Pero también cierro puertas. No es orgullo, ni resentimiento, ni el hecho simple de abrir o cerrar ciclos. Es que en algún punto de todo recuerdo que me amo y entonces reconozco que no merezco seguir haciéndome daño. Tardo, pero lo hago. Borro todo rastro y de nuevo vuelve la paz. Y no volver atrás se siente condenadamente bien. Sin amar ni odiar, sin albergar ningún sentimiento de ninguna naturaleza. Solo el recuerdo llano. Creo que no tengo más palabras para explicarlo. Luego el recuerdo adquiere otro cariz, eso sí.

No sé por qué me dio por recordar eso. Hace poco me asaltaron pensamientos autodestructivos. Supongo que esto fue un acto de exhibicionismo público, un deseo de purgarme en la nada, lanzando palabras al vacío, buscando la catarsis, un vano consuelo de algo. Supongo.

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