Ese silencio que no comprendemos

*Una de esas películas que siempre disfruto cuando la veo es The Shawshank Redemption, inspirada (como todo mundo sabe, pero que es de rigor mencionarlo, llámese por esnobismo o qué se yo) en la novela corta de Stephen King, Rita Hayworth y la redención de Shawshank, la cual suele venir incluida en el libro Las cuatro estaciones (junto a otros trabajos interesantes como Alumno aventajadoEl Cuerpo y El método de respiración). Todos sabemos que esa película no tiene desperdicio y que daría para escribir sobre ella en sus más variadas aristas y aspectos.

Sin buscarla y sin desearlo, casualmente la encontré y no dudé en verla completa. Para mí resulta inevitable. Y vuelvo y repito: la película no tiene desperdicio, por lo que cada vez que la veo me encuentro con algo que no pude notar antes o que de forma antojadiza, según mis emociones, estados de ánimo y circunstancias, surgen reflexiones como la que traigo a colación en esta ocasión.

Red, quien es algo así como el narrador-testigo (y según el punto de vista de quien lo analice, también es el protagonista de la historia), tiene una escena memorable con Andy, en la que este le regala una armónica de una forma en la que trata de parecer casual, casi trivial, quizá para no solemnizar el momento y no incomodar… o como siempre nos ocurre a los hombres, para no mostrarnos medianamente sentimentales, porque nuestra cultura nos ha enseñado a no ser de lágrima fácil.

Y creo que precisamente ese problema es el que está pasando Red y que hasta entonces sale a flote, como una especie de conflicto personal: Red se emociona hasta el punto en el que todos los sentimientos se le juntan. Red definitivamente está conmovido, pero solo alcanza a medio sonreír, con esa sonrisa entrañable del más puro agradecimiento. Y Andy comprende tan bien lo que ocurre, que por eso no lo mira a los ojos… y como quien prefiere banalizar la situación, opta por preguntarle si no va a tocar algo, a lo que por supuesto Red declina y dice que lo hará después.

Pero el Director nos quiere demostrar que Red estaba auténticamente conmovido. La siguiente escena es cuando se apagan las luces para todos los presos y Red está en su celda contemplando todavía la armónica. Para quienes hemos visto la película, sabemos perfectamente que Andy, más que nadie, dio precisamente en el blanco. Con ese gesto Andy desarmó a Red y tocó alguna fibra sensible, porque este no pudo tocar la armónica, ni siquiera en soledad. Solamente la pasó por sus labios… si se hubiera puesto a tocar, de seguro habría llorado, porque la armónica es símbolo de la juventud perdida y el recuerdo de la vida desperdiciada dentro de la prisión. La armónica se vuelve nostalgia, placer, dolor y tragedia. La armónica en las manos de Red se vuelve un silencio donde todos los sentimientos parecen fundirse y confundirse.

Usted está en su derecho a no creerme, pero cuando tenía 12 años, que fue la primera vez en mi vida que vi la película poniendo atención a todo, dejándome llevar y envolver por la historia, viviendo todo en ese mundo de verosimilitud en el que solo la gran literatura logra transportarnos… con el corazón en la mano, disfrutando cada parte con asombro… justamente la parte de Red me hizo llorar. A mi corta edad, y sin saber cómo expresarlo con palabras, me había identificado plenamente con lo que había ocurrido. No podría recordarlo con exactitud, pero creo que ni siquiera había vivido una situación simbólica con la que tuviera punto de comparación. Simplemente sentí la escena. Pero muchos años después (es decir, ahora que vi la película) entendí por qué.

Hace relativamente poco tiempo alguien me hizo un regalo. Por supuesto, en ese momento no recordaba absolutamente nada relacionado con la película. Pero soy honesto al decir que casi nadie me regala nada. Y no quiero que se malinterprete o se comprenda en un sentido victimista: nadie me regala nada, pero no hay muchas personas con quienes comparta cosas. Yo también soy una persona simple, con ese estoicismo salvadoreñísimo que a la mayoría nos caracteriza. Soy ermitaño, solitario y de pocas relaciones interpersonales. Tengo amigos, pero no soy invasivo ni suelo molestarlos.

Así que cuando alguien me regaló un objeto nostálgico que había buscado por años (y que no tengo la menor idea de cómo habrá hecho para obtenerlo), y que realmente lo había deseado, y que esta persona me entregó de forma casual, pero como sugiriendo: “¡Oh!, mirá, qué sorpresa…”, no evité mirar primero el objeto, verla a los ojos, sonreír, tomar el objeto, mirarlo y actuar de una forma peculiar, que no me esperaba de mi propia persona, y solo dije con un poco de seriedad y casi en voz baja: “¡Wow! No sé qué decir… Gracias”. Y la mirada me fue devuelta, junto con una sonrisa y una respuesta: “Ya tuve mi respuesta”.

Entonces se generó un silencio de quizá cinco minutos o más, que para otras personas habría sido incómodo, pero para nosotros no. Creo que con mis amistades más cercanas hemos llegado a ese punto en el que podemos disfrutar la compañía mutua, sin vernos en la obligación de generar ruido o conversación. Pasado el tiempo suficiente, se me ocurrió preguntar algo personal, casi como evadiendo la situación… no tenía un nudo en la garganta, pero podía adivinar que venía en camino. Sé que ella lo comprendió y respondió con naturalidad. Luego la conversación siguió como nada. Pero ambos sabemos que ese momento lo atesoramos para siempre. Ella por el placer de dar y yo por el privilegio de recibir.

Es por eso que al ver la película no evité recordar y asociar. Una buena historia de ficción tiene ese nivel de verosimilitud y no es raro identificar escenas con la vida práctica, aun salvando las distancias. El dicho ese del canal TNT no fue razonado en vano.

Pero se me antoja autoproblematizar el asunto y considerar lo siguiente: ¿cómo es posible que se reúnan tantos sentimientos, de tal magnitud e intensidad, que paradójicamente nos quedemos con un rostro hierático? Muchos poseen esa interesante inteligencia emocional que les permite reaccionar de la forma correcta en el momento que se requiere. A otros se nos apuña el corazón y el rostro se nos queda de piedra… y solo quienes nos conocen, saben que en otras circunstancias repartiríamos abrazos y romperíamos en llanto con facilidad.

Pero la vida es así y no a todos nos ha sido dado reaccionar en el momento justo.


*Esta entrada fue publicada originalmente el 22 de agosto de 2016.

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