Amar como un testigo que no interrumpe

Una de las partes que más me agradaron de Eso, de Stephen King, eran las relacionadas con el personaje de Ben Hanscom. Una porción dice lo siguiente:

Beverly, en su opinión, era más simpática… y mucho más bonita, aunque él no se habría atrevido a decírselo ni en un millón de años. Sin embargo, en lo más crudo del invierno, cuando la luz, afuera, parecía un adormecimiento amarillo, como un gato acurrucado en el sofá, mientras la señora Douglas zumbaba sus matemáticas, leía preguntas sobre la lectura o hablaba de los yacimientos de cinc del Paraguay; en esos días en que las clases parecían interminables y no importaba que terminaran o no porque todo el mundo, afuera, era nieve medio derretida… En días como esos Ben solía mirar a Beverly de soslayo, robándole la cara y el corazón le dolía desesperadamente, pero también se le iluminaba, todo al mismo tiempo. Probablemente tenía un encaprichamiento con ella o se había enamorado de ella y por eso pensaba siempre en Beverly cuando Los Penguins cantaban, por radio, Ángel de la tierra: «Querida mía, te amo sin cesar…». Sí, era estúpido, más flojo que el papel higiénico usado, pero no importaba, porque él jamás se lo diría. Pensó que, a los muchachos gordos, tal vez sólo se les permitía amar a las niñas bonitas secretamente. Si hablaba con alguien de lo que sentía (aunque no tenía a nadie con quien hablar de eso), lo más probable era que esa persona riera hasta ahogarse. Y si se lo decía a Beverly, ella podía reír también (malo) o sentir náuseas de asco (peor).

Muchas páginas adelante, añade el narrador:

El instante en que ella le dirigió la palabra había sido un momento culminante para Ben y quería grabarlo en su memoria. Probablemente Beverly estuviera enamorada de algún chico mayor, de sexto curso, tal vez hasta de la secundaria, y pensaría que él le había enviado el haiku. Eso la haría feliz; por lo tanto, el día en que lo recibiera, quedaría marcado en su propia memoria. Y aunque ella nunca supiera que había sido Ben Hanscom quien la había marcado así, no importaba; él, en el fondo, lo sabría.

Y no pude ubicar una parte en la que Ben Hanscom se da cuenta cómo Beverly mira a Bill Denbrough. No siente celos, ni malicia, ni resignación: es como si él supiera cuál ha sido su lugar en el universo, por lo que no interrumpiría jamás el flujo permanente de cada sucesión. Y acepta con naturalidad que Beverly sienta inclinación hacia Bill, y que las probabilidades para con él sean mínimas.

Tiene sus bemoles esa parte, claro está. De seguro estoy usando todo fuera de contexto. Pero el punto es que me hizo recordar algo que me trajo a cuento la siguiente reflexión.

¿Amó en silencio alguna vez? Si la respuesta es sí, la pregunta es pertinente: ¿Sufrió por ello? ¿Se quedó con las ganas por no haberlo confesado? ¿Es de las personas que se arranca del alma a quien sabe que no debe anidar? ¿O prefiere todos los riesgos del mundo, ya que solo se vive una vez? Hay tantas variantes, que hasta me siento como una especie de Capitán Obvio. Mejor solo debo atenerme a mi caso, y ya. Es de lo que sé y de lo que puedo opinar.

No sé si es de los míos, pero en mi caso siempre fui tímido. La primera vez que descubrí que me gustaba una niña, jamás me atreví a dirigirle la palabra. Así de drástico. La primera vez (ya siendo estudiante universitario) que le dije a alguien: “Te amo”, era porque sabía que a ella le gustaba un joven de cuarto año, de una carrera distinta a la nuestra (nosotros éramos compañeros de primer año), y que incluso sentía que sus posibilidades para con él eran altas. Y si en ese momento terminé por confesarlo, es porque llevaba casi 8 meses con la necesidad de sacarme eso del corazón… y ya no podía más.

No sabría cómo explicarlo en toda su dimensión, pero me confortaba la idea de poder expresar lo que sentía y no sufrir ninguna clase de consecuencia. No, no era miedo al rechazo, por si en eso estaba pensando. De hecho, jamás se me había cruzado por la cabeza que ella fuera a convertirse en algo más que mi compañera de estudios. Es raro. Creo que porque no conozco ningún caso similar al mío, me resulta complicado explicarme sin sentir que caigo en tremendos vacíos o cursilerías. Creo que por eso la cita de King llena algo que no soy capaz de expresar.

Habemos personas que solo vemos desde lejos, que no interrumpimos el curso de la vida de nadie, a menos que nos sintamos totalmente seguros de que nuestra irrupción será tomada a bien. Sí, lo sé, lo socialmente aceptable es que quien no arriesga no gana, o que es de cobardes no decir lo que uno siente, o que la vida es solo una y que sería triste no ser capaz de confesar jamás lo que sentimos, o peor aún, que por culpa de no haber dicho nada, tal vez nos perdimos el amor o la atención de una posible potencial persona que inunde nuestras vidas. Estoy consciente de eso.

Y no siento que se trate de si uno merezca o no darse la oportunidad de pedirlo con naturalidad, como todo mundo acostumbra y realiza. Es que el amor lo siente uno, con respeto, con una extraña y distante devoción, y solo importa que la otra persona sea como es, sin adueñarse, sin pedirle absolutamente nada. ¿Por qué a la fuerza debo esperar ser correspondido? Si puede ser verdaderamente feliz, aunque no lo fuera con uno (lo cual me parece forzosamente una actitud egoísta), me parece que es legítimo sentirse realizado, porque al menos alguien que uno ama será feliz con alguien.

Es una mala comparación, pero el amor por los hijos es más o menos un parámetro de explicación. Sabemos que el día que se vayan con alguien es porque esa persona los hará felices. Sentiremos reserva en el fondo toda la vida, pero es natural temer por ellos, ya que esperamos que jamás nadie los vaya a lastimar y todo eso. Creo que es algo parecido a lo que estoy hablando: si alguien a quien amo puede ser feliz con alguien más, ¿por qué debo estar empecinado en que sea conmigo? Es muy egoísta esperar que mis parámetros del amor llenen por fuerza a una persona que amo profundamente. Si la amo, mi genuino deseo es que sea feliz.

Creo que por eso nunca pude ser celoso. Los celos siempre han sido un tema complicado para mí, ya que nadie me cree que nunca los haya sentido por alguien. ¿Por qué habría de sentirlo? No soy dueño de ninguna persona. Me puede dar coraje para conmigo, y por cosas muy puntuales, pero no hay razón para creer que merezco más a alguien por sobre otra persona. Todos buscamos algo que necesitamos y no necesariamente ese algo debo ser yo. No soy una opción ni una lista de requisitos perfecta.

Sé que esta ecuación ha sido un tremendo impedimento para que alguna vez encuentre a alguien. Es algo que he aprendido a sobrellevar, claro está, porque la posibilidad de soledad siempre es mucho más latente, absoluta. Y a medida que pasan los años es más evidente que nunca.

Y claro: admito que también he vivido la negación, de la negación, de la negación. Pero ¿por qué irrumpir en un lugar donde no me esperaban o buscar donde no voy a encontrar? El menor daño es lo mejor: a veces es mejor no decir nada, a menos que la fuerza sea tan irresistible, que uno necesite curarse en salud. En el fondo de nuestro gen egoísta, hay cosas que necesitamos dejar de salir cuando estas nos sobrepasan. Pero solo en ese caso. En los casos más ligeros me parece, de hecho, una irresponsabilidad.

¿Y qué de cuando alguien quiere solo sexo o solo quiere salir, de manera casual? Bueno, creo que eso son cosas distintas. Nada que ver con el presente tema, que alude muy concretamente al amor. Yo salgo con amigas, o con amigos, indistintamente, y nada creo que tenga que ver con la necesidad de buscar algo, sobre todo meterme en un embrollo.

Eso sí, todo lo dicho no aplica para todos los casos. Yo lo veo así y es mi verdad, y no la de este mundo. En este mundo —hay que decirlo— está lleno de gente amante de la acción y del malentendido. De gente que busca con ahínco todos los gatuperios disponibles. No soy quién para cuestionar eso.

Pero bueno… si uno siente las señales, si uno percibe que todo cuadra, que está en su lugar, que el alma vuela como tiene que volar, que la persona está presta y esperando a que uno dé el paso (y esa certeza es tan poco probable, pero que cuando ocurre es tan evidente y verdadera, porque se han vencido todos los miedos e inseguridades… si esto último no ocurre es porque no se da, y no se puede forzar, hasta que la contraparte sane su corazón o se sienta lista), entonces es momento de darlo todo, de entregar el alma aunque choque con un final que no sea el perfecto, porque entonces valdrá la pena.

Nada es para siempre, pero cuando las piezas forman el todo, al final, repito, valdrá la pena. Como un maldito cuento de hadas, pero sin su enajenación final. ¿Lo ha vivido? Yo sí. Una vez en toda mi vida, por muy poco tiempo. Pero valió la pena cada día, cada segundo. Pasar de testigo a protagonista de una historia es la llama doble definitiva. Y uno da, y crece y crece, y uno siente que se equilibra en lugar de enfermar. ¿Cómo puede la gente confesarse a la ligera? Que se dé cuando se tenga que dar, sin exacerbar la espera. Solo entonces se debe permitir que la fuente corra como un río incontenible.


PostScriptum: Ahora que lo pienso, quizá se me pueda achacar que es disfuncional o enfermo fijarse en alguien que de antemano uno sabe que lo va a rechazar. No sé: a lo mejor es verdad y habemos un par de disfuncionales. Pero cuando me gusta alguien es por su calidad humana, y cuando amo a alguien es porque llena algo en mí, de lo que no necesariamente quiero adueñarme. Pero ¿por qué esa manía mía de querer explicarme? Igual, cada quién decide si amar porque ha conocido a un ser humano extraordinario, o porque necesita que esa persona le pertenezca.

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