Velo

Tengo un par de amigos que son mucho mayores que yo. Me han permitido establecer una relación horizontal, pero sin perder el privilegio de la mentoría: no es solo la edad o la experiencia… parece que siempre tienen algo que decir, alguna observación pertinente.

Sin que ninguno me lo diga y por simple observación he ido sacando lecciones personales, lo que llamamos en lenguaje popular “pan para mi matata”. Para mencionar un pequeño ejemplo, que es el que atañe a este tema, el velo de la belleza física me lo quité por pura influencia de cada uno de ellos.

Y digo el velo, porque reconozco que todos tenemos nuestros gustos físicos y que es inevitable, inherente a la naturaleza humana seleccionar en función de ciertos parámetros de agrado personal. Yo también tengo mis gustos personales y me deslumbro con la belleza, incluso al punto de ponerme nervioso. Pero no le miento al decirle que la belleza también es un velo. No sé… quizá a medida que lo explique usted decidirá si se identifica o no. Los ejemplos siempre son útiles.

Estaba una vez con uno de ellos departiendo, cuando llegó a atendernos la mesera después de un rato. Hasta el momento no la había visto (cuando llegué todo estaba servido). Ella atendió la petición de mi amigo, bromearon brevemente, la hizo reír y ella se retiró. Luego él me confesó que ella le gustaba, que le llamaba mucho la atención.

Si a mi yo de hace 10 años le hubiera dicho eso no habría sido descortés, pero mi doctor Merengue (como mínimo) hubiera arqueado las cejas y pensado: “¿Ella? ¿De verdad ella te gusta?”. Pero es que al yo de aquel tiempo le faltaba entender demasiadas cosas y se consideraba “lo suficiente” para conquistar a alguna chica guapa. Pero 10 años después tenía genuina curiosidad de escuchar a mi amigo, ya sin todas esas superficialidades.

Me contó la historia de la mesera. Lo breve y permisible, por supuesto. Y yo no abusaría de la confianza, porque la historia de ella es un interés particular de él. Si él sabía todo eso es porque había diálogo entre ellos y él era un cliente habitual, por lo cual a cucharadas la ha estado conociendo.

Me dijo que ella de lunes a viernes debe levantarse muy temprano para ir a dejar a su niña a la escuela, sumado a todo el oficio que eso implica. Eso, además de una serie de diligencias —lavar, planchar, cocinar, gastos, compras… usted ya sabe— que hacen que siempre ande corriendo, para que ya a las 3 p. m. deba estar en el establecimiento y comenzar a trabajar. De pura inercia miré la hora (era casi la medianoche) y ella no solo nos estaba atendiendo a nosotros, sino a otras seis o siete mesas. No evité mirarla. No evité darme cuenta de su amabilidad, de su sonrisa, de su estoicismo. Creció en mí la admiración momentánea, el respeto de quien a pura solvencia moral demuestra las ganas de salir adelante.

Me alegré y me sentí bien por él. Le pregunté si pensaba decirle, intentar algo. Me dijo que no, que iba a ese lugar solo para que ella lo atendiera y que al final él dejaba alguna propina. Y que no necesitaba más que su amistad. Como sé que estaba siendo honesto conmigo, me alegré profundamente por él y lo felicité. Como escribí en un post anterior, nunca es mucho ni poco cuando es suficiente.

Cuando se lo conté a otra persona —como cosa admirable, como una simple pasada y sin mencionar la identidad de mi amigo— me dijo que él solo buscaba la forma de justificar que le gustara una fea y que a su edad ya no le sale nada. Mi reacción fue defender a mi amigo, porque aunque fuera cierto lo de la edad, lo único certero, lo único que sé y me consta por la amistad, es que en todo caso tardó muchos años en quitarse el velo, o tuvo que avejentarse, aprender a través de golpes de experiencia. Pero no es por la edad per se. Y como nunca es tarde para aprender, no importa que él lo haya hecho viejo o hace 30 años. Lo importante es que ahora es así.

Quitarse el velo de la belleza es algo parecido a dejar de ser racista o de repente darse cuenta que uno es más o menos misántropo —o machista o hembrista—, que sin saberlo tiene actitudes fascistas o chovinistas, o como convertirse a una religión (es decir, darse cuenta del yo-pecador para llegar al yo de la salvación). Y cuando uno se quita el velo de la belleza puede ver la realidad de otra manera, porque a las personas se les comienza a valorar de millones de formas diferentes.

Y pasa igual que cuando uno reconoce que es algo de lo antes mencionado y quiere cambiar: entra el proceso de reconocer los errores, la ceguera, luego pasar balanza y arrepentirse de todo eso, reconocer que uno necesita esforzarse para ser diferente, etc. Y el proceso es gradual, porque pasa por reeducar la mirada y la sensibilidad con la que se percibe a los demás.

Como el tiempo es buen maestro para el aprendizaje, cuando menos se siente comienza a percibir las sutilezas humanas que antes se ignoraban. La belleza pasa a ser miles de otras cosas que no sea la apariencia física. Se comienza a observar la esencia. Es como volver a ser niño, que no juzga por estándares ni discrimina, a menos que le hayan metido miedo.

Entonces uno observa que hay belleza en la anciana, en una persona con sobrepeso, en alguien con impedimento físico: porque hay belleza en nuestra especie humana. ¿Qué otro motivo necesitamos? El solo pensarlo me recuerda aquellos hermosos versos de Whitman:

Bienvenido sea cada órgano y atributo mío, y el de
cualquier otro hombre vigoroso y limpio,
Ni una pulgada, ni una partícula de pulgada es vil, y
ninguna es menos conocida que las otras.

Donde dice “hombre” yo pondría “ser humano”, porque hay belleza en cada persona. Tiene derecho a no creerme, por supuesto. También tiene derecho a hacer una reducción al absurdo y decirme que los peores asesinos o que este o que el otro no pueden tener belleza. Le daré la razón. Pero comparo el velo de la belleza con el racismo o con una conversión religiosa, precisamente por eso: solo quitándose el velo podrá estar en mis zapatos. Sé que entiende todo lo dicho a la perfección, pero comprender y vivir en toda la dimensión es una cosa distinta.

Hay una escena interesante en Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin, que puede servir de ejemplo. En ella unos hombres quieren pagarle a una anciana —tan anciana que nadie sabe en verdad cuántos años tendrá— para que les cuente sus sueños, que son premonitorios. De hecho, en esa región todo mundo la tiene como vidente y sus sueños o pesadillas siempre se cumplen. Este es un fragmento del diálogo que sostienen:

—Un venado de plata por vuestros sueños, mi señora —dijo Lord Beric con solemne cortesía—. Y otro más si tenéis noticias para nosotros.
—Un venado de plata no se come ni se puede montar. Un pellejo de vino por mis sueños, y por mis noticias, un beso del idiota grandote de la capa amarilla —la mujercita soltó una carcajada como un cacareo—. Eso, un beso en la boca, con lengua. Hace mucho tiempo del último, demasiado. Su boca debe de saber a limones, y la mía, a huesos. Soy demasiado vieja.
—Es verdad —se quejó Lim—. Demasiado vieja para vino y besos. Lo único que te voy a dar es un espaldarazo, bruja.
—El pelo se me cae a puñados, y hace mil años que nadie me da un beso. Es duro ser tan vieja. Bueno, pues entonces, una canción. Una canción de Tom Siete a cambio de las noticias.
—Tom te cantará lo que quieras —le prometió Lord Beric.

Sé que es ficción, pero no deja de ser ilustrativo: si yo fuera el viejo vidente a quien le ofrecen el trato, ¿qué me gustaría como pago si ya no me sirve de nada el dinero? ¿Un beso, una caricia, una canción? Calor humano, supongo. ¿Qué mayor belleza puede haber que la cercanía con otro ser humano?

Y bueno… esto es una experiencia individual. Quiero pensar que mi percepción no es simple influencia de viejos o una enseñanza que se aprende demasiado tarde. Si todos nos quitáramos el velo de la belleza le daríamos un golpe terrible a toda una industria multimillonaria que se lucra de nuestra ingenuidad. Pero no vendré con semejante falsedad iluminista. Usted tiene el legítimo derecho a su propia percepción de la belleza. Digamos que, en mi caso, hace tiempo tiré a la basura la libreta de calificaciones.


No me gustan las aclaraciones innecesarias, pero no falta quien le encuentre tres patas al gato. He hablado de la belleza humana superficial, que es la más tentadora, subjetiva y erosionante de estos aciagos tiempos. El concepto filosófico de belleza, aunque inmiscuido en las particularidades libres y subjetivas de la percepción física e individual, no es el tema exacto de todo lo dicho hasta aquí. Gracias por su comprensión.

 

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