Un día como hoy…

El 25 de febrero de 2009 fue un miércoles de ceniza. Lo recuerdo muy bien. Hacía un frío igual de atroz que el de principios de este año, y recuerdo que no pude dormir durante todo el día anterior, porque había trabajado mucho y tenía demasiada ansiedad. Entre el 24 y el 26 de febrero apenas dormí unas horas: cosas de la vida, porque el propio 25 de febrero dormí desde las 11 a. m., cuando mi cuerpo ya no soportó más el cansancio, hasta como a las 4 p. m., que me dio por volver a molestar a todo mundo, hacer llamadas (incluso al propio hospital), buscar respuestas para no sentirme impotente con el sistema nacional de salud de un país del último mundo, etc.

A la una de la tarde con cincuenta y ocho minutos nació mi hijo.

Para ahorrarse cualquier explicación innecesaria, baste decir que hasta el 26 de febrero pude cargarlo por primera vez. De eso hay una foto, que le voy a compartir solo por ser la ocasión.

Digital StillCamera
Esta foto fue tomada el 26 de febrero de 2009, a las 12:20 p. m. Es decir, Ulises apenas tenía 23 horas de nacido.

Cuando uno es papá suele emocionarse demasiado a la hora de transmitir los sentimientos a otra persona. Estoy consciente de eso, pero reconozco que no sé cuándo distinguir la línea delgada que me separa del hartazgo en los demás. Y claro, lo que uno ama puede conversarlo ilimitadamente. Para no quedarme con las ganas, solo le compartiré una fotografía más.

Digital StillCamera
Se dibuja algo parecido a una sonrisa. Ver esta fotografía me da mucha paz, naturalmente.

La parte femenina que se ve ahí es una prima, quien me quería arrancar al niño de los brazos. La fotografía la tomó un amigo mío, quien nos había acompañado en tan importante momento. Hasta ese día, al menos por un momento, permití que se apagaran todos mis temores e incertidumbres. Me di la oportunidad de conocer una momentánea felicidad.

Y podría escribir sin parar sobre esa felicidad. Pero me interesa en esta ocasión contar sobre ese 25 de febrero de 2009, un día demasiado gélido.

Recuerdo que llegamos al hospital a eso de las 4 a. m. Ella tuvo dolores a eso de las 3 a. m. y rompió la fuente. Y fue a eso de las 3:45 a. m., después de discutir largo rato, que decidimos ir al hospital. Salimos a la calle y ella casi no podía caminar. Un taxi nos vio, y aunque le paré y casi me le atravesé, inmisericordemente no paró. Comenzamos a caminar y la cargué un poco en mi hombro, mientras con mi brazo le rodeaba la cintura. Caminamos unos 500 metros, cuando una coaster nos paró de la nada. Ese buen hombre nos llevó el camino restante hasta la entrada del hospital.

Ya en el lugar, no querían dejarme entrar. Así que me tocó quedarme afuera y aguantar frío hasta que me harté y me regresé a pie para mi casa.

Recuerdo que peleé un rato con el médico que nos atendió, porque según los papeles en nuestro poder, Ulises no tenía el tiempo necesario para nacer. Es una larga historia, pero nunca logramos llevar las cuentas exactas por una serie de circunstancias. En fin: la cuestión es que al final tenía que atenderla y ya.

Al estar en mi casa no pude dormir. Pasaron las horas, hasta que el sueño por fin me venció, tal como conté al principio. El 24 de febrero había estado empastando libros y apenas había dormido unas horas. El 25 me acosté a las 2 a. m., pero me levanté en la madrugada porque se llegó la hora. Dormí hasta las 4 p. m. de ese mismo día, y entonces no pude dormir toda la noche, hasta el 26 de febrero, entre las 9 a. m. y las 11 a. m.

Por una gran necedad de mi parte, el propio 25 de febrero me fui para el hospital, solo para recibir la misma respuesta: no me iban a dejar pasar, y que la hora de visita era hasta el mediodía del día siguiente. Me quedé plantado afuera (como un tonto), hablé con el vigilante como cinco horas, hasta que él mismo se cansó, entró de nuevo al hospital, e incluso cerró la puerta de vidrio, quedándose plantado él también allí. Si hubiera tenido para un taxi, lo mejor habría sido irme para mi casa, o en todo caso caminar.

Sé que hay hospitales donde permiten a la pareja acompañar en todo el proceso. Yo no pude ser de esos afortunados. Fueron horas y horas de incertidumbre, sumado a que el hospital de mi localidad tiene fama de malas prácticas, maltratos, etc. Pero ¿quién lo manda a uno a estar sin prepararse para esos momentos tan importantes?

Mientras aguantaba ese frío cruel, recuerdo que sonaba una radio, que desconozco en qué lugar se encontraba exactamente. Sonaba suave, pero ya en la madrugada uno la podía oír perfectamente. En ese tiempo recuerdo que en nuestros diales se peleaban el punto máximo de popularidad Lady Gaga y Katy Perry. La primera con Poker Face, y la segunda con Hot n Cold.

Pero por razones que más o menos estoy aprendiendo a reconocer, asocio todo lo relacionado con ese evento a una canción que no tiene nada que ver con el momento que nació mi hijo. Ni siquiera salió inmediatamente en esas fechas, además que en nuestras radios ni siquiera estuvo de moda. De hecho, ahora que lo recuerdo, creo que esa canción la escuché una vez en un comercial de un canal por cable, y desde entonces la había buscado infructuosamente. Al no conocer el nombre del artista original, y mucho menos el cover, me había condenado al callejón sin salida del paso de los años.

Para cuando ya aparecieron herramientas como Shazam o Midomi, ya me había olvidado del asunto. Y antes de que lo olvide, el cover en cuestión es este:

En enero de este año me encontré con esta canción, y todo gracias a un asunto laboral. Parte de mi trabajo es realizar rastreo de información. Mientras armaba una playlist de synth pop de los ochenta, investigando a los artistas de la época que pudiera wikipediar, me encontré con Peter Schilling, famoso precisamente por esa canción que tributa a una de las obras maestras de David Bowie (tema que por el momento quedará pendiente, y que merece su propio desarrollo).

Al no poder cantar me resultaba imposible tararearla con propiedad, dejando perdido a cualquiera que quisiera ayudarme. Así que, como mencioné, esta canción tan popular para unos, para mí tuvieron que pasar años hasta volver a encontrarla.

Y por fuerza tenía que ser esta versión con voz femenina, porque además de que se corresponde a un momento específico de mi vida, tengo la sensación de que esa voz fue creada y nació expresamente para cantar esos coros.

Escucharla me da una nostalgia que raya en lo dañino. Admito que la conexión emocional que he creado con esta canción es algo estremecedor para mis huesos. Y precisamente al recordarla pienso en el nacimiento de mi hijo, en todas las vicisitudes que pasamos a partir de entonces, en todas las ilusiones y esperanzas que me obligaba a creer, porque era lo último que debía perder si quería salir adelante. El día que nació mi hijo solo teníamos USD 20, y en verdad era TODO nuestro capital. Los ahorros de nuestra vida, si quiere darle el toque de humor negro. Ni un centavo más. Y nadie que nos ayudó, y pronto descubrimos que muy pocos nos ayudarían sin arrogarse el derecho a juzgar, a opinar con indolencia y todo lo que se le ocurra. El dinero da un poder que algunos al saborearlo quieren seguir conociendo sin límites.

Fueron años difíciles. Ahora veo atrás y no sé hasta qué punto todo eso fue como un sueño. O una pesadilla muy larga. Pero mi hijo ya está grande (bueno, hoy cumple 9 años), ha sobrevivido, y espero poder verlo crecer. Tengo la más genuina curiosidad de hasta dónde lo veré llegar.

Y si bien es cierto que estamos separados por 5,700 km de distancia, me conformo con verlo en fotos, hablar con él por teléfono, recibir alguna carta suya, en fin… abrazando de vez en cuando un peluche verde que dejó aquí conmigo, que él apodaba la ranita hulk, y tratar de ser fuerte, porque no queda de otra.

Por otra parte, le tengo prohibido pasar por este blog. Considero que lo que leerá le generará una cantidad de dudas que no está preparado para administrar. Y me gusta ser brutalmente honesto: si él pregunta, yo responderé. Así me enseñaron. Así que prefiero a que crezca un poco más para que él pueda pasarse por aquí.

En fin… él es alguien que no sé si merecía conocer, pero que la vida me regaló una oportunidad, con todo y las correspondientes dificultades. Y todo comenzó un 25 de febrero de 2009, que fue miércoles de ceniza.

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