El culto al arte

“Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios”.
Jorge Luis Borges

El arte es una metáfora para la sórdida incertidumbre de la humanidad y sin embargo el arte no es un bien utilitario. Es lo que Nuccio Ordine trató de definir, más o menos parafraseándolo, que la utilidad de lo inútil [el arte y las humanidades] radica precisamente en la insubordinación, en la imposibilidad de producir beneficios económicos per se. Su valía se demuestra en sí mismo, en su resistencia al tiempo. El idealismo alemán y el romanticismo nos heredaron una serie de conceptos del mundo y de la vida, que nos traerían toda clase de reacciones con el correr de los años: a veces pesimismo, otras un infantilismo incorregible y la mayor de las veces esplín y pesadumbre por la realidad apabullante de la existencia.

Y entonces el arte imita a la vida y todo en la vida está relacionado con el arte. Y entonces primero fue la idea, luego la música. Cuando hace inenarrables millones de años terrestres algo provocó una explosión cósmica que terminó por formarlo todo (teoría a todas luces certera, dada las condiciones de nuestro universo, pero imposible de corroborar más allá de toda duda razonable en nuestros estúpidos parámetros modernos con los que nos gusta amarrarnos), una música primigenia llenó el vacío y hasta el momento lo sigue permeando todo. Guarde silencio, concéntrese en su entorno, y si está en un lugar lo suficientemente alejado de la carretera, tal vez escuche la música de la existencia. No es la música del universo, porque para aterrorizarnos de esa manera ante lo inefable, tendríamos que salir al menos del círculo de asteroides. Pero ahí mismo donde se encuentra algo escuchará. Es música. El arte imita a la vida.

Y entonces la arquitectura siempre estuvo ahí, desde antes de nuestro advenimiento, formando territorios caprichosos, adaptables, algunos verdaderamente conmovedores al ojo humano, y es así que sin aparatos y sin la parafernalia técnica, también nació la fotografía, la pintura, la escultura. Todo está ahí, frente a nosotros. Siempre lo estuvo.

Y cuando por fin pudimos vocalizarlo, y asombrarnos ante el rumor del río o de las bestias indomables, cuando podíamos contarnos los unos a los otros con la inocencia infantil de vivir siempre-en-el-presente, conjeturábamos existencias, dioses ya olvidados, hipótesis de cómo comenzó todo, cómo ese hermoso paraje llegó allí o por qué ruge la montaña, o por qué nos atacan las bestias. Nació la religión y las leyendas, y entonces también nació la literatura: no en ese sentido estricto en el que lo intentan comprender nuestra pretensión moderna de los últimos 400 años. No. La literatura estaba ahí: no era de nadie y era de todos, no era nada y significaba todo, no implicaba nada y tenía intencionalidad de todo, era extrañamiento y era vacío, era la luz y la nueva mirada, y era oscurantismo y sesgo de la verdad, de todo lo evidente. Pero ya estaba ahí, imitando la vida, porque el arte imita a la vida.

Y entonces nuestra forma de correr, de caminar, de ejecutar un deporte, de hacer el amor y de hacer la guerra, todo, todo es una danza. Los movimientos elegantes del futbolista, el drible y las fintas del basquetbolista, la coreografía del tenista, la danza del espadachín, la danza del nadador, el baile peculiar de nuestra forma de caminar (y aquí es donde el romanticista clásico alaba el contoneo de una hermosa mujer al caminar). La danza siempre estuvo ahí. Todos danzamos. Todo es un baile. Si alguien con ese elitismo clásico y victoriano le dice que nunca ha bailado o que no baila, y que le parece que toda forma de baile constituye movimientos vulgares y ridículos, y que por ende solo respeta la danza creada por la academia: no le crea. Si acaso, tenga compasión por esa persona, pero no se la manifieste. Todos danzamos. Todos bailamos. La danza de la academia imita el hermoso movimiento de las aves, y crea metáforas de los rituales humanos más variopintos. El arte imita a la vida. El arte está en todas partes.

La vida es tragedia y comedia. Sabemos que somos seres para la muerte. Un día respiramos de alegría, otro día lo hacemos fatigosamente, casi a punto de dejarlo todo.

La última vez que me apuntaron con un arma en la cabeza, lo primero que pasó por mi mente fue: “Qué mierda… y pensar que no pude terminar mi novela”. No me dispararon. Estoy escribiendo aquí y ahora. Durante días me sentí avergonzado conmigo mismo, porque no fui capaz de pensar en mi hijo, en mi familia, en quien fuera… soy un ser para la muerte y pensé en una estúpida novela, en un libro que tarde o temprano terminaré destruyendo. Y entonces un día caí en la cuenta que después de muchos años seguía siendo religioso. Pero no un religioso sano, sino un fanático. Años y años obsesionado. No podría vivir sin escribir, pero noches y noches me autodestruí por carecer de eso que llegué a considerar un don.

Las palabras no están ahí. Es como haber orado y no recibir respuesta. Nadie lo decepciona, sino que uno decide decepcionarse. Nadie ha hecho nada, es solo nuestro idealismo, nuestro rescoldo romanticista que nos hace la mala pasada. Es la religión del arte, la mentira de cada día, el egoísmo y la vanidad en su justa medida.

¿Y qué con los parámetros de lo bueno, lo bello, la mediocridad y todo lo demás? No lo sé. Todo eso ya no me importa. Un día a la vez. Un paso detrás de otro. El amor propio y la humilde y básica dignidad sana, junto con la sana autoestima. ¿Qué más pedir? Un día a la vez. El arte imita a la vida. Ya lo dijo también Stanislavski: “Ama el arte en ti mismo, más que a ti mismo en el arte”. Y ya que lo mencioné a él, claro, cómo olvidarlo: la vida es una historia inmensa, una obra de teatro, donde todos nosotros somos parte del escenario. Nadie es protagonista de esta infinita saga, pero unos lograron sonar más que otros. Y nos hacemos daño, y la historia es la misma, la misma siempre, donde hacemos el amor y la guerra, donde destruimos y nos autodestruimos.

Comer, beber, regocijarse, ser para la muerte, amar, perdonar, olvidar, vivir el presente, sentir la plenitud. Todo eso se ha olvidado y todo se recuerda constantemente. Todo se ha banalizado y vivimos en un entorno vanidoso y pretencioso. Vivimos llenos de miedo. Vivimos como cobardes, incapaces de amar, de regalar besos y abrazos porque nos nace hacerlo, con el terror infundado de involucrarnos de verdad emocionalmente. Vivimos en el engaño. Seguimos viviendo presas de nuestro propio idealismo, del vacío histórico de quien cree saber algo pero en realidad no sabe nada.

Y a veces duele, pero hoy me gusta reconocerlo. Hoy es hoy en todo el universo.

* * *

ÍTACA

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues —¡con qué placer y alegría!—
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

 

2 comentarios en “El culto al arte

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