Saudade

“Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.”
Ray Bradbury

“Tengo que matarte, María. Me has dejado solo.”
Ernesto Sabato

De esas frases que nos encontramos en todas partes, de esas de las que se compone nuestra realidad reduccionista y cotidiana, está aquella relacionada con la lectura: “Todos vivimos una sola vida, pero quien lee vive muchas vidas”. Algo así o menos cacofónica, pero la idea se entiende. Lo malo es cuando se llega a amar tanto la lectura que de repente uno también quiere escribir. O quizá no es malo, porque escribir es para todos (sí, para todos, y usted debería de hacerlo de vez en cuando y notará lo delicioso que puede llegar a ser), pero publicar no lo sé… ya no sé si es para todos… a veces creo que no —evidente rescoldo purista y elitista— y a veces creo que sí. Con los años el internet modificará para siempre todas estas cuestiones, ya lo verá.

Pero el amor a veces ronda caminos de destrucción, quizá porque tiene algo de adicción como muchas otras cosas en la vida. Todo depende de millones de variables, pero no por ello menos predecibles. La cuestión es el tamaño del corazón… si tenemos uno estoico o de pollito. Y esto se aplica a todo, no solo al amor filial.

Me pasa, por ejemplo, con la escritura. He eliminado más textos de los que he publicado. El 99 %  de las cosas que he escrito pertenecen al ámbito de lo privado y por lo tanto jamás las publicaré. He destruido más cartas y correos electrónicos de los que he entregado. He quemado literalmente más material del que conservo y cada tanto conservo menos, porque tengo algo de pirómano que me hace eliminar todo ese cúmulo de sentimientos que se encuentran ahí. Y no es que no ame lo que escriba, sino todo lo contrario: lo amo tanto, que para sentir que no debo aferrarme a algo tan inocuo y absurdo necesito eliminarlo de mi vida.

Hugo Lindo menciona en Yo soy la memoria a un personaje que escribe cartas y dedica horas y horas, a veces días enteros solo para llenar una página. Cuando ha finalizado su trabajo lo lee, sonríe, enciende una vela y entonces quema la carta. La primera vez que leí eso me estremeció, me erizó la piel. También sonreí para conmigo el día que escuché en boca de Ernesto Sabato: “Todos tenemos algo de pirómanos”, al hacer referencia a las ocasiones en que quemó varios de sus escritos. El túnel iba a correr la misma suerte, pero su esposa le dijo que si quemaba esa novela jamás lo perdonaría. Y hubo un tiempo en que creí que era falsa modestia la de Cortázar, Monterroso y algún otro escritor que no recuerdo, cada uno en su contexto, cuando afirmaban una idea más o menos como esta: ¿para qué publicar, si ya hay demasiada literatura extraordinaria?

Y lo peor es tener esa maldita conciencia estética, imposible de arrancarse de la cabeza, lo cual hace retroceder ante la compulsión de publicar. Y esa es la cuestión: si acaso existe algo como la noción de literariedad, se llega a desarrollar de tal manera que por amor a la literatura uno sabe que debe eliminar todas estas barrabasadas. Es por eso que tengo un blog, porque el día en que sienta un incontrolable ya basta dentro de mí, entonces buscaré el botón de “ajustes” y presionaré la opción “borrar sitio”. Sentiré extraño, pero al día siguiente será un alivio. El amor es una cosa curiosa, a veces desagradable.

Y si hay tanto rollo para escribir, ¿para qué publicar, para qué este bochorno? Realmente no lo sé. De donde yo vengo debería de dedicarme a cualquier otra cosa, menos a estar escribiendo aquí, ahora mismo. Provengo de una familia de comerciantes informales y todos tienen el suficiente estoicismo para asumir la vida que les tocó. Yo lo he intentado, pero ¿cómo combatir toda una vida de lector? Y de verdad he pasado temporadas alejado de los libros y los teclados. He trabajado a tiempo completo en distintos oficios, he tratado de llevar una vida simple, alejado de estas mis ideas reduccionistas, mis cacofonías, mis imperfecciones estilísticas… pero un día no puedo más y escribo con todo lo que tengo, con lágrimas en los ojos, y comienzo a preguntarme de dónde diablos sale todo esto, por qué es tan irrefrenable el impulso de seguir perdiendo el tiempo aquí.

No lo sé. Hay muchas cosas que no puedo comprender. Para combatir mi adicción creé este espacio. Por eso sigo aquí. Solo que ahora me siento un poco melancólico y necesito exorcizarme.

Viene a mi mente la frase de telenovela o sacada de programas como La Rosa de Guadalupe: “El amor nos lleva por caminos extraños”. En este instante no puedo evitar sentirla y asumirla, porque por amor he hecho cosas que me avergonzaría admitir. No porque hiciera algo distinto a lo que millones de seres humanos han hecho ya, algunos hasta con mayor extravagancia… sino porque me avergüenza haber perdido algo de mí en el camino. ¿Cómo evitarlo? Lo admito, suena un poco patético, pero me aferro a las palabras del poeta chileno y creo que tenía razón: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Los cambios radicales y súbitos solo pueden ocurrir por una zarandeada contundente como la violencia y la guerra… pero también por amor.

Todo esto tiene algo de absurdo, porque aun con todo el amor que puedo profesarle a la literatura sé que no puedo causarle más daño e ignominia que el que ha ocurrido durante miles de años. A un poeta se lo escuché una vez: “Todos tratan a la poesía como una monja, pero la verdad es que la poesía es una puta”, y cosas por el estilo. He leído novelas atroces que me han hecho sentir vergüenza ajena… pero dentro de la propia honestidad uno solo se echa para atrás. Es extraño.

Me ocurre también con las personas. He perdido la cuenta de todas esas veces en las que tomé la iniciativa, en las que cuidaba la amistad o el amor como un objeto frágil de porcelana… perdí la cuenta de las veces en que algo se quebró. Luego perdí la cuenta de las veces en que dejé ser, dejé pasar, dejé ir. No dejé de sentir jamás, esa extraña congoja sigue ahí. Y viene la misma comparación: para todos esos que hacen daño por hacerlo, con todos esos que actúan de mala fe, ¿qué diferencia puede hacer el tamaño de mi amor? Esa es la cuestión. Uno solo sabe que es mejor dejar que el flujo del tiempo haga lo suyo. O bueno: quizá son elucubraciones, casi justificaciones. Esta maldita melancolía. Ya lo dijo otro poeta: “El recuerdo es la piromanía de la conciencia”.

Igual, como el amor no es un bien cuantificable, siempre dependerá de la persona que lo exude. No es lo mismo que ame yo, o un ser cualquiera e insignificante, a que ame —qué sé yo— la última Coca-Cola del desierto del pequeño mundo de alguien. Es evidente que la mayoría suele escoger lo segundo. Yo también caí en ese error millones de veces, pero desde hace tiempo que no volvió a pasar. Los sentimientos no pueden controlarse cuando algo nos causa un vuelco, pero el tiempo enseña prudencia. Mejor me quedo mirando desde el muro de vidrio. Siempre es lo mejor. Puedo decir lo que siento, porque a veces me arrogo ese derecho, pero al final me voy, para no molestar a nadie ni a mí.

El amor es una cosa extraña. Desde hace años que decidí caminar solo, veo atrás y no sé qué pensar. He olvidado muchos vaivenes en su sentido más práctico. También recuerdo, pero es fácil que algo se desdibuje.

Y también me ocurre algo parecido a lo que escribió Barba Jacob: “Mas hay también ¡oh Tierra! un día… un día… un día en que levamos anclas para jamás volver; un día en que discurren vientos ineluctables… ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!”. Quizá solo espero salir del limbo, tomar una resolución, hacer lo que tenga que hacer como un acto kamikaze y no volver atrás. Nunca o hasta donde se pueda. Hasta donde alcance la vida. Ya no recuerdo quién lo escribió: “Escapar es fácil, lo difícil es tomar la decisión”. Claro, cómo que no: cruzar la puerta siempre trae incertidumbre. La madriguera del conejo blanco nos lleva hacia lo desconocido. Pero si nunca intento, ¿cómo voy a saber qué sigue? Por eso sigo escribiendo. Por eso sigo aquí. Pero quizá tenga que dar el siguiente paso, porque aunque esto comenzó como un experimento para vencer mi propio miedo al ridículo, ya se está volviendo zona de confort.

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