La interesante historia de Robert Hob Gadling

Robert Hob Gadling nació a mediados del siglo XIV y aún continúa con vida. Fue visto por última vez en una cafetería del sur de Londres en 1989, donde antes hubo una taberna, la cual permaneció por varios siglos en el mismo lugar, tal y como acostumbraban los ingleses.

En 1389 Hob Gadling estaba en la famosa taberna, llamada por entonces White Horse. Departía con unos amigos y les contaba sus proezas en una de las campañas contra los franceses, y de cómo presenció los horrores en la rebelión de Wat Tyler, pero logró escapar de la muerte contra todo pronóstico. Todos los presentes elogiaron su suerte, pero “Hob” aseguró que la muerte es solo para tontos y que él no estaba listo para morir, por lo que con toda su voluntad —aseguró— no daría su último aliento. No todavía.

Él se dio cuenta de que en una mesa alejada de todos los comunes había una pareja que lo miraba: gentes con apariencia de pertenecer a alta cuna, cuyos ropajes sobresalían del resto y sin embargo pasaban desapercibidos.

Ella era pálida como la leche. Él era de una mirada caótica, con ojos profundamente negros. Ella lo miraba fijo y con un rostro imperturbable. Gadling observó todo eso en un segundo, pero siendo hombre curtido en batalla le restó importancia y siguió con lo suyo.

Todos comenzaron a reírse de sus pretensiones de burlar la muerte. Gadling hablaba en serio y reafirmó que es solo para tontos, que tiene mucho por vivir y la evadirá a toda costa. Fue entonces que le hablaron por la espalda y era el hombre de ojos negros. De todos los comensales era el único que le habló en serio, sin ningún rastro de ironía. Le dijo que si sostenía su palabra y su voluntad de vivir era muy fuerte, que se reunirían en ese mismo lugar dentro de 100 años.

Todos se rieron, pero Hob juró que así lo haría y que era un pacto de caballeros. Nadie en la taberna dejó de burlarse y se convirtió en tema de conversación por el resto de la noche. Gadling soportó eso con estoicismo natural. El hombre de ojos negros y la mujer blanca como la leche desaparecieron.

Cien años después Gadling llegó al mismo lugar y el extraño hombre lo estaba esperando. Ni él mismo se lo creía. En 100 años vio morir a toda su generación y él seguía intacto. El hombre de ojos negros le preguntó sobre qué había hecho en ese tiempo. Gadling le contó cada una de sus peripecias, entre las que estaban ir a nuevas guerras, perfeccionar sus habilidades de navegación, meterse a un negocio que “no durará mucho” (se trataba de la imprenta) y de cómo la vida era mucho mejor, porque se habían inventado cosas con las que antes no contaban.

—¿Aún quieres vivir? —le preguntó el hombre de ojos negros—. ¿Nos vemos en cien años entonces?
—¡Oh, sí! En cien años entonces —añadió “Hob”.

Era 1589. Gadling se veía muy cambiado. Sus hábitos incluso podían pasar por los de un noble. El hombre de ojos negros siempre parecía de alcurnia y al mismo tiempo ambientado a la época. En esta ocasión Hob había llegado primero y lo convidó a comida y bebida. El hombre de ojos negros rechazó todo con naturalidad. Parecía que nunca tenía hambre o sed.

Como en el encuentro anterior, le preguntó a Hob sobre lo que hizo en los pasados cien años. Gadling le detalló que la imprenta progresó, que ya se hizo pasar por su hijo dos veces, que invirtió en un par de astilleros, que compró tierras, que la corona le hizo caballero y que nunca se imaginó vivir en el paraíso en la tierra. No habían esclavos ni siervos, la gente podía comerciar sin demasiadas restricciones de la corona (al menos en Londres y alrededores), que había apertura para educarse y convertirse en alguien de bien.

Su charla se vio interrumpida porque les dio curiosidad escuchar la conversación de al lado. Eran dos hombres, quienes hablaban airadamente sobre la esencia de la obra de arte. Uno de ellos parecía tener opiniones resueltas, mientras que el otro manifestaba inseguridad y un lejano dejo de timidez, pero con tremenda pasión. El hombre de ojos negros le preguntó a Gadling si sabía quiénes eran y él explicó quién era quién. El hombre de ojos negros se sintió intrigado y se acercó a uno de ellos:

—¿Tú eres Will Shaxberd?
—Sí. ¿Nos conocemos?
—¿De verdad tu mayor anhelo es crear nuevos sueños para la mente de los hombres?
—Sí, sí, de verdad.
—Entonces hablemos…

Hob vio cómo se alejó el hombre de ojos negros, pero siguió bebiendo vino. Sabía que la cita volvería a ocurrir.

En 1689, a Gadling no querían dejarlo entrar al White Horse. Se presentó sucio, apestoso y harapiento. Los hombres que cuidaban la entrada comenzaron a golpearlo, pero el hombre de los ojos negros (siempre vestido a la usanza de la época y como un noble) los detuvo y les aseguró que era su invitado. Gadling al solo sentarse comenzó a comer y beber como si no lo hubiera hecho en años. Como sabía de su deber para con su benefactor, procedió a contarle lo que había hecho durante la última centuria:

—¿Sabes lo hambriento que puede estar un hombre si no muere pero no come? Mi última mujer, de quien me había enamorado, murió al dar a luz. Empeñé su retrato hace 50 años. Ya no recuerdo su rostro. Intentaron ahogarme por brujo. Viví cuarenta años allí, demasiado confiado. Escapé con lo que tenía puesto. Poco más. Todo empeoró, y empeoró… y empeoró… luché por el rey en la guerra del parlamento. Fue un gran error. Me descuidé. Me ablandé como el país. He odiado cada segundo de los últimos ochenta años. Cada maldito segundo, ¿sabes?
—¿Y aún deseas vivir? ¿No buscas el reposo de la muerte?

Robert Hob Gadling lo meditó por un momento. Cerró sus ojos. Pero tras pensarlo, levantó la mirada y esbozó una sonrisa cansada, que sin embargo era honesta:

—¿Estás loco? La muerte es para tontos. Tengo tanto por vivir.

En 1789 Gadling estaba recuperado. Ahora tenía dinero gracias al comercio de esclavos. Había viajado por todo el mundo y había acumulado riquezas en distintas partes, como una forma de estar preparado. Estaba atento a la realidad de Europa, a las guerras y rumores de guerra, y a toda clase de posible revuelta o revolución. Para cambiar de tema, Gadling añadió que pudo ver una representación de El rey Lear:

—Siddons actuó como Gonerila. Le dieron un final feliz.
—No durará. Las grandes historias siempre vuelven a su forma original.
—Ese tipo, William Shakespeare, hiciste un trato con él, ¿verdad?
—Quizás.
—¿Qué trato? ¿Su alma?
—Nada tan vulgar.

Su charla se vio interrumpida cuando dos hombres los tomaron por la espalda y les pusieron el cuchillo en el cuello, respectivamente. Una dama se presentó ante ellos y les dijo que había escuchado una leyenda, la cual consistía en que una vez cada cien años el diablo y el judío errante se reunían para charlar, y que ella quería hacerles unas cuantas preguntas.

—Yo no soy el diablo.
—Y yo no soy judío —añadió Gadling.

La dama les pide que de todos modos la acompañen a su carruaje. El hombre de ojos negros con seriedad le dice que no y acto seguido todos caen dormidos. Gadling le pregunta qué les hizo exactamente, pero no obtuvo mayores detalles. Ambos se marcharon. El hombre de ojos negros se despide, no sin antes aconsejarle que deje esa vida de esclavista, porque las culpas terminará cargándolas por toda la eternidad.

En 1889 Gadling opta por comentarle que en este tiempo encontró a otros como él en diferentes partes del mundo, constatando así que no es el único inmortal. Es así que decide cuestionarle a su benefactor esa tendencia a una actitud más bien mohína. Le hizo notar que después de tanto tiempo ni siquiera sabía su nombre o cómo dirigirse a él. Y además añadió:

—Sabes, creo que sé por qué nos encontramos aquí siglo tras siglo. No porque quieras saber qué ocurre cuando no se muere. Eso ya lo sabes. Dudo que sea más sabio que hace quinientos años. Soy más viejo, he subido, he bajado y he vuelto a subir. ¿Me ha servido de algo? A aprender de mis errores, sí, pero he tenido más tiempo para cometerlos. Tenías razón sobre la trata de esclavos. Nunca podré compensar eso, pero, escucha, sé que la gente no cambia en lo más importante. Dudo que nunca busque la muerte. Ya lo has observado, pero lo sabías desde el principio. Creo que buscas otra cosa.
—¿Y qué crees que es?
—Amistad. Creo que estás solo.
—¡Cómo te atreves! ¿Te atreves a insinuar que soy amigo de un mortal? ¿Que yo necesito compañía? ¿Osas llamarme solitario?
—Sí, sí lo hago. Te diré algo. Yo estaré aquí dentro de cien años. Si tú también lo estás… será porque somos amigos. Nada más. ¿De acuerdo?

El hombre de ojos negros se marchó y no le respondió. Gadling por primera vez, desde que conoció a tan enigmático ser, se sintió desolado.

En 1989 se presentó al lugar y ya no era una taberna. Se llamaba White Horse, pero ahora era una cafetería. Buscó un lugar en el que lo pudieran visualizar. Tras una espera y para su sorpresa, el hombre de ojos negros se presentó. Se alegró al verlo, de todo corazón, pero tanto vivir lo había vuelto parco en la expresión. Sin embargo, no se quedó sin el gusto de mencionarlo:

—Yo… no estaba seguro de que vinieras.
—¿De veras? —le respondió el hombre de ojos negros, por primera vez con una sonrisa—. Es de mala educación hacer esperar a los amigos. ¿Quieres una copa?


FUENTE: Adaptación a texto del cómic “Hombres de buena fortuna”, en The Sandman, N.º 13, publicado en febrero de 1990. Autor: Neil Gaiman.

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