Un segundo de claridad

La primera vez que me apuntaron con un arma mi cuerpo no fue capaz de reaccionar con propiedad.* Tuve una actitud simple, casi pasiva, como si mi cerebro no terminara de procesar la posibilidad de la muerte, así, de manera tan cercana. Sin embargo, la semillita había quedado y en un futuro no muy lejano el terror aparecería de otras maneras. Es algo así como postrauma.

Es así que la primera vez que me apuntaron con un arma en la cabeza (que fue la tercera vez en mi vida, aunque por fortuna no la vencida) pasé dos segundos de una angustia que todavía intento comprender.

Fueron dos segundos o eso calculé. Para mí todo fue rápido y considero que mi cooperación en ese momento facilitó que ahora esté aquí escribiendo del asunto. Visto desde la distancia podría pensarse que mi reacción fue un poco exagerada. Si usted lo piensa no lo culpo, además que con distanciamiento espiritual suelen suavizarse las cosas e invalidarse la gravedad de las emociones. Lo que debo añadir al respecto es que en El Salvador, a quienes nos ha tocado ser víctimas, en esos momentos se nos sale toda la paranoia del mundo, porque en mi país hay quienes han matado a sangre fría a alguien por veinticinco centavos de dólar o por simplemente caer mal. En fin…

Iba sentado en la coaster justo en el asiento que queda al pasar de la puerta. Estaba viendo a la ventana, ajeno a la realidad, pensando en una canción de The Doors y un video (no creo que oficial, pero que está bien hecho) que me había impactado mucho. La canción la adoro, así que venía pensando en ella y en el segundo a segundo del video.

Recuerdo que comenzaron a hablar desde atrás y solo consideré que quizá se subió un vendedor. Al mismo tiempo, sentí que alguien pasó hacia adelante para hablar con el motorista. La coaster aminoró la marcha, pero estaba demasiado estupidizado: vi pero no observé.

Fue hasta que escuché el tono amenazante que comprendí la dimensión de lo que estaba pasando. Comenzó a pedir objetos de valor y todo eso. Yo soy de pertenencias modestas y no alardearé de riqueza ni pobreza. Pero en honor a la verdad que en ese momento solo tenía un celular que me había costado diez dólares. Ni siquiera andaba dinero.

Lo metí en la mochila que él tenía abierta y acto seguido me dijo:

—Ahora dame el otro.
—¿Perdón? —dije con genuina estupefacción. Fue entonces que sacó el arma, la cargó y me apuntó en la cabeza.
—¡Que me des el otro, hijuelagranputa! ¡¿Estás sordo o qué?! ¡Ahorita te reviento el repollo!…

Comenzó a parlotear frenético y todo, dando demostraciones de poder. Ahora que lo pienso fui el chivo expiatorio, el ejemplo perfecto para que los demás se dieran cuenta qué es lo que podía pasar si no cooperaban.

Me imagino que es una práctica común que muchos andan pertenencias de distracción para el ladrón y las realmente buenas bien escondidas. Me imagino que eso pensó de mí, así que abrí mi mochila y entonces demostré que no tenía nada más que libros y un par de libretas. No le bastó y me hizo vaciarla. Al menos obedecí: solo vio que todo cayó y que no había nada interesante, y entonces siguió con el resto de pasajeros, quienes cooperaron con diligencia.

Guardé mis cosas, pero ya no era importante. La pesadilla pasó y durante ese día completo estuve en shock, casi ataráxico. Días después, en lo único que podía pensar en ese uno o dos segundos en los que mi mente me jugó la mala pasada.

El relato que nuestra mente fabrica hace que quizá uno exagere las cosas. Sé que así debe ser en mi caso también. Pero creo que estaremos de acuerdo con que el tiempo lo relativiza la mente. Para mí —en esa recreación que mi mente me regaló— ocurrió de la siguiente manera:

Me apuntó y entonces la música de mi cabeza por fin se calló. De golpe desaparecieron The Doors, las divagaciones o lo que sea, y la realidad sensibilizó todo mi entorno: escuché brevísimos murmullos, el ruido circunstancial del entorno, los suspiros de aflicciones disimuladas. Y entonces me invadió el peor terror que jamás en mi vida había sentido.

Pero mi respiración no se aceleró, mi corazón no estalló. Fue todo tan breve y de repente era una oveja dócil, resignada, como si ya estuvieran a punto de lanzarme amarrado desde un helicóptero. Y todavía mi mente alcanzó a regalarme unas últimas palabras y pasé atormentándome varios días por haber sido egoísta. En mi mente pensé: “¡Qué mierda! No pude terminar mi novela”. Sentí que me invadió una cólera sorda mezclada con tranquilidad patibularia.

Pasé días atormentándome por no haber pensado en el último momento en otra cosa. No sé… mi hijo, mi familia, mis amigos, cualquier otra persona. En lo último que pensé era en una novela que me había obsesionado demasiado y que de todos modos sé que es tan mala que no merece ser publicada.

Y no, no es falsa modestia. Si usted cree en la honradez del escritor, concordará conmigo con que si uno sabe dónde flaquea el escrito, o uno sabe reconocer el nivel alcanzado, la calidad estética y todos esos detalles, uno debe tener la perfecta honestidad de admitir si algo propio no sirve.

De todos modos ese pensamiento final me hizo hacer a un lado por un tiempo mi ya de por sí grave mediocridad y procrastinación, además de reconocer que si no puedo vivir sin escribir entonces que había que perder el miedo a la crítica, a las observaciones mordaces de los demás. Escribir, publicar y ya. ¿Por qué no darme el gusto de hacerlo si desde el fondo de mí deseo hacerlo antes que algún día me alcance la muerte?

Fue algo que podría denominar momento de claridad. Fue algo así como: “Bueno, si escribo basura que así sea… pero no puedo vivir sin esto”. Comencé a tomarme más en serio este rollo de ser escribidor. No creo que sea escritor, en ese sentido místico con el que pueden etiquetar a alguien que ya haya publicado en una gran editorial o que por fin sea admitido en el mundillo.

Pero ahora tampoco me importa ser un escribidor. El placer infinito, el regocijo que siento cuando por fin tengo el tiempo suficiente para teclear y desestresarme. Quizá solo pertenezco a ese grupo de personas que sin saberlo practican la escritura como terapia. Tal vez solo amo hacer esto porque es el pequeño espacio donde me siento libre. No importa. Solo sé que quiero hacerlo.

En noviembre del año pasado por fin terminé lo que yo llamo mi novela. Llevo puliéndola desde entonces. Tuvieron que apuntarme con  una pistola para tener el suficiente amor propio y tomarme en serio en algo que afirmo amar.

En fin… toda escritura es una forma de diálogo injusto, así que de cierta forma toda escritura es una forma de egoísmo, porque usted está aquí, aguantando la perorata con ripio, donde usted completa la comunicación al ejercer la función de receptor, pero apenas tiene derecho a réplica, ya que se ha prestado al juego donde hago un monólogo. Pero ¿para qué recordar estas tonterías? Solo sé que escribo porque me hace sentir más completo.

Las cosas que suelen hacernos felices parten de forma precisa de nuestro íntimo deseo, aunque esa felicidad se transmita luego a los demás. Fundamentalmente es un deseo egoísta, así que supongo que desear eso no es malo.

Lo malo —debo reconocerlo— es no hacerlo bien, no darlo todo para por fin dar el siguiente paso. Y además debo convivir con mi escritura “literaria” (sí, debo entrecomillarla y no por falsa modestia, sino porque sé que tengo un camino largo por recorrer) y mi escritura del blog. Son espacios diferentes.

Lo que sí tengo que cambiar es esta maldita mediocridad: o me pongo a escribir con rigor y salgo de mi escondite (es decir, ¿cómo me va a creer usted que escribí una novela, si no he publicado nada de ficción?), o por fin reconozco que esto no es para mí y sigo mi camino.

Pero lo triste es que ya había escrito sobre esto y en este mismo espacio: pero esto así es y no debo dejar de persistir. Debo autoreiterarlo en público aunque sea para que me dé vergüenza.


*Esta entrada fue publicada originalmente el 9 de mayo de 2017.

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