El clásico balance sentimental

Debo suponer que existen formas tóxicas para amar. Lo digo porque me veo en un espejo y examino mi caso —¿por qué habría de hablar por el de alguien más?—. El quid del asunto debe estar en alguna parte, desde un ángulo en el que no lo veo todo y no me doy cuenta con exactitud qué ocurre en verdad. Por salud mental intento dar cuenta de lo que veo. Quizá un tiempo después vuelva a leer esto y entonces tenga mayor claridad. Trataré de ir por pasos.

He tenido un par de relaciones más o menos intensas. Maravillosas cuando ocurrieron, desafortunadas cuando hicieron su estrepitosa caída. La última relación duró varios años y prácticamente formé un hogar. O lo intenté, siendo incluso generoso con mis circunstancias. No terminó de forma trágica, pero el final digamos que me dejó curado. Desde entonces decidí no volver a empezar. Con nadie.

Han pasado unos años desde esa última relación. ¿Que no lo he superado? Bueno, es más complicado que eso. Solo debo admitir que quizá así es. Fue difícil la transición, en la medida en que pasé de golpe de un estado familiar a otro. Cama vacía, agenda vacía, proyectos abandonados, y de golpe todo era silencio y soledad. Como dijo un escritor: “Luego te das cuenta cuando estás encerrado entre cuatro paredes, sin tu tecnología, sin tus libros, y sin nadie con quien compartir toda tu parafenarlia de charlatanería, que solo eres tú y que eres más aburrido de lo que imaginabas”.

Rehacerme entonces pasó por un proceso de una miserable subjetividad. Es como caminar en el desierto, con calor, sed y cansancio al límite, y comenzar entonces a ver espejismos por todas partes. Fue como encontrarse con falsos positivos hasta por fin comprender que todo era una ilusión.

Sé que se entiende, pero trataré de decirlo de un modo más llano. Después del segundo año de no volver a intentar nada con nadie, de volver a conocerme, de mirarme a los ojos y tratar de redefinir qué es lo que soy ahora, comencé a darme cuenta de fragilidades sentimentales insospechadas. Nunca comenzó a gustarme alguien tan rápido desde que pasé tanto tiempo sin nadie. Era como un vicio, o hambre o sed. O quizá una vana búsqueda de autoconsuelo.

Fue entonces que me di cuenta que soy proclive a enamorarme. O quizá siempre lo fui (de hecho, me gusta creer que pongo de mi parte, que me entrego, que doy de mí sin reservas), pero hasta ahora me entero que quizá me precipito, que doy pasos en falso como si fuera un adolescente de 13 o 14 años. Y no dejo de sentirme ridículo.

Por eso lo comparo con un desierto. Cuando me quedé solo intenté ser pragmático, afrontar mi soledad como cosa natural. Pero fue como ir cuesta arriba en la duna más alta que se imagine. Era adicto al amor, a una relación. Entonces comencé a ver espejismos y me equivoqué como un idiota supino. Vi amor donde había amistad, vi fantasmas donde solo había un dibujo, y también caí en pequeñas trampitas, en juegos de personas que rápido se dieron cuenta de mi condición de estupidez temporal y se aprovecharon. Despertar fue peor que la peor resaca que pueda imaginarse. Con el despertar se activa un instinto especial, un peculiar sentido del ridículo.

Creo que así se activó el autoexamen, la negación, el escepticismo. También comencé a alejarme de nuevas posibilidades. Bueno, ni tantas. Una o dos quizá, que sobre todo deben estar en mi imaginación. Pero el punto es el siguiente: había pasado del deseo equivocado de volver a comenzar, de buscar donde no encontraría nada, a tener aversión a personas nuevas en mi vida.

Si alguien mostraba los síntomas de querer entablar diálogo conmigo, en ese sentido del juego preliminar del flirteo, simplemente me alejaba. Y bueno, todavía lo hago. Cada nuevo paso se siente como una equivocación, como si de algún modo estoy cometiendo el más grave de los errores. Y eso a pesar de estar consciente de que no existe la relación perfecta. ¿Cómo pelear contra eso? Ahora solo me da por huir y cada vez veo más lejos el amor… y en esa lejanía siento ahora como si hubiera despertado de una terrible pesadilla. Esa sensación no me abandona. Es terrible.

De un buen tiempo para acá (casi los dos años) no he vuelto a establecer nuevas amistades: me he quedado con las que ya tengo y que procuro conservar. Mis relaciones laborales se quedan estrictamente en eso y he dejado de buscar, porque ahora me siento bien conmigo, y poco a poco me estoy acostumbrando a que mi única compañía soy yo.

Pero comparaba mi situación con una especie de amor tóxico, porque ahora tengo la impresión de que no puedo volver a establecer una relación filial con nadie. ¿Cómo puedo saberlo? Nadie lo sabe con toda seguridad. Quizá es solo miedo. Pero en el momento a mí me embarga esa sensación de que el amor para la inmensa mayoría no es importante. Y con toda seguridad estoy equivocado, porque ¿qué podría saber del amor una persona que ha sido incapaz de volver a empezar?

Alguien me aconsejó con sensatez que debería de dejar de echarme la culpa. Eso, por supuesto, es lo saludable. Pero ¿qué hacer con esa certeza más allá de toda duda razonable? No sé, quizá solo ser cínico y bajar los ladrillos. No a todos se les da eso. A mí no. Quizá deseo en el fondo purgar lo que yo creo que son mis pecados y flagelarme con una condenación a la soledad, al ostracismo. No hay peor justicia que la que uno solo se aplica.

O quizá solo estoy en una etapa donde por fin estoy conociéndome. Porque a todo esto, aunque el tema ha sido sobre mi fracasada vida sentimental, lo cierto es que retomé proyectos individuales en los que estoy creciendo. Saldé deudas para conmigo que por la emergencia de otras circunstancias simplemente abandoné. Y no siento que ese pasado o este presente sea mejor o peor. No hay comparación de una cosa con la otra. Eran diferentes etapas y ya.

Solo que ahora me doy tiempo para hacer este tipo de balance, mientras camino sin parar hacia un lugar del que todavía no tengo certeza del horizonte, algo que siempre quise hacer pero que no me había permitido. Por las dudas, por el miedo o por lo que sea. Por no atreverme a salir de la zona de confort.

Quizá solo estoy viviendo algo que debí permitirme cuando era estudiante universitario: no escuchar la voz de la soledad y solo dedicarme a mis proyectos, a crecer, a tratar de hacer las cosas bien. Enamorarse es un precio alto. Es maravilloso, pero a veces uno no ve lo que sigue. No reniego de eso, pero los emocionalismos traen sus riesgos. Ni modo. El dilema sartreano está siempre presente.

No me gusta lo que estoy haciendo con mi vida sentimental, pero me gusta lo que estoy haciendo de mí ahora. Y debo admitirlo: siento vértigo, me da un poco de miedo. Es lo que el ángulo en el que estoy me permite ver por ahora y detesto los puntos ciegos, pero es lo que hay. Habrá que esperar qué es lo que hay al otro lado de la madriguera del conejo blanco.

Un comentario en “El clásico balance sentimental

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .