Todos tenemos un poco de alma en pena

Con más o menos algunas diferencias culturales, en general se puede decir que la sabiduría popular, cuando habla de fantasmas o almas en pena, hace referencia a seres que siguen vagando en nuestro mundo, porque dejaron durante su vida asuntos pendientes. Es decir, la creencia sostiene que los efectos de lo que hicimos (sobre todo lo malo) nos persigue incluso al más allá y no nos deja en paz.

Están los casos extremos en que se identifica en específico a seres malignos que están penando porque no encuentran el camino de luz hacia la eternidad, por lo que de vez en cuando se manifiestan a los humanos y no deciden otra cosa más que asustarnos, y según la creencia cultural a veces también atormentarnos.

Dejando de lado en esta ocasión lo sobrenatural del asunto, también resulta interesante que este mismo principio simbólico se aplica a la vida práctica.

Resulta que los cabos sueltos suelen convertirse en piedras que estorban en el largo camino de nuestras vidas. Es como si siempre necesitáramos cerrar ciclos de cada cosa que hacemos. A unos más que otros les suele ocurrir que lo inconcluso hasta les obsesiona.

Y como cada cabo suelto solo logra que nos interesemos en cómo acabará o debería acabar la cosa, los expertos deducen que en este trance parece involucrarse sin querer gran parte de nuestra naturaleza humana. Es tan así la cuestión, que los relatos inconclusos y los finales ambiguos suelen dejarnos pensar por días, sobre todo a aquellos a quienes con más fuerza les afecta esto. Como usted sabrá, a esto se le suele llamar efecto Cliffhanger.

Los expertos en comunicación de masas reconocen el efecto Cliffhanger como ese recurso infaltable en los relatos de nuestro tiempo, del que incluso a veces abusan algunas producciones modernas, para mantenernos atentos y en vilo con la historia que estamos viendo.

De seguro dicho efecto está relacionado con otro que también llevamos a cuestas en la vida práctica: el efecto Zeigarnik. Este consiste en que la gente es más proclive a recordar tareas incompletas, al punto que en las personas más obsesivas suele invadir el espacio en la memoria de las nuevas tareas por completar. Hay quienes incluso vuelven a las tareas viejas, de esas que ya pasó demasiado tiempo para realizarlas, con tal de vencer un poco la ansiedad, pero hasta donde sé la acción misma de hacer esto tiene otro nombre, por lo que no hay que confundir con Zeigarnik.

La cuestión es que si hacemos un caldo de cultivo con todo esto, no es descabellado pensar que gracias a una azarosa combinación de ambos efectos hay hechos que permanecen en la memoria de todo un colectivo. A veces por siglos. Es decir, aquellos sucesos que ofrezcan una combinación de estos efectos en nuestra memoria provocan que se conviertan en capítulos decisivos de nuestra historia y hechos memorables en el relato humano.

Los asesinatos no resueltos que dan pie a miles de teorías (algunas racionales y otras conspiranoicas), el qué sería de nuestro presente si en el pasado hubiera ganado o perdido y ocurrido tal cosa, las muertes prematuras que nos hacen imaginar qué hubiera pasado si la estancia estancia de tales personas en este mundo hubiera sido más larga (como la muerte de grandes genios, el suicidio de personajes atormentados, o por qué no decirlo, también los del club de los 27) y todos esos sucesos que de forma inmediata no tienen una explicación que satisfaga todas las dudas.

Y sonará conspiranoico, pero lo que mencionaré no lo es: las grandes compañías han comprendido el recurso del Cliffhanger a la perfección, por lo que saben cómo tenernos entretenidos durante toda una vida. ¿Qué lo hace volver a esa serie que usted siente bastante floja? ¿Cuál es la gana de saber en qué terminará esa historia que ya no le prende tanto como al principio? Su proceso biológico y químico está involucrado sin querer. Ahí está ese gusanito de la duda llamándolo siempre. Es parte de nuestra naturaleza. Esa semilla de duda nos ayudó incluso a evolucionar como especie.

Por otra parte, es por eso que también nos afectan cosas que parecen insignificantes, como ser bloqueado en las redes sin recibir ninguna explicación, y otras más graves como recibir el abandono de alguien importante en nuestras vidas, o perder a un ser querido y desconocer el paradero: sobrellevar esos sentimientos es un poco más complejo y molesto que si se cerrara un ciclo con normalidad. A veces se puede pasar toda la vida y jamás se obtiene un consuelo completo.

Y bueno… en cuanto a estos efectos, ahora todas estas cosas tienen nombres y a medida que se va matizando la realidad seguirán apareciendo más “efectos tal”. Pero considero importante resaltar que la sabiduría popular no se equivoca y ha demostrado con los siglos que ya sabía todas esas cosas. Lo único es que sus representaciones son simbólicas y con el tiempo solo lo hemos ido adaptando a la cosmovisión de cada época. En el relato humanista actual tendemos a racionalizarlo y objetivarlo todo lo que nos sea posible. Al menos por consuelo ideológico.

Es por eso que dudar demasiado suele ser un arma asesina y silenciosa cuyas consecuencias en las más del as veces son terribles. Y lo sé por experiencia. ¿Cuántas veces sacamos el “hubiera querido” cuando ya sabemos que dudamos demasiado en su momento y ya no hay vuelta atrás? Está bien ele ejercicio de dudar. Pero dudar demasiado hace que nos echemos solos la soga al cuello, creando futuros sucesos sin resolver, de esos que se convierten en cargas de vida.

Ya sabemos que no hay situación perfecta, además que es imposible atar el 100 % de los cabos. Siempre quedará algo suelto, incluso cuando ya ancianos creamos que no dejamos nada de nada. A lo largo de la vida siempre quedará algo que no es como quisiéramos. Pero ¿no sabemos también que somos lo que somos ahora por todo lo bueno y malo que pasamos? Incluso somos hechos de nuestras dudas y asuntos pendientes. Y si nos tendremos que llevar algo a la inmortalidad, espero que sirvan los milenios para que aprendamos a asumir (con resignación o no) todo esto que somos.

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