Nunca conocí a un genio

Nunca tuve el privilegio de conocer a un genio así, de primera mano. Ya sé que son escasos, pero me parece asombroso escuchar o leer historias de sus momentos chispeantes, sus excentricidades, los instantes de genialidad cuando terminan asombrando a todo aquel que esté a su alrededor. Más que por show, me llama la curiosidad infinita, mi insaciable deseo de aprender.

Dicen que muchas personas crean aversión hacia los genios (hasta nombran algunos el apócrifo síndrome de Procusto, del cual hablaré en otra ocasión) y que otros tienen temor de su aparente superioridad… llámeme borrego, no sé, pero en mi caso es al revés: si hubiera conocido a uno o varios genios a lo largo de mi vida, no habría dudado en pecar de intenso y tratar de ser alguien cercano a como dé lugar. Nada como aprender de alguien que nació con las privilegiadas facultades de innovar. Eso no es para cualquiera.

Pero bueno… aunque no conocí a ningún genio (al menos en ese sentido de aura mística en el que casi siempre se les reconoce) sí fui afortunado de conocer muchas personas dedicadas e inteligentes, lo cual fue de lo mejor que me ha pasado en la vida. Siempre fui malo socializando, así que tuve que llegar hasta el bachillerato para poder tener a mis primeros amigos nerdos, palabra que en este caso uso con cariño.

Sería imposible enumerar todo lo que he aprendido de las personas inteligentes que se cruzaron en mi vida: tips para estudiar, recomendaciones de lecturas, sabiduría, experiencia, ideas de las que jamás me habría enterado, interpretaciones de temas que yo apenas comprendía pero en los que ampliaba mi campo de visión, etc. Repito: la lista sería interminable.

No me veo ni menos ni más que nadie, así que espero que no se interprete de forma equivocada lo que voy a decir: yo nunca tuve el privilegio de ser de la casta nerda. No nací con una capacidad de aprender las cosas a la primera y ni tuve el privilegio de la facilidad que otros disfrutan para el aprendizaje. Es más, fui estudiante regular, de malas calificaciones, hasta que llegué al bachillerato, y solo logré mis primeras calificaciones altas hasta que entré a la universidad.

No sé si en la carrera hubo personas que me consideraron nerdo. Si las hubo (y quién sabe si alguno me esté leyendo) de seguro tuvo la impresión equivocada. Sí conocí personas que apenas estudiaban (y de verdad… apenas repasaban los apuntes) y al día siguiente podían sacar 10 en un parcial todavía bostezando.

En cambio en mi caso era de los que estudian toda la noche y apenas duermen en el bus de trayecto hacia la U. Yo fui de los que devoraban libros enteros y trataba de trascender los apuntes, porque de verdad la mayoría de veces no entendía nada, y a pura fuerza de persistencia lograba más o menos captar el asunto. Fui de los que quemaron pestañas y gastaron millones de neuronas, para apenas entender algunos aspectos que para otros resultaban sencillos.

Por eso siempre me enorgullecí de mis calificaciones. Desde el cero hasta el diez, sin importar que otros vieran, qué se yo, mi calificación de 3 (cuando ya comencé a saborear los 9 y 10 la cosa era distinta, claro está), no me avergoncé jamás, porque ese 3, ese 4 o lo que sacara, me había costado lágrimas, horas de honrado trabajo y estudio.

Aprendí a que al solo llegar a la casa me ponía a completar las tareas. Me tomé el tiempo para leer recomendaciones, revisar listas, bibliografía, sistematizar conocimiento. No creo llegar a convertirme en un genio y a veces me frustra ser lento para el aprendizaje. Pero no me quejo de la vida, porque el único privilegio que me fue concedido es el de mi infinita curiosidad, una que raya en el síndrome de Fausto.

Como he dicho en conversaciones con amigos, conocidos y ahora que lo divulgaré en un blog perdido del ciberespacio: mi mayor virtud, y al mismo tiempo mi mayor defecto, es la infinita curiosidad. Y no es por falsa retórica que lo digo, sino porque mi curiosidad me ha llevado a saber cosas que no necesitaba, además de indagar e indagar hasta llevarme sorpresas desagradables. Usted lo sabe, hay momentos en los que no se debe ser curioso. Muchas veces el precio del conocimiento es caro y sus consecuencias permanentes. Y créame que lo sé, aunque acepto que en mi caso no es para tanto.

No sé si es real la frase que se les atribuye a los japoneses: “Tarde o temprano la disciplina vencerá al talento”. Tampoco creo que una frase como esa deba convertirse en un mantra, o que los talentosos, los genios y los nerdos sean algo así como un obstáculo a superar. No. Creo que la autodisciplina es una cuestión de honradez para con uno. La curiosidad intelectual (al menos para mí) un privilegio. El deseo, la persistencia, el amor al conocimiento. Quedemos entonces en que uno puede convertirse con los años en medio nerdo o en un genio artificial, un ser de papel.

¿Y qué del esnobismo? Eso lo padecemos todos. ¿Y del autoengaño? En eso incurren quienes copian trabajos o en el examen. Nada más delicioso que el aprendizaje logrado con esfuerzo. Eso me tiene aquí, no solo reflexionando, sino que siempre leyendo, siempre tratando de llegar más allá, aunque me cueste.

Aprendí a nunca avergonzarme del tamaño de mi ignorancia: eso hay que dejarlo para quien no entiende que darse cuenta de no saber es la mejor oportunidad para llenar un vacío. Aprender es el más grande privilegio que tenemos en la existencia. En el fondo todos lo sabemos, pero no es de todos pagar el precio en paciencia, disciplina y tenacidad.

Pero si no nacimos con el coeficiente más alto de la familia, ¿por qué desanimarnos? Cada día que dejamos de aprender solo nos estamos autosaboteando. Nadie más pierde. Solo uno. En mi caso, cada día que dejo de leer o escribir estoy cediendo, me estoy alejando de eso que quiero ser.

Si se duerme para leer un libro, pruebe lo de las 10 páginas diarias. Leer 10 páginas al día hacen 300 al mes y 3,650 al año. ¿Cuántos libros cree que podría leer? No hay excusa. Si no nacimos con el genio privilegiado, al menos demostremos que podemos convertirnos en genios de papel. De tal manera, que si no hemos conocido a ningún genio real, o no tenemos nerdos a nuestro alrededor que nos ayuden, o maestros, o guías espirituales: al menos al único genio que conoceremos de primera mano será nuestro yo, el que se ve al espejo todos los días. ¿Falso consuelo? Tal vez. Al menos a mí me reconforta.

3 comentarios en “Nunca conocí a un genio

  1. Otro del club de los supercuriosos que alegría 🙂 querer saber, aunque nunca lo sepamos todo es tan estimulante. Claro que no hay que avergonzarse de nuestra ignorancia: Sabio es el que sabe lo que no sabe. A propósito te nominé a un Liebster, no sé si es lo tuyo pero me encantaría que lo hicieras (sin presión claro) Pasa por mi blog cuando quieras y reclama el premio. Saludos.

    Le gusta a 1 persona

      1. Gracias por animarte a participar 🙂 esperaré tus respuestas…mi primera nominación me hizo tanta ilusión que no quería dejar pasar la oportunidad para que otros blogs puedan disfrutar con esto. Saludos.

        Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .