Los preciosos regalos del tiempo

Anoche tuve un sueño extraño. O quizá era pesadilla, no sé. En él era de nuevo un niño de 8 años. Era algo así como mi primer día de clases, según puedo recordar (las circunstancias eran totalmente similares). De nuevo veía para arriba, en lugar de ver solo hacia el frente, tal como perdemos la costumbre a medida que crecemos. Iba tarde, la formación general había terminado. Me dejaron entrar y salí corriendo desde el portón de la escuela hasta el edificio donde me tocaba. Lo recuerdo muy bien: 2.º “A” estaba en el primer salón de la segunda planta, al solo terminar de subir las gradas.

Había llegado a esas gradas preciosas, pintadas de café con rojo, cuando un hombre que me pareció grande venía bajando con una sonrisa extraña. Me parecía como cara de sapo, como regordete, ancho. No era gordo estrictamente, pero era robusto. Sonreía conmigo y muy afable, con asombro, con una felicidad que no recordaba haber visto jamás en nadie. Como si de verdad le diera gusto verme y hubiera esperado toda la vida para eso.

Tenía una camisa tipo polo y rayada: amarilla de fondo y rayas café oscuro, que combinaban perfectamente con una chaqueta camel, que ahora que lo pienso lo hacían parecer viejo, como si fuera un profesor joven que trata de vestirse de manera conservadora para guardar distancia generacional con sus estudiantes. Su jean avejentado por el uso y las botas casuales descoloridas lo delataban, pero eso solo porque ahora lo estoy pensando. En el momento en que lo vi, solo sonreía con educación y estaba dispuesto a esquivarlo, cuando puso su mano en mi hombro y me habló: “¡Edwin! ¡Hola!”.

Me detuve en seco y solo me sentí levemente intrigado: nada de sorprenderme o asombrarme dramáticamente… porque a esa edad simplemente pensaba que todos los profesores debían saber quiénes eran todos los alumnos. Y mi pensamiento inmediato fue que me iba a preguntar sobre por qué llegué tarde, ya que la escuela estaba desértica, porque todo mundo ya estaba en clases. Mi respuesta fue:

—¿Dígame, profe?
—Je, je, je. No soy profe… eh, pero… soy amigo de tu mamá. Cuando la veás, me le das saludos.
—Vaya, yo le digo. ¿Cómo se llama usted?
—Edwin.
—¡Ah!, igual que yo. ¿Y qué le digo?
—No, solo dale mis saludos. Y… perame, sé que vas tarde, pero necesito decirte algo importante.
—¿Qué manda?

Y a partir de aquí es que no sé si esto fue sueño o pesadilla. Y creo que pasaré mucho tiempo pensando en esto, aunque intente olvidarlo con todas mis fuerzas. Y tergiversaré constantemente las palabras, porque mi memoria apenas puede recrear todo el discurso. Su mirada y su sonrisa era cálida, llena de un amor que no recuerdo nunca antes haber conocido en mi vida… una mirada que todo buen padre debería de darle a su hijo a diario, de ser posible varias veces al día. Me habló como si viniera desde un eco de la eternidad:

—Somos fuego. Y no podemos hacer nada para refrenarlo. Todo en el universo tiene una edad productiva, predeterminada desde el principio de la primera sucesión. Por eso todo es vanidad, pero en la vida perseguimos una verdad para sentirnos dueños de algo. No debés tenerle miedo a ese sentimiento de soledad e incertidumbre. Quizá ahora no podés entenderlo, pero somos fuego y nos movemos con sus vaivenes. Siempre el instante te va a perseguir y vas a correr el peligro de ser antes reacción que acción, pero todo pasa… así que no debés preocuparte por quién viene y quién se va, porque de todos modos siempre nos vamos a ir. Abrazá, amá, que no te importe si no te devuelven la medida que considerés justa. Ese temor injusto del paso del tiempo nunca va a desaparecer, por lo que no tenés que luchar contra él. Tu alma arde ahora y arderá con los asombros de cada día, pero si dejás que te mine lo no dicho y lo no dado terminarás pulverizando tus sueños. Incluso ahora. Y quiero que comprendás que no solo ahora, sino que además abarca esto: al final de lo que acaece y de la vida, todo esto carece de la menor importancia. Así que transcurrí tranquilo, porque hasta en el voraz deseo del alma podrás sonreír, al menos lacónicamente, porque…

Seguía hablando sin parar, pero no no podía seguir hilando lo que escuchaba. Mis pensamientos comenzaron a nublarme la mirada, como si me fuera a desmayar. Tuve vértigo, ganas de vomitar, un miedo rayano en el terror, y unas incontenibles ganas de llorar. Creo que se me pusieron los ojos llorosos y eso lo hizo detenerse.

—¡Perdón! ¿Todo bien? —me preguntó con tono de gravedad—. ¿Dije algo muy grosero?
—No, yo… —respondí con la voz temblorosa— no sé…
—Hay muchas cosas que vas a querer hacer, pero el tiempo que pasamos aquí no nos da para tanto. No tenés por qué frustrarte. En esta vida no tenemos suficiente tiempo para disponer. Debés aprender a ser feliz con lo que se tiene.

Sus palabras me resultaban un fastidio, porque sentí que ni él estaba seguro de lo que quería decirme, y que toda su verborrea era algo así como una autoayuda. De todos modos, mi pensamiento comenzó a correr a millones de kilómetros por hora. Me sentí fuera de mí, como si por fin recordara algo que había olvidado. De repente ya no era yo-niño, sino el yo de ahora. Sentí que mi cuerpo temblaba, y que me seguía temblando la voz al hablar, pero a pesar de eso no dudé en preguntar con firmeza:

—¿Cuándo me voy a morir?

De inmediato se puso serio. Después de un par de segundos volvió a sonreír, aunque esta vez de manera cordial.

—No necesitás saber eso ahora. Además, te está vedado saberlo. Que te baste con saber que vos podés decidir cuánto cuesta eso que llamás tu felicidad. Y la de las personas que te aman.

Puso sus manos en mis hombros y luego me abrazó. Me dijo: “Te quiero mucho… No: Te amo”. Cuando se retiró me dijo que corriera, que ya iba a terminar la primera clase. Yo me quedé de pie y le dije:

—Esto es de Borges.
—Ya lo sabés… yo lo sé. También es de Papini, Jarry, Apuleyo, Whitman, Goethe…
—A esos no los he leído en esa parte —interrumpí—. Creo.
—Yo sé. Pero sos curioso y lo vas a hacer cuando te despertés.

Todo fue instantáneo. Ya no era yo-presente en el cuerpo del niño, sino que ahora era el yo-viejo. A ese yo-regordete le dolía horriblemente el pecho, como si acabara de cometer un crimen. Con ese estuche que ahora era mi cuerpo empecé a caminar de espaldas y mi yo-niño me estaba mirando, con su inmensa mochila azul para tan corta edad. Luego él se giró y comenzó a subir las gradas. Me giré hacia mi nuevo camino, que era la salida de la escuela, comencé a caminar tembloroso y con nerviosismo hacia el portón, pero caí de rodillas y comencé a tener un ataque al corazón.

Entonces me desperté y mi cuerpo estaba empapado en sudor y temblando.

*

*       *

Después de ese extraño sueño me ha quedado esa sensación de que quizá ese día morí, cuando apenas tenía 8 años, y que ahora quien está escribiendo es una especie de mensajero, o alguien extraño. Un yo desdoblado que acaba de completar un ciclo.

En fin…

Me viene a la mente aquella parábola de Schopenhauer, que todos conocemos como El dilema del erizo: estamos muriendo de frío, pero mientras más nos acercamos a otras personas corremos el riesgo de dañarlas con nuestras propias púas, y al mismo tiempo sentimos cómo poco a poco van penetrando también nuestra piel las que vienen del prójimo, viéndonos así en el dilema de decidir hasta dónde soportaremos, con tal de tener cerca a nuestro par. El dilema del dolor provocado y el recibido es una cuestión de coste-beneficio que cada uno tendrá que aprender a negociar, ya que nos presenta varias posibilidades:

  1. Ser de púas largas y enfrentarnos al soporte del dolor de quien nos venga. Si es alguien masoquista, quizá acerque más su frágil cuerpo, con tal que podamos calentarnos. O bien, puede ser al contrario y al solo sentir dolor se aleje, dejándonos con frío. En ese caso la opción sería recortar un poco nuestras púas.
  2. Ser de púas cortas y estar dispuestos a ser penetrados por una gran cantidad de púas, si es que queremos sentir un calor más cercano.
  3. O la que suele considerarse más recomendable: encontrar el punto de equilibrio, donde las púas del prójimo ni me afecten, ni las mías a él, y al mismo tiempo podamos calentarnos con el hálito que mutuamente nos llega, tratando de evitar morir de frío.
  4. También está la insana opción de buscarnos un lugar en una cueva, y tratar de calentarnos con la oscuridad y la soledad, hasta que el frío o el hambre nos devore los huesos.

Pienso que cada uno de nosotros somos un ser dividido entre nuestro ser interior y nuestro exterior. Ambos lugares del alma son como inmensas vasijas que tienen distinta capacidad para ser llenadas. Y vaciadas. Drexler prefiere la metáfora del vaso: “Tanta lágrima, tanta lágrima, y yo, soy un vaso vacío”.

A veces nos ha tocado conocer circunstancias donde nuestro universo no cabe. Nos queda la opción de seguir probando, hasta que un día sentimos que encontramos nuestro lugar.

Muchas veces nuestro ser interior necesita desbordar una gran cantidad de pensamientos, impresiones y sentimientos, que muchas veces el resto no está dispuesto a conocer. Sentimos la necesidad de movernos de círculo, y si dependiendo de si hay mayor o menor fortuna, quizá encontremos ese espacio donde hacemos clic.

Pero la variable más aterradora es que nuestro ser interior no se corresponde con el exterior, y entonces dependerá en gran medida que nuestro universo se expanda, si somos capaces de funcionar socialmente. Si mi vasija exterior (mi ser para los otros) es pequeña, lo más seguro es que mi tendencia será hacia el malentendido: ya nos lo dijo Baudelaire, es cierto, pero es importante tenerlo presente, porque a veces tengo tanto qué decir y ofrecer, pero no encuentro la manera de expresarlo. Mi vasija exterior es pequeña.

Y está quien tiene la vasija exterior amplia e inmensa, y muchos quieren escanciarse ahí, pero tal vez la vasija interior es pequeña, y esa persona, a pesar de tener a miles a su alrededor, muy en el fondo resiente el vacío y la soledad.

No sé si existe alguien que tenga ambas vasijas perfectamente equilibradas, aunque en un mundo de probabilidades todo eso podría pasar. Espero que en este mundo existan miles de personas afortunadas, con las vasijas llenas, en un espacio donde puedan recibir y dar sin desanimarse jamás.

Pero hay una variable entre todas que me trae un sentimiento extraño, como de resignación, pero sin caer en el signo trágico, sino solo la contemplación de un lugar posible: suponga que tiene mucho para dar, que sus vasijas son perfectamente equilibradas, que su ser interior puede corresponderse con el exterior, que alberga en su corazón a una cantidad de personas a quienes ama, que al mismo tiempo funciona socialmente y puede exteriorizar en la justa medida, y que por fin encontró un lugar donde se siente pleno, tanto en lo laboral como en lo sentimental, tanto en lo familiar como en lo individual… y que a pesar de eso sienta deseos de huir, de sentir que no debería de estar ahí. No por el síndrome del impostor, sino porque después de todo, después de los espinos y del algodón, después del frío y del calor, después del lodo y la tierra firme, llegó a la conclusión de que no debería de estar en ningún lugar.

Aunque no lo parezca, esa también es una posibilidad, y si no lo cree, pregúntele a esas personas que optan por una vida más o menos asceta, sin ninguna clase de ostentación o comodidad, solo viviendo al día, cuando sabemos que su potencial da para que incluso lleguen a tener éxito en muchas áreas… pero es la manera que encontraron de funcionar, sin ser mejores ni peores que nadie, en ningún sentido posible.

*

*       *

He conocido personas en toda clase de círculo social, aunque no conozco nada de mundo. No sé… jamás he estado en otro país, nunca he entrado a un motel o una discoteca, por poner los ejemplos más simples. Conocí todas las calificaciones posibles cuando fui estudiante (sí, desde cero, pasando por 1.1, hasta llegar a 10), supe qué era ser el ejemplo para lo que hay que hacer y lo que no. Sé qué es ser satanizado y bendecido, sentir la empatía del otro y ser invalidado. Sé qué es la humillación y el breve elogio, conozco el amor en dimensiones distintas, pasando por una de las formas más sublimes, que es conocer el amor hacia un hijo.

He conocido el amor al arte, uno de los amores que me salvaron la vida. Conocí el amor a una causa, a una ideología y a una de las tantas formas de fe. He conocido el amor, el desprecio y el insulto de un amigo. He vivido el bochornoso engaño. He vivido, en fin, lo necesario, lo justo que tenía que llegar a mi vida.

He recibido preciosos regalos del tiempo, que es en realidad el mayor regalo, porque es a través de sus sucesiones que cada uno de los eventos, tanto reales como abstractos, han ocurrido. He visto lo que tenía que ver: es una cuestión de perspectiva.

Es por eso que siento en mi interior que la frase final de aquella novela de Eco tiene mucho más peso del que en principio me parecía ver: “De la rosa nos queda únicamente el nombre”.

2 comentarios en “Los preciosos regalos del tiempo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .