La mujer de mirada felina

Una buena memoria trae más inconvenientes que otra cosa. O al menos esa ha sido mi experiencia. No creo tener memoria prodigiosa, pero en lo que cabe en un ser humano regular, recuerdo más tonterías de las que quisiera. Y comparo con mis amigos, familiares y conocidos: soy proclive a recordar con más detalle toda clase de nimiedades que en la mayor de las veces el resto deja pasar (y de forma saludable, debería de añadir).

El peor escollo de todo, debo decirlo, es que toda forma de memoria es recreación, a menos que se trate de una condición especial, lo cual de todos modos, en el rigor más wittgensteniano, es también subjetivo, ya que filtramos nuestros recuerdos más exhaustivos a través de nuestro propio punto de vista, con tal de dar coherencia en nuestra conciencia humana… y no es malo, claro está, porque se trata de un mecanismo de defensa. Pero entonces no puede ser del todo bueno, porque dependerá entonces de una serie de factores mentales en cada persona: alguien que solo es proclive a recordar las cosas malas lo pasará muy mal buena parte de su vida… por no decir toda.

En el espinoso tema de mi memoria, quiero apelar a la felicidad de mi propia aurea mediocritas. No sé si puedo recrear de forma enfermiza o a lo mejor he logrado un poco de paz. Sé que cuando era niño recordaba casi cualquier tontería y solo con los años fui matando de a poco ese extraño talento. Y ya en tono de confesión, fue hasta los 21 años que decidí comenzar a obligarme a olvidar, sumado a que llegué al caso extremo de quemar cuadernos de apuntes, bitácoras, intentos de poesía y todo eso (¡oh!, sí, fui de esos que escribieron: “Querido diario…”).

Y traigo a cuento todo eso, porque tuve una pesadilla el día de ayer, y volvió de golpe una serie de recuerdos enterrados.

No sé si a usted le ha pasado, pero en mi caso puedo recordar cientos de pesadillas acumuladas a lo lardo de mi vida. Algunas son recurrentes no por ser idénticas, sino porque reconozco la sensación, el sentimiento de congoja que me dejan. Me pasa también que sueño con los mismos lugares, o si es en un lugar nuevo, a veces reaparecen algunos personajes.

Cuando era niño llegué a pensar que se trataba de fantasmas o demonios privados destinados a perseguirme. Ya en la adultez he llegado a creer que son formas de defensa que mi mente ha creado, o al menos representaciones de algunos de mis miedos o incertidumbres, cuya finalidad debe ser, por parte de mi razonamiento simbólico, expresarme algo que está más allá del lenguaje directo.

Por ejemplo, ya me he soñado en un laberinto de cajones de madera (para que se haga una idea, es algo similar a la escena del Área 51, en la película de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Solo que más tétrico, sucio, oscuro y realmente enredado como el peor de los laberintos). En ese escenario siempre me he sentido perdido y en peligro, como si estuviera atrapado en las Catacumbas de París. Hasta donde recuerdo, nunca me he atrevido a abrir una caja, y mi primera reacción ha sido tratar de encontrar una salida y sin mucho éxito.

Si me ha pasado algo así, o en cualquier otro escenario pesadillezco, he procurado reflexionar en algún significado no esotérico, tratando de hallar la lógica simbólica que la mente nos va construyendo a lo largo de la vida, cuyos significados se van reforzando o reconstruyendo, a medida que aprendemos nuevas cosas. Pero las pesadillas suelen ser tan al azar, que a veces uno no sabe por qué de repente la mente nos hace una mala jugada.

Y bueno… como seguía hace varios párrafos, ayer tuve una pesadilla. En ella apareció una mujer, que hace muchos años fue una niña. Y sí, su deducción es correcta: he soñado con ella desde que era un niño. He querido pensar que mi mente ha sido capaz de recrear su estado de niñez, y que con inusual coherencia ha pasado a la adultez.

Describirla sería insuficiente y no evitaría caer en un fárrago sin propósito. Pero sé que si ha leído hasta aquí, al menos merece conocer sus rasgos básicos: Cuando era un niño era varios centímetros más bajita que yo. En la pesadilla de ayer la vi casi de mi estatura (yo mido 1.70 m y calculo que ella medía 1.60 m o quizá 1.55 m, si tomo en cuenta que la vi con zapatos de plataforma). Por sus rasgos generales tengo la impresión de ser mayor que ella unos 3 o 4 años (en ninguno de mis sueños o pesadillas jamás le pregunté la edad… ni siquiera su nombre).

No quiero dar la idea equivocada: la he visto en mis pesadillas, pero siempre ha sido algo así como lo único bueno. De hecho, verla me da una sensación maravillosa. Pero viene a colación, porque al menos hace tres años que no soñaba con ella. La vi niña, adolescente y hace 3 años ya era joven adulta (más joven que adulta). Pero ayer la vi como más contemporánea, como si por fin de nuevo fuéramos casi de la misma edad. Si fue recreación de mi cerebro, debo afirmar que hizo un trabajo maravilloso.

Su piel no es ni blanca ni morena. Su cabello siempre lo mantiene corto, casi varonil (ese rasgo me impactó tanto cuando era un niño, que provocó en mí un gusto especial por las mujeres con pelo corto). Cuando era niño pensaba que sus ojos eran verdes o azules (no lo tenía claro), ya adolescente creí que eran de un marrón muy claro, pero ahora sé que son color avellana. Y su mirada era intensa, incluso aparentando inocencia: como un depredador debe ver a su presa, tratando de ganarse su confianza.

Esa extraña sensación de desconfianza, pero que no evita que uno se quiera exponer al peligro. Algo así como acercarse peligrosamente a uno de esos acantilados sin borde, sin estar del todo consciente en qué momento se llega al punto de no retorno. No sé si es la mejor comparación, pero me recuerda a cuando he tenido miedo de alguna persona, porque sé que la amaré con locura (sí, lo sé, suena tonto).

Y debo añadir una confesión extra. Hace tres años, cuando soñé con ella, previamente había tenido una buena borrachera. De hecho, ese día me pasó eso que llaman popularmente borrar cassette. Recuerdo pocos detalles de esa noche de juerga, pero entre otras cosas, tengo la certeza de que al final de una buena o mala noche decidí caminar, y que debí haber recorrido varios kilómetros hasta mi casa (oh, sí, fueron malos tiempos en mi vida, y toda la negatividad traté de canalizarla en un peligroso acercamiento al alcoholismo), a tal punto de que al día siguiente me dolían desde los pies hasta las rodillas.

Me acuerdo que cuando por fin llegué de madrugada a mi casa encendí la computadora y puse música… recuerdo que estaba solo en la casa, canté un par de canciones y me puse a hablar solo. Me acuerdo que me desnudé y acosté en la cama, con todas las luces de la casa encendidas. En algún momento la playlist paró y todavía no me había dormido. Y como quería que la música continuara arrullándome, quise incorporarme, aunque tendría mis dificultades (ya acostado, como que la embriaguez se nos asienta de tal forma, que quizá la opción que queda es ceder y dormirse… aunque al día siguiente nos espere una terrible resaca).

Me dio por girar la cabeza y entonces la vi, a la par mía. Sé que no estaba dormido, porque la cabeza me daba vueltas y el frío que sentía era clarísimo. Pero en lugar de asustarme, en realidad sentí alegría. Ella estaba a la par mía: quizá en un delirio de alcoholismo, quizá en una transición entre el sueño y la vigilia… quizá era solo mi mente desenterrándola, porque atrás de esa ocasión quizá solo la había soñado en la adolescencia (que fue el periodo en el que la soñé más seguido).

Recuerdo que le dije algo así: “¡Hey! Chinita… tiempos de no verte. ¿Cómo es que te aparecés de la nada? Disculpame el espectáculo, pero necesitaba desestresarme. Igual, estoy hecho un desastre. ¡Solo te da risa! Bueno, igual, no quiero que me veás así… buenas noches… o buenos días, lo que sea…”. Entonces recuerdo que ella se puso a reír, me dijo algo de lo que no tengo mucha certeza, aunque fue tierno… me levanté, fui al baño, apagué todas las luces de la casa, puse música, le bajé un poco el volumen a los parlantes de la computadora y solo la ignoré. Es decir, me envolví hasta la cabeza y cedí ante el poder del sueño.

Ya en el día al solo despertar, con todo y la inmensa resaca, me puse a escribir en la computadora sobre la aparición de esta chica. A mi memoria acudieron todas las ocasiones anteriores, incluida una maravillosa de cuando tenía 12 años y que ella me besaba (para entonces jamás en mi vida había besado a nadie… y recuerdo el terrible nerviosismo que sentí en ese sueño) y prometía que sería mi novia. Sin embargo, cuando iba a guardar el archivo, sentí algo absurdo en todo eso y entonces lo borré. Así porque sí. Ahora sé que fue un impulso, pero en ese momento consideré que era lo más razonable.

Pero tres años después volvió a aparecer, con su curiosa sonrisa, con su peculiar mirada de felina depredadora. En su mirada hay determinación, experiencia, una extraña forma de sabiduría antigua. A diferencia de hace tres años, sentí un poco de temor mezclado con fascinación. ¿Por qué aparece de la nada y por qué lo sigue haciendo? Ya lo había olvidado. Y creo que en unos días lo habré olvidado de nuevo. He tenido pesadillas —como dije anteriormente— en las que los lugares se repiten. En otros post he contado algunas de esas experiencias. Pero esta chica me removió tantos recuerdos, de tantas cosas caóticas de mi vida.

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