Comprender es navegar en la dimensión del ¡Eureka!

A veces las palabras no ocurren como una sucesión orgánica y solo desaparecen, se escurren de las manos. Toda idea se pierde y el sentimiento de vacío se precipita hasta convertirse en frustración. Es por eso que el acto de escritura es felicidad y sufrimiento a la vez. Es casi como una religión, donde cada tanto uno se echa la culpa de cosas de las que no debería, al mismo tiempo que se siente noble, bueno y feliz con uno mismo, como un dulce secreto que no puede compartirse con nadie salvo con el otro yo.

Y uno sabe que eso no es trascendente para nadie, porque es una experiencia tan individual como cualquier otra: comer, beber, amar. Solo otro adicto o practicante podría comprenderlo. Es más solitario de lo que se cree. Y triste, maravilloso, caótico. Alterando una frase de Roberto Bolaño: “Un escritor debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así”.

A veces persiste el sentimiento de culpa, sobre todo para quienes escribimos y sabemos que eso que compartimos no es importante para nadie más que para el yo.

Por ejemplo, a veces suelo preguntarme sobre por qué no mejor escribo un diario para no pasar la vergüenza de exponerme demasiado, ya que al fin y al cabo la escritura es para mí un acto terapéutico más que un intento serio de formalizarme con, no sé, el verdadero ensayo o la literatura. A veces me abro demasiado e innecesariamente. Si encima de ello no interesa, ¿por qué no solo escribir para consumo íntimo, por qué ese deseo intrínseco de tratar de establecer diálogo con un lector posible? Es un dilema curioso el que de pronto aparece.

Es la culpa atacándome. Es el utilitarismo, con el que somos habitualmente educados, recordándonos que hay actividades más inútiles y menos productivas que otras. Es la voz de la cordura susurrándome que debería de hacer algo con mi vida.

Pero también está la otra voz, quizá la mala voz. Esa que sigue persistiendo en que debería de renunciar a mi actual empleo, renunciar al resto de compromisos que tengo y dedicarme a hacer lo que realmente me gusta, aunque eso me vuelva un vago, un inútil, alguien cuyo único sentido de la existencia es escribir vacuidades que no serán jamás lo suficiente para llenar a nadie, al mismo tiempo que serán medianamente interesantes para unos cuantos, en detrimento de un estilo ripioso, andrajoso.

O solo soy yo, amigo y enemigo, siendo otra vez tan patético, tan exagerado y desagradablemente sentimental, olvidando las más elementales normas de la etiqueta escritural: está bien exponerse, pero con estilo; está bien ser un poco y a veces confesionalista, pero no caer en el exhibicionismo vulgar; está bien ser honesto, pero hay que construir una voz.

No se puede solo hacer lo que hago y ya, a menos que me haya decidido por completo a no tomarme en serio. Y a que quien me lea no me tome en serio. Es decir, se nos ha enseñado a administrar las dudas solo para uno, para no parecer falto ante los demás.

Supongo que eso es lo que está pasando…

Es el miedo a saber lo que tengo que hacer, pero que no me he atrevido. Es la certeza otra vez martillando lo que ya sé, es como escribí en El clásico balance sentimental: no he cumplido con el deber de entrar en la gruta del conejo blanco.

* * *

O es el dilema de si existe o no el talento, por lo que parece legítimo autocuestionarse si vale la pena persistir o no en esto. La pregunta se repite ad infinitum: Si no tengo talento, ¿debería de seguir en esto? Y si lo tengo, ¿cuál es la probabilidad de llegar a un público más amplio o pasar por todos los vaivenes del mundo editorial actual?

Y están las medias tintas o los intentos de abandonar sin éxito la escritura. Y entonces uno vuelve, como una recaída de drogas, a tipear y tipear, o escribir hasta marcar la página que sigue en la libreta. O uno se pone a hacer dibujitos, como quien ignora la tentación, y entonces de nuevo las palabras aparecen, así, imperfectas, incoherentes, con esas frases que uno intenta pulir, pero que en el fondo sabe que son casi imposibles de vencer… porque uno corre con la tradición en la sangre y tiene conciencia de las limitaciones. Y uno sabe que es imposible alcanzar la perfección: Ars longa, vita brevis.

* * *

Pero también entramos en estado de flujo. Y de repente todo parece tan claro y nítido, como una especie de éxtasis, y entonces uno ama con locura, ama el instante, con todo y sus miserias que no podemos esquivar, dejándonos ese sentimiento de enfocar todas nuestras energías y concentración, como si estuviéramos hechos para esto, como si no existiera más nada en la vida. Y sentimos extrañamente que encontramos algo que por alguna razón nadie más había pensado. Es es el Eureka, el Satori. Es sentir que hemos comprendido algo, en una dimensión extraña, en las azarosas discontinuidades de la vida.

Entonces cuando volvemos a la normalidad queremos regresar a ese estado, a la zona, al menos por un minuto. Y son como pequeñas rosas que encontramos en el desértico y largo camino de nuestras vidas… de tal manera que sentimos emoción cuando avistamos el punto rojo en medio de tanto camino gris. Y alzamos la rosa, la musa, y la vemos y nos emocionamos, y nos sentimos vivos, y entonces consideramos la posibilidad de seguir caminando, porque tal vez vale la pena encontrarse con otra, aunque se encuentre a varios kilométricos años de vida.

Y una vez se ha comprendido algo no hay vuelta atrás. Ni siquiera catarsis o anagnórisis podrían representar una aproximación de significado. Sencillamente se es y se está. Y comprendemos que no somos mejores ni peores que nadie, y que solo somos ese algo que ama demasiado y que no sabe cómo transmitirlo. Y somos ese algo que a veces se deja vencer por los demonios cotidianos, el absurdo de querer encontrar donde no habrá nada.

¿Conclusión? Todo ha sido como un vuelo… finalmente los hábitos suelen pulverizar a los sueños.

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