Siempre el poeta

Hoy es el aniversario del natalicio de Octavio Paz. Pensé que iba a leer alguna nota informativa o anécdota. Pensé que alguna institución pública o privada relacionada con las artes comentaría al menos el suceso. O bueno: quizá no estoy suscrito a suficientes páginas para recibir notificaciones al respecto. No encontré básicamente nada, exceptuando un par de amistades que pusieron estados en sus respectivas redes sociales. Y bueno, sé que las grandes celebraciones se dan cuando son números exactos o múltiplos de 5, así que quizá pasen dos años para que los grandes medios vuelvan a mencionar a Paz. En mi caso, desde mi humilde trinchera, quiero recordar algo sobre el poeta. Cualquier excusa es necesaria.

La pasada

Recuerdo una pequeña anécdota, que me ocurrió antes de la era Google, en alguna exposición en clase de Lenguaje y Literatura que me tocó hacer en el último año de bachillerato. Estaba frente a toda la clase hablando de alguien de quien no sabía nada.

Me echaré la culpa de la ignorancia, pero de todos modos no mencionaré ni la escuela básica en la que estudié ni el instituto en el que hice el bachillerato. Aunque los amigos que me leen ya lo saben y algunos fueron incluso compañeros. Pero es mejor así. Quedemos en que la culpa de la ignorancia es solo mía.

Digo esto porque —como repito— en aquel momento jamás en mi vida había oído sobre el laureado escritor. Conservo algunos libros de texto, por lo que podría comprobar de algún modo que en los programas de estudio ni siquiera estaba añadido, ni por lo menos mencionado como un dato más. Y no acusaré al estado salvadoreño, pero al parecer nuestro programa de finales de los noventa era en extremos deficiente. De nuevo, mejor asumo mis propias limitaciones e ignorancia.

Así que cuando me lo asignaron en el último año de bachillerato como tema para exposición, para mí fue como disparar en la oscuridad. Pero estuvo bien por el profesor, ya que él se tomó la molestia de tratar de llenar un vacío.

De modo que busqué información y no encontré nada, excepto un párrafo no mayor a 20 líneas, en una enciclopedia “X” que tampoco merece mención. De esas líneas improvisé mi exposición.

Pero lo peor de eso es que de todos modos lo hice mal. Leí mal, asimilé mal y me negué a pasar a leer frente a la clase una ficha resumen o algún papel donde reprodujera las escasas líneas. Y más me hubiera valido hacerlo, porque el resultado fue una barrabasada.

Aparenté seguridad y determinación, pero a los dos minutos ya no tenía nada que decir. Entonces improvisé. Y seguí hablando hasta que el profesor tuvo que interrumpir, no sin cierto grado de indignación:

—Y Rubén Darío —dije yo—, como buen modernista, fue un gran admirador de Octavio Paz…
—¡¿Cómo?! —Interrumpió por fin el profesor—. En todo caso Octavio Paz tal vez debió sentir admiración por Darío…

Fue uno de los más grandes bochornos en mi vida. Quizá dentro de las pocas líneas que investigué decía que Paz admiró temprano a los modernistas. Fue eso o lo que sea que mi mente tergiversó. El error se dio. El profesor paró mi expo y pasó a hacer una reseña correcta, justa.

Y entonces leyó un poema, un texto que jamás pude olvidar, y que años después seguiría buscando. El poema se titula Movimiento y pertenece al libro Salamandra (1962). El texto es el siguiente:

MOVIMIENTO

Si tú eres la yegua de ámbar
yo soy el camino de sangre
Si tú eres la primer nevada
yo soy el que enciende el brasero del alba
Si tú eres la torre de la noche
yo soy el clavo ardiendo en tu frente
Si tú eres la marea matutina
yo soy el grito del primer pájaro
Si tú eres la cesta de naranjas
yo soy el cuchillo de sol
Si tú eres el altar de piedra
yo soy la mano sacrílega
Si tú eres la tierra acostada
yo soy la caña verde
Si tú eres el salto del viento
yo soy el fuego enterrado
Si tú eres la boca del agua
yo soy la boca del musgo
Si tú eres el bosque de las nubes
yo soy el hacha que las parte
Si tú eres la ciudad profanada
yo soy la lluvia de consagración
Si tú eres la montaña amarilla
yo soy los brazos rojos del liquen
Si tú eres el sol que se levanta
yo soy el camino de sangre

En aquel momento me pareció denso pero cautivante. Un tiempo después lo busqué en internet, hasta que por fin lo encontré (suena obvio y quizá tautológico, pero quienes estamos algo viejos ya sabemos que hace años era muy, pero muy difícil encontrar un PDF del autor que nos interesara… se debía ser buscador compulsivo para no rendirse hasta dar con lo que uno quería).

Desde entonces quería saber quién era el poeta. No solo me era ajena la dimensión de lo que significaba el premio Nobel de Literatura (sí, lo sé, a saber en qué mundo vivía), sino que para mí la pregunta esencial era: ¿por qué es uno de los poetas más importantes de América? O bueno, ¿por qué es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo y del mundo entero?

Ahora que lo pienso, las generaciones actuales pueden ahorrarse el tipo de bochorno por el que pasé. Ahora está Google, Wikipedia. Y si no basta también está Scribd, o qué sé yo, El Rincón del Vago. Yo improvisé de la forma más vergonzosa. Pero no hay lección sin aprendizaje, o eso espero. La curiosidad quedó en mí. Al menos los años me hicieron buscar respuestas.

Y lo leí. O al menos creo haberlo hecho. Pero ¿cómo dedicarle unas cuantas líneas sin sonar reduccionista? Pagaría por la respuesta perfecta.

Buscando respuestas

Octavio Paz es inabarcable. Cualquier cosa que mencione ya la dijeron. Ese hombre creó su propio y despiadado universo. ¿Qué tema no exploró el gran poeta mexicano? Toda opinión de mi parte será para siempre provisional. ¿Qué podría añadir a todo lo dicho? Excusas y excusas, pero prefiero dejar toda instancia salvada.

Una vez me encontré una entrevista en blanco y negro, subida en el desaparecido Google Video, la cual data del 26 de junio de 1977, realizada en el programa de entrevistas A fondo de Radiotelevisión Española, donde Joaquín Soler Serrano dijo unas palabras para su invitado, que en la actualidad se consideran célebres y por lo general citadas a manera de introducción a la vida del poeta:

He aquí, amables amigos, el rostro de Octavio Paz, uno de los grandes de la lengua hispánica, cuya obra está reconocida como uno de los más impresionantes esfuerzos de creación y de interpretación cultural de la modernidad. Los críticos han señalado que Paz, como poeta, posee el caudal de voz de Neruda, el panteísmo surrealista y pasional de Aleixandre, la fabulación metafísica de Borges, el aliento épico de Huidobro, la gallardía verbal de Vallejo. Su obra solo cobra sentido en ese marco: el de los colosos, el de los gigantes.

En esa entrevista fue la primera vez que lo vi hablar. Obviamente ya estábamos en la era Google. Antes de eso solo sabía lo que decían los pocos textos de internet que encontré y apenas había visto un par de fotografías. Le hablo de hace rato, cuando uno buscaba de muchas otras formas. Al verlo en blanco y negro noté sus gestos, su manera peculiar de hablar, tan característica e inconfundible. Verlo y oírlo daba más ganas de leerlo.

Y leerlo puede ser una apuesta de vida, porque tiene una obra vasta, con los temas más variados. Y al menos en El Salvador, sus libros no están al alcance de todos y ni los ofrecen todas las librerías, dados sus precios medio prohibitivos. En fin…

Ensayista de primer orden, pero sobre todo poeta, con una sensibilidad y un punto de vista sobre la humanidad que busca la universalidad. En él se encuentra la presencia y la ausencia como material literario. El cuerpo como lugar del arte. La infancia, el miedo, la familia, el asombro.

Él afirmó que el siglo XX, y por extensión nuestro presente siglo, ha envilecido el amor y el erotismo, convirtiendo el cuerpo en publicidad. Y no es solo por convertirnos en material de comercio sexual: también está envilecido por el deporte, la industria y cualquier forma de explotación, lo que da como resultado que la sociedad occidental actual sea abyecta —calificativo escogido por el mismo Paz—.

Sobre su poesía…

Octavio Paz consideraba que la poesía se da a la tarea de la aprehensión del pasado, que a veces vaticina el futuro, o lo posible verosímil, el mundo como podría ser. Es decir, también estaba de acuerdo con que la poesía hace el mejor intento por aprisionar el instante, y a veces con mayor fortuna de una imagen de eternizarlo, pero que sigue siendo retrospectiva, ya que existir es una fragilidad que transcurre, por lo que resulta imposible asir con las manos el flujo incesante del río del tiempo.

También Octavio Paz creía que la poesía que más se acerca a la gente es como un espejo, pero que el espejo no tiene memoria, por lo cual nos proyecta a todos pero no es reflejo del que alguien pueda adueñarse. Una idea que no es exclusiva ni de él, ni de Borges, ni de los grandes poetas persas y japoneses, sino de toda la literatura del mundo, porque uno de los grandes motivos inefables al que se enfrenta el escritor es la inevitable condenación al olvido de todos los asuntos humanos. El espejo refleja, pero también olvida.

Coda

No sé si le ha pasado, pero a mí me ocurre seguido: leer a un escritor de quien tengo poca idea y de repente darme cuenta de que me había perdido algo importante en mi vida. Octavio Paz pertenece a esa clase de experiencia. No sé si recomendarlo o no. Pero hablo por mí al decir que si volviera a nacer, me gustaría volver a encontrarme con su obra, de ser posible en una edad más temprana a la que comencé a leerlo. Es un autor de quien no me queda otra opción que reconocer que es uno de los más grandes que he leído en mi vida.

Si es grande o no para los demás, no podría opinar al respecto. Todo mundo relativiza. Pero creo que Paz intentó ser —con todo y las polémicas que generó en vida— un poco lo que Armijo dijo en uno de sus poemas: “Yo escribo con mi corazón que alzo como un fanal en este tiempo de tinieblas”.

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