La fuerza de los grandes motivos

Si tal vez somos medianamente contemporáneos o recibimos una enseñanza más o menos tradicional, concordará conmigo en que los grandes temas de la literatura son el Amor, la Vida, la Locura y la Muerte. Hay quienes incluso sacan a la locura de la lista, pero eso es tema aparte. Dentro de los temas suelen distinguirse motivos o motivaciones (también se incluyen los leitmotiv o motivos recurrentes… inserte aquí la terminología formalista de su preferencia), según la perspectiva teórica o el punto de comprensión interpretativa hacia el que se quiera apuntar.

Por su parte, Harold Bloom, hombre que dedicó prácticamente toda su vida a tratar esta clase de asuntos, distinguía los grandes motivos o aspectos de los mismos, muchos relacionados entre sí a manera de dicotomía o relación dialéctica, sin limitarse a los tres o cuatro tradicionales. En su curioso intento su lista es bastante grande. Podemos enumerar sin orden obligatorio o natural, porque esto no se trata de matemática pura, los siguientes motivos recurrentes o motivos direccionales en las obras literarias:

Desobediencia civil: Son todas aquellas propuestas que nos llama a transgredir el orden social establecido. Es un concepto demasiado amplio, ya que puede percibirse obras que alegóricamente tratan este aspecto, como Club de la lucha, de Chuck Palahniuk;  Antígona, de Sófocles; El barco de la muerte, de B. Traven, Los desposeídos, de Úrsula K. Le Guin, Crimen y castigo, de Dostievski; La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne; Las brujas de Salem, de Arthur Miller…

Esclavitud y emancipación: Casi siempre van de la mano, por lo que Bloom suele considerarlas como una doble categoría. En la mayoría de los casos se muestran distopías o momentos históricos llenos de represión, con el respectivo sueño de libertad y cambios. No siempre hay final romántico de libertad lograda, pero suele ocurrir que mueve al lector o deja la espinita. Los ejemplos más célebres son Rebelión en la granja y 1984, ambas de George Orwell; Un mundo feliz, de Aldous Huxley; Fahrenheit 451, de Ray Bradbury; La madre, de Máximo Gorki; Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, V de Vendetta de Alan Moore…

Exploración y colonización: Este tópico se parece muchísimo a los dos anteriores, pero se diferencia en que aquí el o los protagonistas suelen tener un desconocimiento inicial de las tierras que visitan; o bien, suelen tener una idea errónea. Luego viene la transformación y el choque cultural, y a veces prevalecen los valores de un grupo sobre otro. En términos generales es eso, aunque el tema se puede ampliar. Nada reemplaza mencionar ejemplos: El huésped, de Albert Camus; El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad; Ilíada, de Homero; Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; Pasaje a la India, de Edward Morgan Forster; Esperando a los bárbaros, de J. M. Coetzee…

Renacimiento y renovación: Suena a tópico para iniciados… y es así, pero también es más que eso. La literatura carece de moral y el renacimiento no siempre será la luz alcanzada. Así que aquí podría incluirse casi toda la narrativa del mundo, porque suele ocurrir un proceso transformador en toda historia. Pero no quiero dispersarme demasiado. Veamos ejemplos literarios que tal vez ubiquen mejor: El principito, de Antoine de Saint-Exupéry; La montaña mágica, de Thomas Mann; Fausto, de Johann Wolfgang von Goethe; Divina Comedia, de Dante Alighieri; El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald; Beowulf, de autor anónimo; Juan Cristóbal, de Romain Rolland…

El sueño de la utopía: En realidad Bloom nombra este tópico como el sueño americano (chovinismo aparte). Pero por los detalles que menciona, se puede fácilmente nombrar como el sueño de la utopía. Dirá que se parece a un tópico mencionador anteriormente y quizá tenga razón. Pero aquí entran los grandes proyectos y a veces los proyectos fallidos. Mencionaré ejemplos variados: Utopía, de Thomas More; Hojas de hierba, de Walt Whitman; La casa en Mango Street, de Sandra Cisneros; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Las ilusiones perdidas, de Honoré de Balzac; Quo vadis?, de Henryk Sienkiewicz; La jungla, de Upton Sinclair…

El tabú: El incesto, la pederastia, el parricidio, la envidia de hermanos y familia de la misma sangre, las prácticas espirituales cuestionables. ¿No ha estado el tema tabú desde el principio de los tiempos? Y como cosa curiosa, durante siglos siempre fue un tema predilecto y atrayente, quizá por morbo, por transgresión, o por la extraña mezcla de miedo y placer. Muchos escritores han exorcizado estos temas y otros también les sacaron provecho. Pero nada reemplaza mencionar ejemplos: Larga noche hacia mi madre, de Carlos Cortés; Hijos y amantes, de D. H. Lawrence; Lolita, de Vladimir Nabokov; Las flores del mal, de Charles Baudelaire; Ibis, de José María Vargas Vila; Los versos satánicos, de Salman Rushdie; Los cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont…

El embaucador y el embaucado: También suele estar incluido el tramposo, el pícaro, el charlatán, el hombre de las mil pasadas, o a quien le cae la ley de Murphy completita. Aquí entran también los aprovechados y los hacelotodo, aunque depende del caso. En El Salvador solemos decir “el que quiere salir de vivo”, lo cual implica un amplio sentido semántico. Como notará, aquí entran tanto los dramáticos como los cómicos. Se me ocurren estos ejemplos: Lazarillo de Tormes, de autor anónimo; Odisea, de Homero; Factótum, de Charles Bukowski; En el camino, de Jack Kerouac; La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe; Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño…

El humor  y el humor negro: Para el solemne promedio toda forma de humor es un insulto. Para los antiguos era el remedio inmediato cuando ya no queda más (“mejor reír por no llorar”). Lo cierto es que el humor es casi una ciencia exacta y no es para todos. ¿Cuántas veces se pierde el chiste porque faltó algo, incluido el momento oportuno para crear un efecto? Es por eso que, contra lo que se pueda pensar, el manejo del humor no es para cualquiera. Mucho menos el humor negro. Pero veamos ejemplos: Una modesta proposición, de Jonathan Swift; Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam; Esperando a Godot, de Samuel Beckett; Ubú rey, de Alfred Jarry; Del asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey; Relatos de lo inesperado, de Roald Dahl; Pobrecito poeta que era yo…, de Roque Dalton…

La alienación: También aquí entran en gran interrelación la enajenación y la locura. A veces nos lleva a descubrir la luz, a veces nos termina de hundir en las tinieblas. Las verdades se relativizan, nada es como creíamos y a veces ya no sabemos qué es lo que buscábamos o queríamos. A veces el héroe cuestiona y destruye los valores establecidos. Ejemplos: Los muertos, de James Joyce; La campana de cristal, de Sylvia Plath; El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger; Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey; Memorias del subsuelo, de Dostoievski; El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson; El hombre invisible, de Ralph Ellison…

Pecado y redención: Parecen elementos que van de la mano, pero no siempre uno nos lleva a otro. A veces nos muestra su desarrollo como dos caras de una moneda, en ocasiones como relación dialéctica, pero lo cierto es que nos muestra la causa y el efecto, la siembra y la cosecha, los hechos y las consecuencias. Ejemplos: Papá Goriot, de Balzac; Todos los hombres del rey, de Robert Penn Warren; Don Juan Tenorio, de José Zorrilla; Don Álvaro o la fuerza del sino, de Duque de Rivas; El progreso del peregrino, de John Bunyan; La tierra baldía, de T. S. Eliot; Prohibido suicidarse en primavera, de Alejandro Casona…

Lo grotesco: ¿Qué decir de lo grotesco sin aludir a Bajtin o algunos escritores del romanticismo? Morbo y fealdad no lo son todo, ya que a veces lo grotesco trae consigo lo sublime; sin embargo, suele poner a prueba nuestros sentidos, nuestra percepción de la tolerancia y los límites de nuestro sentido moral. Ejemplos: La metamorfosis, de Franz Kafka; Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley; Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais; From Hell, de Alan Moore; Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello; Gestas y opiniones del Doctor Faustroll, patafísico, de Alfred Jarry; El conventillo de la Paloma, de Alberto Vacarezza…

Sexualidad humana: Dirá que este tópico se relaciona mucho con el del tabú y no le faltará razón, porque en el tabú se abarca la sexualidad ahora llamada kink y todas las parafilias. Así que este tema se contiene y complementa, pero también es distinto. ¿Qué puede decirse de la sexualidad? ¿Acaso no es inherente en toda la literatura? Sí y no. La sexualidad está en todo y todo lo permea, pero la sexualidad en la literatura es una cuestión muy concreta. Hay ejemplos en lo erótico como género declarado y también de forma sugerente. Veamos ejemplos: Justine o los infortunios de la virtud, de Marqués de Sade; Las amistades peligrosas, de Pierre Choderlos de Laclos; Tess, la de los d’Urberville, de Thomas Hardy; La Venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch; El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez; Las edades de Lulú, de Almudena Grandes; Elogio de la madrastra, de Mario Vargas Llosa…

El viaje del héroe: ¿Qué puedo decir de este tópico? De verdad que mejor lo callo, porque ya lo ha visto demasiado en películas, series y literatura. Solo convengamos en que el viaje del héroe no son pasos fijos. También hay variantes. Mejor lo dejaré solo con los ejemplos: El señor de los anillos, de J. R. R, Tolkien; Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin; Dune, de Frank Herbert; Retrato del artista adolescente, de James Joyce; Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll; David Copperfield, de Charles Dickens; la saga de Harry Potter, de J. K. Rowling…

Lo sublime: Aquí vuelvo a quedar en aprietos. Cuando se habla de lo sublime es más fácil ejemplificar que definir. Y eso que poner ejemplos pertinentes es igual de complicado. En lo personal recomiendo la lectura de Longino, pero solo lo dejaré mencionado sin aludir a una lectura-verdad. Mejor pasemos a ejemplos literarios (hice mi mejor esfuerzo, así que espero sepa perdonar las fallas): Elegías de Duino, de Rainer María Rilke; En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust; El aleph, de Jorge Luis Borges; los libros proféticos de William Blake; El hundimiento de la casa Usher, de Edgar Allan Poe; El paraíso perdido, de John Milton; Moby-Dick, de Herman Melville…

Muerte y agonía: Es tan amplio y específico a la vez: tanto la muerte como la agonía desencadena, pero a veces también es un fin. La muerte y la agonía establece relaciones terciarias y a veces es solo el fondo y paisaje. Ejemplos: La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Matadero cinco, de Kurt Vonnegut; Mientras agonizo, de William Faulkner; El señor de las moscas, de William Golding; El túnel, de Ernesto Sabato; Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez; A sangre fría, de Truman Capote…

El laberinto: No hay que confundir con las tramas detectivescas o con los bildungsroman. Sin embargo, hay un poco da cada cual en el tópico del laberinto, ya que este implica búsqueda. No siempre la búsqueda nos lleva a buen puerto, aunque en ocasiones ocurrirá un cambio radical, una revelación y a veces anagnórisis. Ejemplos: Ulises, de James Joyce; El nombre la rosa, de Umberto Eco; El laberinto de la soledad, de Octavio Paz; El arcoiris de la gravedad, de Thomas Pynchon; El jardín de los senderos que se bifurcan, de Jorge Luis Borges; Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino; Grandes esperanzas, de Charles Dickens…

Aunque Harold Bloom sabe de sobra, como lo saben los miles de teóricos y estudiosos de la literatura, que es imposible condensar de 24 a 30 siglos (o más, si contamos la inescrutable tradición oral) de literatura en unos cuantos tópicos, además de las miles de variantes, combinaciones, ingenuidades, tradiciones y simbolismos perdidos, y toda la parafernalia de la forma que impide encasillar en conceptos puristas, es preferible en cierto modo la enumeración de motivos para tener al menos puntos de referencia. Tal y como gustan las ciencias formales.

Claro, claro, lo sé… no quiero implicar que los estudios literarios tengan algo de formal en un sentido nomotético, pero sé que me comprende, aun cuando tal vez tenga cierto desdén a toda forma de estudio del arte y la literatura: sin toda esa forma de ordenamiento (o encasillamiento, por si quiere utilizar un dedo acusador) sería imposible moverse en el inmenso océano de este arte. Convengamos entonces en que, para bien o para mal, todo ese rollo de los grandes temas y los grandes motivos es como tener a disposición un mapa básico para navegar. Un mapa primitivo, por supuesto, una vara desfasada para medir, lo entiendo, pero que direcciona de todos modos.

Ahora bien, si se está preguntando por qué en esta lista no están algunas de las obras más grandes de la literatura universal (me da ñáñaras pensar en literatura más grande que otra, pero bueno… con tal de darme a entender) es porque estamos en sintonía: precisamente la mayoría de obras literarias admiten más de un tópico dentro de ellas y algunas son hasta inclasificables. ¿Cómo encasillar al Ulises de Joyce,  el Quijote de Cervantes o Los miserables de Víctor Hugo? También en las muchas mencionadas anteriormente ocurre lo mismo. Es decir, ¿cuántos tópicos encuentra en 1984 o en El corazón de las tinieblas? Claro, estoy consciente de eso: por eso el modelo de los grandes tópicos a veces se considera caduco: es difícil domar un ser tan salvaje como la literatura, donde se puede encontrar todo y nada a la vez.

Pero insisto en lo antes mencionado: los grandes temas y los grandes motivos son como un mapa. Además, ¿cuántas veces uno como lector no tiene ni siquiera un punto de referencia? A veces disfrutamos caminar con un poco de incertidumbre… es decir, leí al Gabo, a Orwell o Balzac sin pensar en si eran esto o lo otro, o si pertenecían a tal o cual movimiento. Solo los leí y ya. Sin embargo, admito que al conocer uno que otro dato contextual, además de opiniones pertinentes de algunos expertos, sentí que mi interpretación de lo leído se enriqueció. En ese sentido, creo que podemos concluir en lo siguiente: los tópicos o motivos tal vez pueden ayudarnos con la lectura, además de las observaciones de los críticos, pero lo primero, lo fundamental, lo que debe estar por encima de cualquier opinión, es la lectura misma, es decir, primero hay que leer y luego, si tal vez el texto nos despierta intereses extraliterarios, entonces busquemos más. Si leemos primero una opinión o las etiquetas y no nos enfrentamos al texto, ¿cómo podremos saber de qué va la cosa?

Antes que lo olvide debo aclarar —innecesariamente— que esta lista posee ejemplos, pero en ningún momento es una cosa exhaustiva o absoluta. Escribo desde mis limitaciones y no tengo la culpa si desconozco una obra literaria que se apegue más a los grandes temas y motivos. No puedo leer los millones de libros existentes para conocer todo lo que hay. Son solo ejemplos ilustrativos y nada más. Molesta tener que aclarar una cosa así, pero en mi corto tiempo que llevo de estar escribiendo me han llegado comentarios de esa índole: “No mencionaste tal cosa y esa se apega más”.

En fin…

No recuerdo qué escritor mencionó en alguna ocasión que Harold Bloom era el mejor crítico literario de América, por haber devuelto la pasión por las listas, por la inagotable búsqueda de los grandes, de los excelentes, de los futuros inmortales… pero también decía este escritor que Bloom era, al mismo tiempo, el peor crítico de América, porque colocar a un escritor la etiqueta de mejor o peor que otro indica que hay un sesgo e imposición del estilo, del tema y la forma. Y lo sé: es una cosa amplia, demasiado compleja para tratarlo en tan pocas líneas… pero recordemos lo que dijo un poeta: “Solo lo difícil es estimulante”.

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