Canon literario consuetudinario

De cuando iba a segundo grado, recuerdo tres libros que la maestra nos dejó: Girasol, de Claudia Lars; Jícaras tristes, de Alfredo Espino; y Cuentos de barro, de Salarrué. El libro de Claudia Lars era más bien una antología, que si mal no recuerdo disfruté con el corazón de niño a plenitud (de hecho, todavía recuerdo algunos de los poemas, como ¿Qué quieres, lobito?, Cásate conmigo, matita de arroz, Rapa tonpo cipi topo, etc.). En cambio el de Salarrué me parecía un libro de miedo, porque pensaba que de verdad todas las historias eran reales. El de Alfredo Espino creo que fue el primer libro que me obligué a leer a la fuerza, porque estaba consciente de que mi papá se enorgullecería si sabía que lo había leído completo.

Quisiera extenderme grado por grado, pero no pretendo insultar su inteligencia: sé que sabe hacia qué punto llegaré. De tercero a noveno, salvo ligerísimas variaciones, lista la completaron Arturo Ambrogi, Francisco Gavidia, Alberto Masferrer, David Escobar Galindo, Alberto Rivas Bonilla, Miguel Ángel Espino, León Sigüenza, Álvaro Menen Desleal, Sara Palma de Jule y Lilian Serpas. No quiero añadir lo obvio, pero tampoco deseo que me malinterprete: es evidente que en nueve años de educación básica también metieron muuuuchos otros autores, de todas las latitudes de este planeta. Pero como mi tema de ahora mismo es El Salvador, quiero que razone por un momento: ¿le parece bien que en nueve años solo hayan incluido a estos autores? (Bueno, al menos en el programa que me tocó a mí, en la escuela en la que estudié).

Nueve años de literatura salvadoreña con esa lista. Y no renegaré de ella, porque jamás renegaría de Salarrué o Claudia Lars… pero… ¿nota las omisiones? ¿Qué nombres añadiría? O bueno, ¿al menos siente un poquito de simpatía por la literatura salvadoreña? De no ser por mi profesor de sociales en noveno grado, creo que hasta el bachillerato habría sabido de la existencia de Roque Dalton. Pero bueno, ¿qué se puede esperar de una escuela con un lejano rescoldo posfranquista? Ódieme, pero es la verdad: algunas escuelas y colegios católicos poseen ese pecadillo. En su momento amplié sobre esa idea. No será en esta ocasión.

Tuve que esperar al bachillerato para saber quiénes eran Oswaldo Escobar Velado, Pedro Geoffroy Rivas, Manlio Argueta, Roberto Armijo, Ítalo López Vallecillos, Waldo Chávez Velasco, Claribel Alegría y bueno… algunos autores más, al menos hasta llegar a las década de los setenta. En todos, al menos en mi caso, se repitió lo que pasó en educación básica: leer biografías, que el profesor hablara de ellos y que nos dieran muestritas, cucharaditas de su producción literaria, casi siempre lo más conocido. Para mí fueron una lista de nombres. Y si jamás olvidaré a la maestra de segundo grado es porque al menos ella nos hizo leer tres libros salvadoreños (bueno, técnicamente dos, pero se entiende la idea). Salvo la lectura de Un día en la vida, del resto de autores bastaron breves muestras y fragmentos.

Y bien, ahora tenemos ampliada la lista a once o doce años (dependiendo del bachillerato) de formación escolar, y de la literatura nacional no llegamos ni a 20 autores, todos posiblemente leídos en lo más superficial posible. Y si un estudiante conoce a más de 20 escritores será por sus nombres, pero estoy totalmente seguro de que a pocos habrá leído gracias al sistema escolar. Insisto, con toda probabilidad será por iniciativa propia, pero dudo que por el programa.

¿Que hay lecturas más importantes? Bueno, yo me cuidaría de una definición tan vaga como “importante”. Aquí hay en juego mucho más. Claro, a mí también me gustan autores de todo el mundo, pero considero que es importante leer a los autores locales, por muchas razones que tardaría en enumerar y que no haré porque por el momento no es el tema.

Como repito, no renegaré de la lista de la formación escolar que me tocó. Si no hubo tiempo en todos esos años debido a que hay que llenar y atiborrarnos de miles de cosas, al menos me aseguraría de no tener que repetir lo mismo para la siguiente generación. ¿Cómo así? Espero que se esté preguntando. Bueno, ya que no quiero abusar de este espacio, trataré de responder de forma simple a esta cuestión.

Salvo en algunos pénsum más modernos, el 99 % de carreras universitarias de El Salvador apenas revisan uno o dos textos literarios salvadoreños. De hecho, conozco a muchas personas que sienten alivio al saber que no volverán a estudiar literatura y otros hasta felicidad al saber que jamás volverán a oír algo de literatura salvadoreña. Y si se revisan textos literarios, lo usual es que se leen fragmentos y los de siempre. Solo en algunas carreras de humanidades veo que estudian a un par de autores más, pero en TODA la etapa académica, a lo sumo, la lista llegará a 30.

Sumemos entonces los años: 9 de básica + 2 de bachillerato + 5 de universidad da como un total de 16 años de formación académica, donde con suerte se leerán (siendo generosos y optimistas) desde unos 20 a 30 autores, estudiados a puros fragmentos y textos repetidos de generación en generación. De todos ellos tal vez se lean solo unos cuantos libros.

Reitero una vez más y lo repetiré al infinito: no me avergüenzo de ese canon impuesto y de esa forma mediocre de estudiar nuestra literatura. Ni modo, es lo que nos tocó. Hay otras emergencias académicas. Siempre las hay. Al menos así lo justificarían… bueno, he oído a algunos que justifican la importancia, prioridad y jerarquía del conocimiento. No evito pensar en Althusser, pero no es el tema de esta ocasión. Por el momento, solo quiero que repare en el alcance de todo lo dicho anteriormente: si de repente usted sintiera interés por conocer más allá de la lista de siempre, ¿qué haría para encontrar un texto?

Al principio es fácil responder a esa pregunta: claro, iría a una librería, y si no quiere gastar revisaría el catálogo de las principales bibliotecas universitarias y nacionales. Digamos que de verdad desea leer a un autor salvadoreño y que idealmente encuentra lo que quiera leer. En ese caso siéntase afortunado. A mí me ocurrió que quise hacer un recorrido histórico de la novela en El Salvador y resulta que hice una lista que no pude hacer checklist ni al 50 %. Y con eso me refiero a que hice la lista con la información que ofrecen Gallegos Valdés, Toruño, Vargas Méndez, Cañas Dinarte y otros que escribieron libros de historia de la literatura salvadoreña. Novela que mencionaban ellos, la anotaba en una lista. Cuando obtuve la lista completa, traté de ubicarlos. Con algunos lo logré. Con el resto, comencé incluso a sospechar que eran ficticios, que eran algún dato equivocado. ¿Cómo es posible que textos literarios salvadoreños sean imposibles de ubicar en El Salvador?

Durante un tiempo lo comenté con otros interesados en la literatura. Algunos amigos hicieron sus respectivos intentos con cuentistas, ensayistas, poetas, dramaturgos… el caso fue igual. A este tiempo ya se puede encontrar —por mencionar un ejemplo— una versión digital de La tragedia de Morazán, pero en aquel entonces nos resultó imposible, hasta que nos permitieron fotocopiar de una hemeroteca una versión publicada en revista La Universidad hace ya mucho tiempo. ¿Cómo es posible que sea tan difícil ubicar a un autor salvadoreño o alguna publicación histórica? Peor todavía, ¿cómo queremos que nuestros actuales maestros puedan replantear y transmitir una imagen mucho más completa y enriquecida de nuestra producción literaria, si apenas tienen al alcance las publicaciones? ¿Cómo esperamos crear nuevos lectores si los que ahora son maestros vienen de leer fragmentos cuando eran estudiantes y por ende el 75 % apenas tiene el hábito de la lectura?

En fin… siempre que escribo sobre esto o me recuerdo de tan tenebroso panorama, siento que me corroe una extraña decepción, una tristeza peculiar, una sensación de abandono. En una ocasión mencioné más o menos todas estas ideas en un círculo social “X” y nunca olvidé una particular respuesta que me dio un señor, a quien consideraba respetable: “¡A la puta!, si en este país hay cosas más importantes que las mierdas que escriben estos babosos”. Claro, claro, siempre las emergencias, siempre otra cosa. Cualquier cosa siempre será más importante y emergente, exceptuando nuestra formación histórica e identidad cultural.

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