Contradicciones de un mal lector

Creo que soy uno de esos lectores indecentes y mal habidos, de esos que llaman lectores promiscuos, quienes resultan con peores hábitos que un presentador de espectáculos. Al menos el presentador ha desarrollado las posibilidades para expresarse en television y finge perfectamente que conoce a esos miles de artistas que son su fuente de trabajo y comidilla. Los que somos malos lectores apenas podemos opinar de una y otra cosa, con posibilidad de equivocarnos a todas luces. De todos modos, ¿quién tiene la certeza de qué en este mundo?

Si he de ser franco, nunca encontré mis lecturas predilectas. Creo que he hojeado miles de libros, he leído —mal— unos cientos de libros y solo podría recordar unos cuantos, ya más en específico. En síntesis, creo que solo podría recordar 15 o 20 libros a lo más, y esto con mucha dificultad. No me siento autorizado para hablar de ningún libro en particular con toda propiedad, porque todos me generaron en algún momento demasiadas dificultades como para sentirme solvente y ponerme en plan de ensayista, llámese academicoide o erudito literario: en ambos casos solo iría a un precipicio de sesgos y estupideces. Hasta que me salí de la universidad comprendí que no tengo el más mínimo respeto por la crítica literaria, aunque sería capaz de leerla y creerme casi todo lo que de ella emane y me diga. Al menos sería capaz de valorarlo y tomarlo en cuenta. Fácilmente me convence todo lo que lea de Bajtin, Barthes, Lotman, Eagleton o Todorov. Todos me parecen con demasiada genialidad y todos dignos de ser leídos hasta en sus últimas páginas. Pero admito que no sabría defender ninguna de sus ideas y ni sabría justificar el porqué creer en ellas.

Es triste, pero después de tantos años de leer, me he descubierto no solo mal lector, sino uno de esos que ni siquiera tiene una opinión memorable de ningún libro. Los libros que creo dominar son los que todo mundo conoce y de los que todos tienen una opinión más o menos similar a la mía. ¿Para qué diablos leo si ya todo mundo sabe antes de que yo lea? Y no es que lo diga con ese esnobismo infantil, que de por sí suele caracterizar a los malos lectores: es que de verdad considero inútil tener que cruzar los mismos caminos que todos los demás han transitado y más o menos con mejor suerte de lo que a mí me espera, por lo cual no tendría nada qué compartir, si todo mundo ya viene cuando apenas voy. Así que, ¿leer eso para qué? O mejor dicho: compartir mis lecturas, ¿para qué? Mejor me las guardo.

Quizá por eso en algún momento de mi vida consideré más importante leer las novelas salvadoreñas, ya que al menos intentaría comprender o aunar una visión global de lo que significa la novela en El Salvador. Eso, por supuesto, en el mejor de los casos de las utopías. Soy tan mal lector, que no recuerdo haber terminado un solo libro en este año, aunque sé que estuve hojeando y comencé muchos. Quizá demasiados libros.

Recuerdo que comencé la obra completa de Conan Doyle, además que comencé a leer a Allan Poe con más seriedad. Con ambos he sido fluctuante, según debo reconocerlo. Un libro que terminé de leer es Leviatán de Paul Auster. Debo decir que es una gran novela o que me lo pareció, aunque vuelvo de nuevo al problema de no poder sostener por qué. Con un poco de esfuerzo, puedo pensar en que considero que los personajes están bien logrados, delimitados y dibujados, de tal forma, que con pocas palabras logra un nivel de verosimilitud que hace rato no recuerdo haber leído en otra novela. Es decir, muchos personajes de libros que he disfrutado están bien caracterizados, pero muy pocos los recuerdo con un nivel de realismo con el que considero que Auster lo ha logrado. El argumento de la novela es hasta cierto punto bastante sencillo, pero sus personajes son brutal y concienzudamente reales. Eso hizo que la novela me gustara. Y definitivamente volvería a leerla y leería también otra cosa del mismo autor. No evito sentirme esnob después de escribir esto ultimo.

Entre este y el año pasado he conocido muchos autores y he recibido muchísimas recomendaciones. Si me pusiera a leer todas ellas, con suficiente disciplina, podría terminar todos esos libros en los siguientes cuatro o cinco años. Quizá más. Son muchísimos.

Pero volviendo a la idea: considero que he tenido experiencias satisfactorias con los autores salvadoreños. Tal vez no tienen las “exquisiteces” que uno encuentra en autores extranjeros, pero sí son lo suficientemente legibles e interesantes. Moya, Menjívar Ochoa, Hugo Lindo y Salarrué, los considero autores que volvería a releer. A Jacinta Escudos también. Y, sin lugar a dudas, a Roque Dalton. Tengo en mi lista de pendientes a otros autores. Y si bien he mencionado narradores en su mayoría (debo acotar que prefiero al Dalton ensayista y narrador), también quiero explorar otros géneros.

Este 2016 es mi año de lecturas salvadoreñas. Sé que algunos pensarán que me estaré privando de las grandes maravillas de lo que sospechosamente denominan algunos como literatura universal. A lo mejor así sea, pero tengo el deseo y la emergencia de conocer mejor lo nuestro. He procrastinado demasiado sobre eso. Siempre aparece algún libro o un compromiso que consume todas mis energías y de repente veo que mencionan algún escritor fallecido, sin pena ni gloria. Entonces me digo: ¿por qué no darme la oportunidad de conocer sus trabajos?

Por cierto, en algún momento tendré que hacer ese recuento de daños, en cuanto a la procrastinación… pero definitivamente será en otra ocasión.

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