Una anécdota sobre libros

En una ocasión tuve la imperiosa necesidad de vender 200 libros. Los escogí de mi biblioteca personal y partí de varios criterios que por el momento no vienen al caso. Pero si usted tiene su pequeño patrimonio, sé que me comprenderá. Hay libros que me fueron y siguen siendo irrenunciables. Hay otros de los que disponía de una segunda traducción o ejemplar extra. Y algunos no valen mucho, pero poseen el valor subjetivo que les he asignado por circunstancias personales.

Y bueno… a regañadientes y con el dolor de mi alma reuní 200 libros y los vendí. Pagamos deudas, comimos, reunimos para unos trámites que ella necesitaba, y lo más importante, compramos la comida para el niño. De mi familia hubo reacciones de toda clase y la más sorprendente fue que “hice bien”, porque “los libros acumulan espacio y no sirven para nada”. Dejé que todos opinaran, porque ¿de qué servía argumentar sobre percepciones superficiales?

Tardé meses en superar la mutilación de mi biblioteca personal y mucho tiempo después, ya recuperados en lo económico y con la capacidad de pagar internet, lo primero que hice fue descargar en versiones digitales todos los títulos a los que tuve que renunciar. Y como mejoré algunos trucos para encontrar lo que quería, además de que aparecieron muchos sitios que se convirtieron en paraísos virtuales, comencé a descargar a diestra y siniestra, respaldando información, creando carpetas según área de conocimiento, buscando incluso las fuentes de los folletos que recibí en todos mis años de la universidad. Hasta me puse a aprender un poco de bibliotecología, pues, para que vea que a veces exagero con este rollo de los libros.

El resultado es indescriptible. Mi biblioteca virtual llegó a ser cientos de veces más grande que mi pequeña biblioteca personal. Y claro, si ya creció la duda no se preocupe, que la pregunta es pertinente: ¿para qué quiero tanta información si no me alcanzará la vida para leer millones de páginas?

La respuesta tendría que dársela a título personal, mientras nos tomamos un cafecito. Por el momento le dejaré una provisional.

Para mí la verdadera utopía del conocimiento es y será cuando todos los libros del mundo estén al alcance de un buscador interno, que nos permita hurgar en yottabytes de información de primer orden, consultar variables de lo que necesitamos y poder acceder al menos a diferentes niveles de búsqueda y consulta académica y personal. ¿Se imagina un motor de búsqueda superpotente que pueda guiarlo a fuentes primarias de conocimiento que jamás imaginó? Es imposible leer todos los libros del mundo. Yo sé que no leeré todos los libros que tengo físicos y digitales. Pero ¿para qué quiero leer el 100 % de mis libros? Eso es imposible. Pero me conformo con poder consultarlos y hacer búsquedas concretas. Eso también alimenta. No lo dude.

Para algunos eso de bibliotecas digitales equivale a la muerte del libro, pero no estoy de acuerdo. El libro, como producto cultural, es la expresión más completa y contundente que tenemos como seres humanos para transmitir el conocimiento de generación en generación. No es un medio 100 % seguro, porque es vulnerable al fuego, al agua o a lo que se le ocurra para destruirlo. Pero una bomba de pulso electromagnético puede aniquilar los mejores soportes informáticos. Si usted pierde su respaldo en disco duro externo podría perder años de investigación. En otras palabras, no existe en el mundo un soporte 100 % seguro. Hasta el internet puede vulnerarse.

El libro no puede morir porque ha pasado por un proceso de validación, en el que tiene que pasar por varias manos para finalmente ver la luz en las librerías y que usted tal vez se dé el gusto de comprarlo. Sé que hay libros malos, así como editoriales malas. Pero eso es como todo y todos: en todas las profesiones, áreas de conocimiento y trabajo encontrará buenos, malos, esforzados, charlatanes, soñadores, etc.

Imagine que llevo mi novela a una editorial, la revisa un consejo con expertos y todo —ya sé, en la realidad no funciona así, pero déjeme ejemplificar—, me hacen observaciones pertinentes que ni yo había notado después de meses de escritura y revisión. La corrijo, pasa a las manos de un equipo de corrección de estilo y finalmente le da todo mundo el visto bueno para publicarla.

Suena simple, ¿no? Pero si lo medita hay meses y a veces años —dependiendo del rigor, prestigio, responsabilidad y otros factores de la editorial en cuestión— para que el libro llegue a las estanterías de su librería preferida. Y al menos idealmente tendría que llegar con la mayor calidad posible.

Y al comprender eso en toda su dimensión, más todas las cosas que he vivido, más todo lo que tuve que hacer a veces para fotocopiar un libro, comprarlo usado y en mal estado, prestar y molestar a alguien para que al menos lo escaneara, hacer muchas cosas para comprar esa edición que necesitaba para mis estudios y un largo etcétera. Y sumemos a eso las limitaciones contra las que tuve una lucha encarnizada y sin descanso —provengo de una familia de comerciantes informales—, me resulta incomprensible cuando alguien compra un libro (a veces caro) y no lo lee.

Más sorprendente me resulta cuando regalo un libro o consigo una edición que una persona me pidió y no lo lee. No haré apología de la piratería, pero si no hubiera sido por las ediciones digitales, me habría privado de leer a todos los clásicos que conozco. Así que no me cabe en la cabeza cuando, después de una larga búsqueda y esfuerzo, entrego un libro y que la persona no lo lea.

Quizá sea cierto eso que cuando a la persona no le ha costado y se lo dan en la boca no sabe apreciar. No lo sé y no me interesa comprobarlo. En mi caso, que crecí como una persona con limitantes y hambre de conocimiento (combinación letal para quienes se frustran con facilidad), cada libro que me han regalado lo conservo y cada recomendación la leo, porque pienso que me recomiendan una lectura por alguna razón importante que al menos necesito comprobar.

La fila de lecturas nunca se acaba y hay libros con los que no logro identificarme, pero tengo la honestidad para decirlo y solo en ese caso abandono la lectura. Leo fundamentalmente por placer y solo en contadas ocasiones por rigor y disciplina, porque cuando una lectura me parece farragosa pero sé que será recompensante, entonces me atrevo a ir hasta el final.

Y bueno… llámeme caprichoso o lo que sea, pero por todo lo anterior explicado tomé la política personal de no recomendar libros ni conseguir para nadie, a menos que me lo pidan, o por lo menos que sepa que tiene los mismos intereses, la misma pasión. A lo mejor mis motivos son infantiles, pero no evito pensar en todas las personas que he conocido a lo largo de mi vida y no han tenido un par de dólares para obtener el libro que desean. Y entonces me molesto innecesariamente con quienes no valoran.

Mientras esa injusticia ocurre, hay personas que ni aunque les regalen un buen ejemplar o les consigan esa edición difícil de localizar y que incluso así no se tomen la molestia de revisar… bueno… la palabra indignación me resulta insuficiente. Así que ¿para qué complicarse? El libro se celebra con los amantes de los libros. Las lecturas se comparten por simple afinidad. Y si usted es otro amante de los libros, le envío un abrazo fraternal. Feliz Día Internacional del Libro.

2 comentarios en “Una anécdota sobre libros

  1. Como reza el dicho “Dios le da pan a quien no tiene dientes” es triste el que hayas puesto empeño, tiempo y cariño en escoger un regalo tan valioso como un libro y que esa persona ni miras de leerlo.
    Con el tema del libro digital me pasa lo mismo, descargo muchos incluso aunque sé que no podré leerlos todos pienso que intentar leer la mitad no estaría mal (soñar es gratis) Saludos 🙂

    Le gusta a 1 persona

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