Sobre el pequeño detalle de no caer bien

Con suma impotencia* debo reconocer que en mi vida nunca supe distinguir cómo le caigo a las personas (si bien o mal), hasta que demasiados indicios me señalaron lo evidente. Así que, tras muchos escollos y tropiezos, tuve que pasar por las situaciones más bochornosas, vergonzosas y a veces hasta dolorosas. Inundaría de información inútil este blog si me pusiera a contar cada situación pintoresca, así que jamás me pondría a escribir semejante bodrio. Solo sé que carecí toda mi vida de esa necesaria inteligencia emocional: mea culpa.

Lo que puedo decir en términos generales, y es lo que apenas mi torpe experiencia me ha enseñado, es que hay una línea delgada, esquiva, invisible e imperceptible que jamás supe distinguir en mis circunstancias, y esa línea separó toda mis relaciones humanas. O caigo bien, pero en la distancia; o caigo bien, gano la amistad y pasa a formar parte de mi vida; o no caigo tan bien, y me tratan con distintos niveles que van desde la cortesía hipócrita, luego seca, luego tosca y finalmente aparece el muro de hielo; o bueno, ya de plano caigo mal y me lo hacen saber de las formas más variadas e imaginables.

Ya todos sabemos que eso es desagradable, sea en el nivel que sea. Hay un dicho popular, con sus respectivas variantes, que dice así: “A mí no me jode quien quiere, sino quien puede”. Todo parece reducirse a una cuestión de actitud. En mi caso, no evito cuestionarme: “Bueno ¿y qué le he hecho a esta persona? ¿Cuál es su problema conmigo?”.

Y no me lo pregunto porque me afecte en mi día a día, sino porque tal vez necesito cambiar. Si la persona no habla o al menos tiene un argumento válido, ¿cómo podría cambiar? No somos perfectos, así que no me venga con eso de que no debemos cambiar por nada ni por nadie. Cambiar forma parte de vivir y saber ver lo que a veces no podemos, de no ser por las observaciones desde la otredad, nos ayuda también a pasarnos la tabla rasa, al menos los más conscientes, y así tratar de ser mejores personas.

Eso me ha hecho plantearme algo quizá descabellado, pero interesante: también está la posibilidad de no caer bien solo por ser uno, solo por existir. También podemos no caer tan bien por la imagen que la otra persona se hizo a partir de una percepción errónea, o lo que llamamos en nuestro países: “Sudar calenturas ajenas”. Todo puede pasar.

Es imposible caerle bien a todo el mundo, así como es imposible quedar bien con todos los grupos, ideales, religiones y sectores de la sociedad. Viene con el paquete de ser persona. Entonces ¿por qué mencionar todo esto?

No sé si a usted le ha pasado. Yo apenas lo he vivido en tres ocasiones. ¿Recuerda un momento exacto de felicidad, algo así como indefinido pero reconfortante? Esa deliciosa sensación de alivio, liberando dopamina, sintiendo una repentina paz en el corazón. ¡Qué vivan las maravillas bioquímicas de nuestro cuerpo!

Hace poco hubo un cambio en mi vida. De un contexto laboral pasé a otro. Tuve el infortunio de tener una mala relación laboral con un par de compañeros. Nada del otro mundo, todo con posibilidad de sobrellevarlo. Después de un año se vuelve tedioso, por supuesto, además que sobre todo una de las personas implicadas hacía el esfuerzo supremo de ser desagradable, mientras era capaz de poner la sonrisa más amable. Curiosa combinación ¿verdad?

Estoy seguro de que esa persona tiene sus motivos válidos para pasar de mí, pero jamás tuvo la valentía de admitirlos y mucho menos la madurez de afrontarlos. Incluso cuando intenté llevar la fiesta en paz. Así que esa persona (antiprofesional, desde cualquier punto de vista) solo se limitó a ser un mal ser humano. Así de simple. Una persona con una actitud injusta, y ya.

Pero hace poco tuve una transición laboral y ya no volveré a ver a esa persona, así como tampoco volveré a ver a bastantes personas a quienes sí extrañaré. Ni modo, nada es perfecto. Y cómo son las cosas, porque cuando por fin se fue (en mi caso me tocaba irme después durante ese día de labores) sentí el alivio anterior del que le estaba hablando.

Mientras caminaba hacia la parada de buses me lo pregunté: “Si sentí tanto alivio, porque sé que no volveré a ver a esta persona… ¿quiere decir que llegó a afectar mi vida?”. Quizá sí, ya que de todos modos pasamos en nuestros trabajos la mayor parte del tiempo. Igual, de que afecta en sentido riguroso, bueno, nos afectan hasta las hormigas aunque no seamos capaces de verlo. Todo el día a día se ve afectado por elementos circunstanciales.

Durante una entrevista de salida para el cambio de trabajo se me brindó la oportunidad de denunciar acerca de las malas relaciones laborales, además de presentar pruebas (que tengo suficientes, pero que jamás utilicé). Sin embargo, no quise decir nada. Y se sintió bien. Condenadamente bien, como ya me mal acostumbré a la frase cliché. Me voy en paz. No le debo nada a nadie y no le hice nada a nadie. Siempre agaché la cabeza, siempre me dejé. Las pocas veces que me defendí fue para empeorar todo. Y lo peor es que esa persona está convencida que lo que hace está bien. Si hay un demiurgo, que su bendición caiga sobre su vida. Hay sol y sombra para todos. Eso forma parte del paquete de la existencia.

Y si todo se reduce a lo que dice la Biblia, entonces que se cumpla lo que dice Romanos 2: 5-6, que no es ni bendición ni maldición, sino una ley universal e invisible, que también aparece como creencia en muchas otras doctrinas: que nuestro pago sea conforme a nuestros hechos, que lo sembrado un día dé su cosecha. Eso no es ni bueno ni malo, sino que dependerá de cada quien. Es lo justo.

Sin lugar a dudas toda esta perorata es un vano autoconsuelo. ¿Con quién estoy compartiendo esto? Hace tiempo que el humanoide tras la pantalla desapareció. A veces suelo ser más objetivo y hablar de temas que atañen a todo mundo. A veces abuso de los bits y escribo cosas personales, como en esta ocasión.

Le di demasiadas vueltas en mi cabeza, y quizá porque se convirtió en una terrible incertidumbre fue que terminé escribiendo aquí, donde expongo más dudas que respuestas. Tal cual se nos ha enseñado siempre, ¿debí ser un poco más estoico? ¿Debí aguantarme y echar raíces, a pesar de que cada día se estaba convirtiendo en algo más y más desagradable? ¿Debí obligarme a seguir en un ambiente adverso y hostil? ¿Hice bien en marcharme a la primera oportunidad de alzar el vuelo? Mi actual oportunidad laboral pinta mejor en todos los sentidos posibles. La sabiduría popular no se equivoca al hablar del amaino de la tormenta.

¿Qué de importante puede tener la sensación de felicidad que experimenté? Ninguna. Y peor si soy incapaz de explicarla, cuando apenas pude vivirla. Fue como cuando uno es niño y pasa de grado en la escuela, fue como salir en primer lugar en la clase, fue como recibir un premio, como obtener el resultado que uno esperaba. Fue como recibir el “sí, acepto”, fue como conocer la noticia del embarazo y saber que por fin seré padre. Es como enterarse que por fin uno se curó de una enfermedad.

Es una felicidad que a veces uno no sabe si en verdad se la merece, pero que de todos modos se arroga el derecho de disfrutarla.

Después de un tiempo que se me hizo largo, por fin un cambio de aires. Ahora siento que el día comienza a ser mejor. Y eso me hace sentir que la tormenta ya pasó y que el sol por fin comenzará a alumbrar.


*Esta entrada la publiqué originalmente el 16 de abril de 2017.

Un comentario en “Sobre el pequeño detalle de no caer bien

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