Una temporada memorable

No sé por qué ahora me dio por recordar algo relacionado con el baloncesto.* Quizá porque hace años que no veo un partido que de verdad me emocione. Pero eso lo atribuyo a la nostalgia y jamás compararía una etapa del deporte con otra. Cada una siempre tendrá lo suyo.

La temporada 2000-2001 fue la que retroalimentó la leyenda más reciente de los Lakers de Los Ángeles. Tuvieron un desempeño impecable y en la postemporada prácticamente fueron insuperables, al terminar con un balance de 15-1 (15 victorias y 1 derrota).

Pero en realidad no es de los Lakers de quienes quiero hablar, sino del equipo de la Conferencia Este que llegó a la final contra ellos y del que creo que quienes vimos esa postemporada completa jamás podremos olvidar: los siempre al límite 76ers de Filadelfia y la lucha por la corona imposible.

En aquella temporada la Conferencia Oeste tenía el monopolio de los mejores equipos. No sé si solo yo pienso así, pero bastaba con ver los partidos para darse cuenta de las diferencias de nivel. Parecía que la Conferencia Oeste era la primera división y la Conferencia Este la segunda. Sin embargo, la calidad de baloncesto de ambas conferencias no está en discusión, ya que tanto en temporada regular como postemporada hay partidos memorables. Y en postemporada, al menos en mi opinión, los más memorables fueron de la Conferencia Este.

En cuartos de final de Conferencia, los Sixers se enfrentaron a los Pacers de Indiana, equipo que la temporada anterior había disputado la final la de la NBA contra los Lakers.

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El duelo más esperado de esta fase fue el de Allen Iverson contra Reggie Miller.

Por segundo año consecutivo se volvían a encontrar en instancias de postemporada, pero esta vez los Sixers venían con un aura diferente. La temporada anterior los Pacers ganaron 4-2 en semifinales, pero esta vez los Sixers los despacharon con un 3-1, dejando fuera a Indiana en primera ronda de dicha instancia. La era Miller había terminado en el Este.

Los partidos evidenciaron las diferencias: los Sixers solo perdieron el primero (y por un punto) y los otros tres los ganaron seguidos. El esquema de juego con Dikembe Mutombo dio un excelente resultado y hubo lluvia de puntos entre Miller y Iverson, sobrepasando en algunos partidos los 40 puntos individuales. La serie se consideró aceptable y quedaron a la espera de rival para semifinales de Conferencia.

En este caso fueron los Toronto Raptors, de la mano de un Vince Carter encendido, hambriento de hacer historia con un equipo que injustamente había perdido varias oportunidades. En lo personal me sentí dividido y solo quería que ganara el mejor. Ambos equipos habían luchado durante toda la temporada de forma admirable.

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El gran duelo de las semifinales fue el de Iverson contra Vince Carter.

Y la disputa no decepcionó para nada. Bastó con ver el primer partido para saber que la serie se prolongaría y que cualquiera de los dos equipos podía ganar. Incluso en el juego 3 Toronto fue de una superioridad tan abrumadora (solo Vince Carter hizo 50 puntos), que algunos creímos que quizá era el fin de los Sixers y que solo era cuestión de tiempo.

Pero Iverson también dejó el alma en la cancha. Y bueno, sé que esto no es solo de uno o dos: ambos equipos querían hacer historia y dieron toda su entrega, pero en esa instancia solo uno podía pasar.

El juego 7 de esa serie es uno de los más reñidos que recuerdo haber visto en toda esa temporada. Y me atrevería a decir que debe estar entre los más reñidos del presente siglo. O bueno, para ser modestos, quizá en un top 10 de esa década.

Ese partido tuvo un final de infarto. Iban 87-88 con el marcador a favor de los Sixers y cuando faltaban 10 segundos para el final Snow falló un tiro, por lo que Toronto se animó al contragolpe y de repente ocurrió una pausa. Quedaban 2 segundos. Sacaba Toronto. Comenzaron a perseguirse jugadores con marca personal, Carter recibió el balón y justo cuando iba en el aire el reloj llegó a cero, por lo que el tiro contaba, y aunque lo hizo en un ángulo imposible y con una presión demasiado grande, la pelota rebotó en el aro y congeló miles de corazones. Pero el balón no entró. Los Sixers pasaban a la final de Conferencia.

Y esa final de Conferencia sería agónica para los Sixers, ya que se enfrentaban nada más y nada menos que a una de las mejores plantillas de toda la NBA en esa temporada, y que pertenecía a los Bucks de Milwaukee.

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El trío dinámico más letal de la Conferencia Este y quizá el que más pelea hubiera presentando en la final de la NBA, por la naturaleza de su juego. De izquierda a derecha: Ray Allen, Sam Cassell y Glenn Robinson.

Fueron 7 partidos y al final los Sixers vencieron la serie por 4-3, con marcadores irregulares en cada partido (es decir, ningún juego permitía evidenciar un patrón o pauta). Hasta ahí todo bien. Pero no exagero al afirmarle que en los 7 juegos los Bucks dominaron todo el tiempo, y solo con jugadas precisas y arriesgadas los Sixers lograron cada una de sus victorias.

El trío dinámico era de una puntería pasmosa y cuando los Sixers tenían ventaja de juego los Bucks no tardaban en recuperar terreno. La balanza se movía a uno y otro lado como si de una ruleta rusa se tratara. Pero no era para menos: los Bucks querían hacer historia y no se la querían poner fácil a los Sixers.

No recuerdo si antes de los Bucks ya habían equipos que jugaran así (de seguro que sí, pero desconozco), pero en lo personal me pareció una novedad ver que todos arriesgaban a tirar de tres y que tres o cuatro de ellos tuvieran una puntería asombrosa. No me quiero imaginar estar en la cancha contra un equipo de buenos tripleros. Debe ser angustiante.

En el juego 7 creo que los Sixers jugaron al 120 % y no daban tregua a los Bucks en ningún momento. No sé cómo era la condición física de cada jugador, pero me imagino que debió ser agotador. Los Sixers ganaron ese juego 7 con amplio margen (108-91), pero sudando sangre.

Y al fin, después de una postemporada demasiado sufrida, los Sixers llegaban a la final de la NBA. Pero el oponente que los esperaba era de una monstruosidad que ningún equipo pudo contener. Los Ángeles Lakers venían de barrer el piso con todos los equipos que enfrentó en postemporada: Portland Trail Blazers (3-0), Sacramento Kings (4-0) y San Antonio Spurs (4-0). Nadie podía parar la dupla Kobe Bryant-Shaquille O’Neal, además que el resto de la plantilla eran solo estrellas de alto nivel: Derek Fisher, Rick Fox, Ron Harper, Robert Horry y otros veteranos que en su tiempo tuvieron renombre. El novato revelación de los Lakers, y que sería piedra en el zapato para Iverson en esa serie, era Tyronn Lue, entrenador del actual equipo campeón de la NBA, los Cavaliers de Cleveland.

El juego 1 lo ganaron los Sixers, pero ahora ya sabemos que eso pasó porque los Lakers habían pasado demasiado descanso y estaban fríos (no hay que olvidar que si ganaron todas su series, rápido quedaron desocupados a la espera del oponente en la final). Los otros cuatro juegos fueron incluso humillantes para los Sixers. Iverson estaba frustrado, Mutombo no podía hacer nada en contra de O’Neal e incluso metían jugadores de la banca para que acumularan faltas, como una medida desesperada para tratar de arrebatar balones y lograr marcas personales a como diera lugar. Nada funcionó.

Iverson y Mutombo tuvieron un desempeño de respeto, pero la maquinaria de los Lakers era imparable. Era como querer detener un buldócer con un castillo de naipes. Así que el sueño llegó hasta ahí. Los Sixers perdieron la serie 4-1, con sendas palizas en cada juego, pero dejaron en quienes nos hicimos fans un sabor de boca agridulce: agrio porque soñamos con la utopía de verlos ganar, pero dulce porque el baloncesto brindó un espectáculo digno de recordar.

Ahora Iverson, Mutombo y O’Neal están en el Salón de la Fama del Baloncesto. Solo nos queda recordar las emociones que nos hicieron vivir a quienes amamos ese deporte. A veces todavía recuerdo con alegría infantil todas las jugadas que nos hacían soñar, mover las manos como si también estuviéramos allí, con ellos, en la cancha.


*Publicada originalmente el 19 de febrero de 2017

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