El negro, cuento de Salarrué

El negro Nayo había llegado a la costa dende lejos. Sus veinte años, morados y murushos, reiban siempre con jacha fresca de jícama pelada. Tenía un no sé qué que agradaba, un don de dar lástima; se sentía uno como dueño de él. A ratos su piel tenía tornasombras azules, de un azulón empavonado de revólver. Blanco y sorprendido el ojo; desteñidas las palmas de las manos, como en los monos; gachero el hombro izquierdo, en gesto bonachón. El sombrero de palma dorada le servía para humillarse en saludos, más que para el sol, que no le jincaba el diente. Se reiba cascabelero, echándose la cabeza a la espalda, como alforja de regocijo, descupiéndose toduel y con gárgaras de oes enjotadas.

El negro Nayo era de porái…: de un porái dudoso, mezcla de Honduras y Berlice, Chiquimula y Blufiles de la Costelnorte. De indio tenía el pie achatado, caitudo, raizoso y sin uñas —pie de jengibre—; y un poco la color bronceada de la piel, que no alcanzaba a velar su estructura grosera, amasada con brea y no con barro.

Le habían tomado en la hacienda como tercer corralero. No podía negársele trabajo a este muchacho, de voz enternecida por su propio destino. Nada podía negársele al negro Nayo: así pidiera un tuco e dulce, como un puro o un guacal de chicha. Pero, al mismo tiempo, era —pese a su negrura— blanco de todas las burlas y jugarretas del blanquío; y más de alguna vez lo dejaron sollozante sobre las mangas, curtidas con el barro del cántaro y la grasa de los baldes. Su resentimiento era pasajero, porque la bondad le chorreaba del corazón, como el suero que escurre la bolsa de la mantequilla. Se enojaba con un: “No miablés”… y terminaba al día siguiente el enojo, con una palmada en la paletiya y su consiguiente: “¡Veyan qué chero, este!”… y la tajada de sonrisa, blanca y temblona como la cuajada.

* * *

Chabelo Boteya, el primer corralero, era muy hábil. Tenía partido entre las cipotas del caserío, por arriscado y finito de cara; por miguelero y regalón; pero, sobre todo, porque acompañaba las guitarras con una su flauta de bambú que se había hecho, y que sonaba dulce y tristosa, al gusto del sentir campesino. Nadie sabía cuál era el secreto de aquel carrizo llorón. Bía de tener una telita de araña por dentro, o una rendija falsa, o un chaflán carculado… La fama del pitero Chabelo, se había cundido de jlores como un campaniyal. Lo llamaban los domingos y ya cobraba la vesita, juera de juerga o de velorio, de bautizo o de simple pasar.

Un día el negro Nayo se arrimó tantito a Chabelo Boteya, cuando este ensayaba su flauta, sentado en el cerco de piedras del corral. Le sonrió amoroso y le estuvo escuchando, como perro que mueve el rabo.

—¿Oyí, negro, querés que tenseñe a tocar?…

Por la cara pelotera del negrito, pasó un relámpago de felicidad.

—Mire, chero, y yo le vuá pagar el sábado, pero no me vaya a tirar…

* * *

Después de las primeras lecciones, Chabelo el pitero le arquiló la flauta al negro para unos días. El negro se desvelaba domando el carrizo; y lo domó a tal punto, que los vecinos más vecinos, que estaban a las tres cuadras, paraban la oreja y decían:

—¡Oiga, pitero ese Chabelo! Es meramente un zinzonte el infeliz…
—Mesmamente: diayer paroy, le arranca el alma al cristiano como nunca.

Callaban… y embarcaban su silencio en el cayuco bogante de aquella flauta apasionada, que los hundía en la dulzura de un recordar sin recuerdos, de un retornar sin retorno.

* * *

En poco tiempo, el negro Nayo sobrepasó la fama de Chabelo. Llegaban gentes de lejos para oírlo; y su sencillez y humildad de siempre se coloreaban de austeridad y poderío, mientras su labio cárdeno soplaba el agujero milagroso.

El propio Chabelo, que creyó conocer todos los secretos del carrizo, se quedaba pasmado, escuchando —con un sí es, no es, de despecho—, el fluir maravilloso de un sentimiento espeso que se cogía con las manos.

* * *

Una tarde dioro en que el negro estaba curando una ternera trincada, con una pluma de pollo untada de creolina, Chabelo se decidió por fin; y, un tanto encogido, se acercó y le dijo:

—Mirá, negro, te pago dos bambas si me decís el secreto de la flauta. Vos le bis hallado algo que le pone esa malicia… Seya chero y me lo dice…

El negro se enderezó, desgreñado, blanca la boca de dientes amigos y franca la mirada de niño. Tenía abiertos los brazos como alas rotas, sosteniendo en una mano la pluma y en la otra el bote. Miró luego al suelo empedrado y meditó muy duro. Luego, como satisfecho de su pensada, dijo al pitero:

—No me creya egóishto, compañero, la flauta no tiene nada: soy yo mesmo, mi tristura…, la color…

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