La sombra de una buena o mala complicidad

Todo lo que nos sorprende es justamente aquello que confirma el sentido de la vida.

Juan Carlos Onetti

Y torna uno a preguntarse: “¿Qué hiciste de tus años? ¿Dónde enterraste tu tiempo? ¿Es que siquiera viviste? ¿O no?”. “Mira —se dice uno a sí mismo—, mira qué frío hace en el mundo. Pasarán aún algunos años, y entonces vendrá la espantosa soledad, vendrá con sus muletas la vejez temblona, trayendo consigo la tristeza y el dolor. Perderá sus colores tu fantástico mundo, se mutilarán y morirán tus sueños, y cual la amarilla hoja del árbol, asimismo se desprenderán de ti…”. ¡Oh, Nastenka! ¡Qué tristeza entonces encontrarse solo, enteramente solo, y no tener siquiera de qué poderse lamentar… ni eso siquiera! Pues todo lo que habremos perdido, todo eso no era nada, nada más que un cero, un simple cero: no era otra cosa que una ilusión.

Dostoievski

Si se trata de asuntos humanos, no existe nada desinteresado en estado puro. No es que siempre tengamos motivos ocultos, inconscientes o subyacentes, aunque tampoco es que tengan que ser evidentes: sencillamente en asuntos humanos siempre hay un motivo, sea de la naturaleza que sea, incluso cuando un bebé llora para pedir que se lo alimente.

Sometida la premisa a una reducción al absurdo, hay que añadir entonces que el amor es el parámetro máximo, el medidor genuino por excelencia para considerar los intereses creados en los asuntos humanos. Es decir, no existe entonces —visto así— el amor 100 % desinteresado. Sin embargo, supongamos que sí existe un amor con cierto grado de desinterés, quizá uno bastante alto: dar sin esperar recibir algo a cambio. ¿Será eso posible?

Sé que está pensando en el no rotundo, pero sígame la corriente con un sí temporal.

En una ocasión le conté un poco sobre mi punto de vista sobre la amistad. Ahí mencioné que sé que mi visión es limitada, anecdótica y contextual. ¿Pero de qué otra forma que no sea mi experiencia personal podría dar cuenta? De todos modos siempre habrá contradicciones, porque la vida es como un muro de ladrillos que creemos liso y bien logrado, pero que visto de cerca contiene pequeñas ranuras que siempre dejarán pasar algo: no los habrá jamás del todo perfectos e impenetrables.

* * *

En mi experiencia personal traté siempre de amar de forma desinteresada, o lo que sea que fuera el equivalente. No soy ni más ni menos especial que nadie por ese asunto, pero fue la manera que aprendí por una gran cantidad de circunstancias, que pasan quizá por mi peculiar autoestima, además de por la forma que tuve de asimilar el rechazo durante mi etapa infantil y adolescente, y el conformismo con las migajas que algunas personas dejaron caer en el corto trecho que caminaron a mi lado.

Pero la persistencia trae sus frutos y mi forma desinteresada de amar ha sido un rotundo éxito como fórmula para la amistad, ya que tengo amigos muy especiales en mi vida, aunque ha fracasado estrepitosamente cuando se trata del amor. No sé si es porque la mayoría de personas que conozco tienen una percepción demasiado radical en relación con la mía, o yo soy el tonto que quizá no ha comprendido las reglas del juego. Pero estoy enredando las cosas.

Cuando somos niños solemos entregar el corazón con una gran facilidad. En mi caso particular, no puedo olvidar —y esta mi memoria tan atroz me lo impide— todas esas veces cuando me encariñé a gran velocidad, y con ligereza podía hablar de amigos cuando me refería a personas a quienes apenas acababa de conocer. Y aquella confianza gratuita, provinciana, quizá muy latinoamericana o a lo mejor muy de países con una idiosincrasia más ingenua, no sé: contar la vida a desconocidos, reírse, bromear, abrir las puertas de la casa y a veces del corazón a quien a primera impresión nos cae bien.

A medida que conocemos las primeras decepciones y desengaños comenzamos a cambiar. Y es algo tan normalizado, que hasta se asocia ese desencanto con el arte de madurar… algo que personalmente nunca he comprendido.

Y he contado en este espacio que muchas veces me he llevado decepciones y todo eso. Jamás dejan de ocurrir. De hecho, hace poco me llevé un buen chasco. Pero ¿no estamos claros de que todo esto forma parte de los vaivenes de la vida?

A veces he tenido perfecta conciencia de cuando me quieren utilizar (reconozco que es una conciencia que adquirí a puras malas experiencias), pero no por ello respondo en la misma medida. No me interesa. Cuando me quieren hacer daño por deporte de forma deliberada, eso ya es otra cosa. Pero ha ocurrido en ocasiones muy puntuales, por lo que ni siquiera merece ser tomado en cuenta.

Cuando abro mi vida a un nuevo ser humano no estoy pensando en que me engañarán o al menos no parto del supuesto de la sospecha. He procurado esperar lo bueno de las personas. Me gusta mostrarme tal cual soy, si se presenta la oportunidad, y no oculto en ningún momento mi afecto y mi punto de vista. Sé que eso suena de una terquedad propia de las presas fáciles, pero prefiero eso a que alguien se confunda sobre mi modo de ser, para que en ningún círculo social y ningún contexto extraigan lecturas innecesarias. Así que siempre me apresuro a mostrarme tal cual soy.

Y si al mostrarme tal cual soy a alguien le desagrada, entonces evito el elemento que causa molestia, lo cual no me hace hipócrita, sino que me ayuda a llevar la fiesta en paz. Pero si por el contrario a la persona le agrada mi manera de ser, entonces hay ganancia, porque ya no hay nada que ocultar, ni hubo necesidad de un performance que por lo demás resulta dañino en las relaciones interpersonales. Al menos así lo creo.

De hecho, aunque la recomendación más cristiana sea la búsqueda del amor desinteresado en su máxima expresión (Juan 13: 34, Romanos 12: 9-10), en realidad nuestra generación hace todo lo posible por aniquilar todas sus manifestaciones. Quizá para los cristianos sea solo un deber ser a alcanzar y no una verdad. No me creo ni bueno ni malo, ni dueño de esa verdad, pero en mi caso jamás me he arrepentido por entregar mis sentimientos, porque la satisfacción personal de dar el cariño siempre es más grande. Creo que por eso me obsesionó tanto la historia de Joseph Merrick: estoy seguro de que hay muchas personas en el mundo a quienes nos pasa igual, salvando las distancias de su histórico infortunio.

Y claro, resulta formidable amar de forma desinteresada en la amistad, porque la confianza se gana entregándola, dando el voto y el visto bueno, esperando que el otro actúe de buena fe, porque una buena amistad no nace estando a la defensiva.

Pero, como mencioné antes, parece ser que este modelo desinteresado fracasa con caída en picada cuando se trata del amor. No sé si es porque con quienes he tenido experiencia poseen una percepción egoísta y condicionada (querer que por fuerza uno sea celoso y posesivo, querer convertirnos en una lista de requisitos, etc.), o mi visión de la libertad y el afecto asusta a los demás, y les resulta demasiado retorcida. O siguiendo la misma lógica: un desinteresado y un exclusivista en el amor es un desastre, se vea por donde se vea, porque muchos verán contradicciones de toda clase.

Es por eso que muchos consideran (y hay quien me lo ha dicho a título personal) que quienes proceden como yo hago nos convierte en la clásica persona que se siente o vuelve víctima, o que de tajo somos tóxicos (y nunca he entendido por qué tóxicos). Y aunque pudiera argumentar que eso es porque sienten el peso de la responsabilidad de saberse victimarios (los que nos acusan de tóxicos), y tratan de legitimar la poca implicación para con el resto de personas (o en todo caso una implicación reglamentada y condicionada, con freno de mano y calculada distancia), sobre todo cuando se trata de embarrarse e involucrarse de verdad y sin miedo a arriesgar y perder con los asuntos del amor, lo cierto es que los que siguen una opción como la mía se llevarán miles de chascos y probablemente nunca encontrarán la tan inasible clásica felicidad: estamos en el siglo yoico, así que es de esperar que todas nuestras concepciones sean para siempre rechazadas.

Además, no hacer nada o no pagar con la misma moneda siempre ofrecerá a la otra persona la lectura de que uno solo quiere mantenerse moralmente limpio, cuando la realidad es que simplemente no interesa encontrarle cinco patas al gato: solo hay que reponerse y seguir. Pero está claro también que si nos dejan ir de forma rotunda, hay que atender la señal e irse. Nunca es mucho ni poco cuando es suficiente.

Y bueno… Lo más seguro es que quizá tenga un problema no solo dentro de mí, sino con todo el mundo. No es gratuito que las pocas relaciones que haya tenido siempre tengan un mal final. No puede responder todo a simples coincidencias. Lo más seguro es que algo de todo lo que soy o lo que hago es una receta perfecta para el desastre y no he sido capaz de verlo. Y creo que no está mal admitirlo, sino todo lo contrario: quizá eso sea perfecto para cambiar o para pedir ayuda. Pero quizá no me doy cuenta que no quiero cambiar y no tengo deseos de buscar ayuda, porque me siento cómodo con la persona que soy, aunque el precio que tenga que pagar sea bastante alto.

Como dijo un poeta una vez: “Amé como dios, como hombre y como gusano”. Entregué lo que tenía que entregar y amé arriesgando a no recibir, sin exigir ser amado: y cuando se dio también fui feliz, así, sin absolutismos. Debo asumir que quizá hice mal las veces que lo confesé y solo me marché (confesar para curarse en salud y a continuación irse, como un gesto de demostrar que uno no tiene otra intención que solo hacerlo saber) o las ocasiones en que comencé a amar con una tremenda intensidad y solo decidí alejarme, porque mi primera consideración era siempre que obtendría el rechazo, y que lo mejor era no buscar donde no iba a encontrar.

A lo mejor estaba en lo cierto y la parte más racional me susurraba al oído que tal o cual persona era imposible que me hiciera caso, o que no era para mí. A lo mejor eran solo mis fantasmas, pero la cosa es que para evitar problemas algunas veces decidí no decir nada. En ese sentido soy culpable para conmigo, pero por otro lado creo que hice la menor cantidad de daño posible, sumado a que intervine en la menor cantidad de vidas posibles. Algo es algo. Dije lo que tenía que decir cuando tenía que ser y lo que no fue no será jamás.

La gente ve con sospecha y temor a aquellos intensos que viven el amor con plenitud. Y no es una cuestión infundada: hay demasiados casos de crímenes pasionales en la historia de la humanidad, por lo que en el inconsciente colectivo se ha instalado la idea de que hay que amar con cierto límite y nivel de racionalidad. De hecho, esa es actualmente la norma, lo considerado perfectamente normal. Pero la verdad de las cosas es que uno puede amar con desmesura, sin por eso tener que hacer sentir obligada a la otra persona. Al menos esa ha sido mi experiencia.

Entonces amar en silencio, amar sin pedir nada, solo porque siento que el amor es mío, para algunos es imposible, porque para la mayoría no se puede amar algo sin desear obtenerlo.

Visto desde el extremo de las cosas, si una persona condiciona su amor y su cariño, o solo nos busca cuando poseemos y cumplimos ciertas cualidades y lista de requisitos (lo cual es una cacofonía… si se piensa que cuando se dice condicionar se refiere en general a todo), ¿esa persona merecerá ser amada? ¿Hasta qué punto es legítimo que exijamos cierto nivel de requisitos? De seguro todos tenemos parámetros y cierta lista de cosas que nos parecen importantes. Yo también tengo mis propios gustos.

Pero, si de todos modos siente algo por alguien, ¿amaría ante la imperfección de alcanzar sus condiciones o preferiría dejar morir lo que siente, porque la lista le parece imprescindible? Creo que de esto último no hay buenas ni malas respuestas. Eso sí: jamás existirá un ser humano a nuestra perfecta medida, a menos que hayamos sido afortunados y encontremos a esa persona una en un millón, lo cual, de todos modos, no sería un milagro espiritual, sino uno estadístico. De mi parte al menos no le doy tantas vueltas al asunto: las cuestiones innegociables suelen aparecer como diferencias fundamentalmente culturales, y ante ellas está la opción de aceptar o marcharse. No hay razón para complicarle la vida a otro ser humano.

No sé si por eso, después de todos estos años de recorrido, opté por el silencio, por caminar esa senda solo. Me han gustado algunas personas, y por otras he llegado a sentir algo que quizá en su momento podría haber sido algo fuerte, pero solo lo dejé pasar, sin dañarme más de lo necesario y sin dañar a nadie. A lo mejor un día no lo resistiré más y lo confesaré, aunque vuelve a atacarme la idea de mis extrañezas, de ese algo que para muchos siempre se verá con sospecha. Quizá me convenga seguir esperando a que se conjuguen los parámetros invisibles, mientras sigo brindando mi amistad y mi cariño así, sin más, con la honestidad de siempre.

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