La gran X sobre la puerta, cuento de Álvaro Menen Desleal

Petrona Jaramillo —ama de casa que interrumpiera sus estudios en la Escuela Normal para casarse— toma papel y pluma fuente del bolso escolar de su hijo Carlos, se acomoda a la mesa de la cocina —que le sirve a la vez de desayunador— y a la luz que las cortinas de tul filtran sin tregua, comienza a redactar su queja.

“Distinguido Señor Director:”

Hace una pausa para redondear con esmero los dos puntos, y continúa:

“Me considero víctima en estos momentos de un abuso incalificable, por el cual protesto enérgicamente ante Ud., al mismo tiempo que exijo sea corregido el atropello”.

Petrona mira al techo y, sin proponérselo, se toma muy intelectualmente de la barbilla.

“Es el caso que, de unos días a esta parte, mi casa carece del servicio de agua potable. Usted sabrá, Señor Director, que soy madre de familia. Tengo dos varones, uno en segundo año y otro en sexto, más una hembrita ahora interna en la Escuela Vocacional. Mi marido, por razones de trabajo, solo viene a casa los viernes por la noche, para pasar con nosotros el fin de semana”.

“Como supondrá, la falta de agua nos causa serios contratiempos, pues debo cocinar, lavar la ropa, etc., para la familia, y además todos necesitamos el líquido para el aseo personal, y desde luego para beberlo cuando tenemos sed”.

Petrona suspira con indignación y continúa:

“Lo que me hace sospechar lo arbitrario de la situación es el hecho insólito de que, en toda la vecindad, constituida por decenas de viviendas y varios edificios multifamiliares, tan solo en mi casa falta el agua. He visitado todos los domicilios para investigar eso y a veces para solicitar un cubo, y me he dado cuenta que en ellos el agua surge de los grifos con fuerte y grueso chorro. Nosotros, en cambio, lo único que obtenemos cuando abrimos las llaves es un ruido sordo de aire que se escapa”.

El ama de casa hace memoria sobre los antecedentes, y los incluye:

“La triste situación por la que atravieso advino en forma muy sospechosa. Hará cosa de dos semanas, tres contralores, con el uniforme de esa Oficina de Abastecimiento de Agua, llegaron a casa aparentemente a revisar las instalaciones. A mí no me extrañó la visita, pues supuse que andaban a caza de escapes en las cañerías (‘El agua es barata, el desperdicio es caro’). Examinaron el contador de agua, las llaves de paso, las válvulas, las cisternas, la plomería y se fueron sin decir nada. Tengo testigos de que a partir de ese momento comenzó a fallar el servicio. Primero fueron súbitas aunque breves interrupciones, mortificantes más que todo por ocurrir cuando uno se cepillaba los dientes, se duchaba o enjabonaba el pelo. El agua solía fluir de nuevo en un cuarto de hora, tal como si la intención hubiera sido simplemente fastidiarnos. Unos días más tarde, ya el agua dejaba de caer durante toda una mañana o toda una tarde, sin que se pudiera predecir cuándo dejaría de correr por la mañana y cuándo por la tarde. Una semana más y las suspensiones duraban un día entero, hasta que, finalmente, dejó de caer en absoluto, excepto durante seis minutos a la medianoche, tiempo muy corto y hora bastante inusitada, como comprenderá, pero a la cual, con la esperanza de que la incomodidad fuera temporal, decidimos adaptarnos. Y allí nos tenía usted bañándonos a la medianoche, afeitándonos, limpiando el excusado, fregando trastos y aprovisionándonas de agua en cuanto recipiente podíamos, todo en seis minutos y con un ruido infernal que provocaba la protesta justificada de los vecinos”.

Petrona toma aliento, mueve los dedos de su mano derecha para desentumecerlos, y escribe:

“Le repito que nos habíamos resignado con la esperanza de que las molestias se aminoraran o desaparecieran del todo, y aun cuando notamos que éramos víctimas de un maltrato singular, puesto que ninguna otra familia del vecindario carecía de agua, no protestamos entonces, lo que le demuestra la buena voluntad que teníamos para disculpar lo que todavía entonces suponíamos no era más que uno de los tantos desperfectos que sufre en sus instalaciones la Oficina de Abastecimiento de Agua. Sin embargo, Señor Director, hoy por la mañana ocurrió algo que me ha llenado de desesperación y de horror, y es por eso que lo distraigo a usted de sus ocupaciones con esta carta”.

Petrona hace una pausa para ordenar su pensamiento, y sigue:

“Serían las ocho de la mañana, Señor Director, cuando de nuevo llegaron a casa los tres contralores de la OFABA. A esa hora mis hijos se preparaban para marcharse a la escuela, y yo les urgía a terminar su aseo personal, vestirse y tomar el desayuno. Los tres hombres, mal encarados, ni siquiera saludaron; pero yo, por respeto al uniforme de esa Oficina, los dejé entrar y hacer… Lo que hicieron fue realmente insólito, Señor Director: comenzaron por vaciar el agua conservada en ollas y latas de kerosene dentro de una pipa montada en un jeep del servicio (placa de matrículas N-212), hasta que me dejaron sin una gota para llenar mis necesidades. No conformes, y en un exceso de celo que jamás les vi para el cumplimiento de sus obligaciones, extrajeron el agua de la taza del retrete y, por medio de largos tubos de goma conectados a una bomba de achicar, desaguaron el calefón, los radiadores y, en fin, cada una de las tuberías, sacudieron enérgicamente la ducha para hacer caer hasta la última gotita, enrollando —eso me pareció a mí que hacían— los hilillos líquidos en una especie de bobina, inyectaron aire a presión, por medio de una máquina pneumática, en los rebosaderos y canillas, creo que con el propósito de obligar al agua a retirarse todavía más lejos; abrieron el refrigerador para saquearlos de refrescos, leche, hielo, cerveza, jugos, etc., con un extractor centrífugo acabaron con el zumo de las frutas, le arrebataron de las manos el vaso de leche malteada a mi hijo menor (8 años), y se largaron con la misma grosería con que habían venido, no sin antes pintar con tinte azul vivo una gran X sobre la puerta de entrada. Se rieron de mis gritos y protestas y mascullaron insultos. Al final, olvidaba decírselo, regresaron los tres hombres, hablando a coro y en voz baja, formularon la amenaza de que yo, mis hijos y mi marido habríamos de deshidratarnos. Esto último lo consideré inicialmente estúpido (y estuve a un paso de considerarlo cómico, dada la manera operesca con que lo dijeron); pero da la casualidad de que siento molestias en los párpados al pestañear, tal como si tuviera resecos los ojos. Este síntoma, Señor Director, según aprendí en los cursillos de la Cruz Roja, es de deshidratación. Por eso creo que la absurda amenaza de los tres hombres iba en serio, y aunque yo en lo personal no temo, sí temo por mi familia”.

Parpadea varias veces con fuerza, y termina:

“Por todo eso, Señor Director, es que le ruego investigar el atropello y ordenar la reinstalación del servicio de agua, de cuyos pagos a esa Oficina estamos perfectamente al día”.

Petrona Jaramillo estampa su firma con dificultad, pues parece haberse agotado la tinta de la estilográfica; toma un sobre, rotula a lápiz con el nombre del Señor Director y las señas de la OFABA, dobla la carta y la pone dentro del sobre.

Cuando quiere humedecer la franja engomada, no puede hacerlo: su lengua está cubierta, en vez de saliva, por una sustancia blanca e impalpable similar al talco, sustancia que, al amagar ella un grito, le brota en aluvión por la garganta y los orificios de la nariz, se desparrama por la mesa, apaga para siempre el grito y forma sutiles nubecillas en el aire de la mañana.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .