La sombra de una buena o mala complicidad – parte II

Luego, empecé a fijarme en las expresiones raras, casi arcaicas, que le gustaba emplear en aquellos momentos en que una oculta onda de armonía y un preludio interno agitaban su estilo; en esos momentos es cuando se ponía a hablar del vano sueño de la vida, del inagotable torrente de hermosas apariencias, del tormento delicioso y estéril de comprender y amar, y de las conmovedoras efigies que ennoblecen para siempre la fachada venerable y seductora de las catedrales; cuando daba expresión a toda una filosofía nueva para mí, con imágenes maravillosas, imágenes que parecían despertar aquel canto con arpas que entonces se elevaba, y al que las metáforas servían de sublime acompañamiento.

Marcel Proust

Porque después de nacer, el mundo que encontrábamos se lavaba las manos y decía orondamente que nunca tuvo la menor culpa por nuestro advenimiento.

Roque Dalton

Si hay algo a lo que puedo llamar vida, debe ser la suma de mis recuerdos. Un peculiar modo subjuntivo, como lo expone Dostoievski en Noches blancas.

El terrible miedo al olvido es algo que siempre me atormentará. Siempre tuve el presentimiento horrible de que un día lo iba a olvidar todo (y todo es todo) y que en ese momento viviría en mi mayor contradicción: ser feliz ante la posibilidad de olvidar todo lo relacionado con mi dolor, y ser infeliz porque querría saber entonces si olvidé algo importante y elemental que me marcara para siempre.

Quizá por eso alguna vez caí en la debilidad de escribir un diario. Y quizá por eso (paradójicamente) siempre poseía una memoria más o menos prodigiosa. Sin embargo, siempre me atormentaba una certeza mucho peor: ser olvidado, porque creía que mi destino es que todos me olvidaran. Y es algo que sentía plenamente y no como un simple convencimiento. Fueron años terribles de miedos tontos.

Tengo miedo de ser olvidado y ser el único en recordar… quizá por eso es que mi soledad se vuelve día a día mucho más infinita. O lucho contra ella sabiendo hay más en esta vida. Y no sé si por eso hago este extraño gesto o si la idea inconsciente de sobrevivir en un libro, en un desván, y ser retomado cincuenta años después como un curioso descubrimiento de un extraño, me mueva a teclear estas líneas. Lo que sé es que el olvido duele y es el acto humano más impune de la existencia. Pero también el más natural.

Pero no podemos luchar contra eso, porque también es un mecanismo de defensa perfecto. Es contradictorio y tonto. Hay personas a quienes yo no podré olvidar jamás y me duele la idea de que un día me olvidarán y no recordarán en esencia qué tipo de persona era, tal y como creo que me conocieron. Pero eso es algo que pienso de antemano y es algo que en verdad nunca sabré. Me he dejado llevar al escribirlo y es una incertidumbre, una espinita que siento.

Ahora que lo pienso… desde que era un niño me dediqué a observar, a tratar de percibir todos los muros invisibles de las personas. Claro, eso no es nada especial… con un poco de esfuerzo y sensibilidad, cualquier persona puede hacerlo. Pero en mi caso, con suficiente dedicación pude sentir muchas veces las dimensiones exactas y hasta la distancia perfecta me separaba de una persona.

Eso es algo que siempre odié de mí, porque no dejaba espacio para las sorpresas. Predecir no es nada agradable y lo sabré yo… cuando por fin había saltado algunos muros, podía saberlo jubilosamente de antemano. Pero la mayoría de las veces siempre estuvieron densos para mí. Siempre se me negó el privilegio de tocar algunas almas, salvo unas cuantas excepciones en toda mi vida… y una de ellas demasiado breve como para que cuente en verdad. Creo que por eso prematuramente me identifiqué demasiado con El túnel, de Sabato.

Durante mi adolescencia eso me hizo sentir que mi única certeza es que no comprendo a la perfección nada y que no entiendo este mundo: porque no he vivido la experiencia real de compartir mi ser con otro trozo de humanidad, así, sin reservas. Pero esa era una idea de plenitud demasiado idealista.

Y sin embargo, sé que aunque lea toda la filosofía del mundo, o conozca las infranqueables leyes de la ciencia, nada se compara con tomar la mano y ver a los ojos a otra persona con absoluta honestidad. Los seres humanos nos hemos vuelto demasiado hostiles, incluso con nosotros mismos, olvidando lo elemental que es conocer a otra persona. ¿Cuándo fue la última vez que en verdad se dedicó a conocer a alguien, pero que sea una persona nueva en su entorno? En mi caso es vergonzoso decir que hace muchos años.

Siempre lo repito y me lo repito: para la mayoría estos son tiempos en los que ya no hay tiempo para los amigos, lo que se llama amigos, amigos de verdad. Pasamos por el mundo como pequeñas hormigas fingiendo convivencia para sobrevivirnos en esta gran colonia, protegiéndonos del resto de bestias que por separado ya nos hubieran devorado.

“Con permiso”, “gracias”, “pase usted”, son fórmulas equivalentes al choque de antenas de las hormigas: es un mecanismo para reconocer que somos normales, socialmente aceptables en la colonia y no algo aislable, digno de exterminio muy en el fondo de nuestra naturaleza evasiva. Y cuántos ansiamos un contacto humano genuino y real. No ser solo el sujeto de paso, el saludo de cortesía, la mirada esquiva y triste que nadie podrá comprender.

¿Por qué estoy escribiendo esto? No sé si solo deseo provocar sentimientos (cualesquiera que sean en este tipo de asuntos y reflexiones) o intento encontrar al menos una persona con quien sentirme conectado, y al menos sentir que no siempre pertenecí al lento gueto de quien se queda y ve todo pasar, sino también a un grupo de personas con las que tengo afinidades.

Pero releo esto y creo que estoy escribiendo como todo un megalómano ignorante. Es terrible la condición humana. Y yo no estoy exento de condición tan execrable. No puedo considerarme ni mejor ni peor. Es solo otro de mis intentos de colisionar con extrema gravedad en otra galaxia.

* * *

Parafraseando a Alan Moore, cada vez que vemos las estrellas, vemos únicamente sus viejas fotografías, puesto que su luz ha viajado hasta nosotros miles de millones de años… y entonces me siento pequeño, pero afortunado: mis recuerdos no pudieron haber viajado tan lejos, y casi puedo palparlos con las manos. Son miles… son miles de miles, que casi me puedo volver loco.

Recuerdo que alguna vez intenté coleccionar las fotografías de todas las personas que conocí. Mi colección es pequeña e insuficiente, pero muestra más o menos de qué va mí mundo. Como diría algún personaje de Evangelion, yo soy todos ellos, porque mi subjetividad los ha transformado únicamente para mí. Y yo no estoy en ninguno, o al menos en la mayoría, porque quizá menos del 10 % podría recordar al menos mi nombre.

Pero las vivencias con todos y cada uno de ellos me pertenecen. Todos los que están en esas fotografías son míos. Me pertenecen para siempre. Ver todas esas fotografías es como ver mi propia película, y al mismo tiempo es ver la película de cada uno… de todos… y de ninguno… al ver todas esas fotografías creo comprender las sensaciones que debió vivir Balzac cuando por fin concibió de qué iría su Comedia Humana.

De igual forma, todas las fotografías son como pequeñas estrellas que me dejan esa extraña nostalgia, como si cada una hubiera viajado miles de millones de kilómetros, hasta llegar a mis manos. Surgen las preguntas clásicas: ¿Quién soy yo? ¿Por qué estoy aquí? Las fotografías me dicen que a veces he perdido mi tiempo, y a veces que he logrado ser útil. A veces logré amar y a veces fui impotente, miedica, con las manos atadas y encajonado, creyendo que nada podía hacerse.

Y dicho esto, solo confirmo que de alguna forma he dejado de creer en los asuntos humanos, y me he decepcionado por todo ese sueño que llamamos vida en colectivo, vida en comunidad, o el ideal que busca la felicidad en comunidad humana. He dejado de ser aquel ingenuo que poseía un pensamiento purista, ubicado en las utopías… pero, si eso fuera verdad, ¿por qué sigo escribiendo?

No puedo mentirme ni mucho menos a usted, estimado desconocido que me está leyendo: a pesar de que todo a mi alrededor lo he percibido en mis ratos pesimistas como una larga e infinita decepción, creo que todo ha sido grotescamente maravilloso. Frase cliché: todos aquellos que nos han hecho daño han colaborado en moldearnos el carácter.

* * *

Amar con todo el corazón nos devuelve a la vida. Estoy seguro de que debe ser más estimulante que la mejor droga que el ser humano haya concebido. Y de verdad por eso hacerlo a lo bestia es una tremenda locura. Y quizá no sea mala la comparación (aunque sí trillada y patética… lo reconozco…), porque cuando se ha perdido eso que nos renueva cada día, el tiempo de recuperación es casi imposible de medir. Neruda lo dijo muy bien: “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”.

Hay tanto en la vida: hay que amar con todo el corazón ahora y no después. Hay que volverse loco por la vida, leer y escribir, pero también vivir. Y no sé si toda esta amalgama de recuerdos un día me harán pensar que pasé demasiado tiempo sin volver a amar, o si lo que amaba se perdió en algún hilo que deje caer… solo sé que en este momento veo el espectáculo de mi insalvable soledad y es la representación de mi adolescencia tardía intelectual, cuando era un joven vigoroso, que tontamente quería tomarse el mundo por asalto. Pero releo este párrafo y me siento como un tonto decadente e inmaduro.

Creo que, por mi tonta soledad crónica, busqué el amor incansablemente. Y aunque nunca lo encontré como hubiera querido idealmente, la verdad es que no puedo quejarme… viví lo que me tocó vivir. Pude dotar a mi vida de mucho sentido con un poco de voluntad. Aunque muchas veces todo ocurrió de manera deformada y sufrida, es el amor que me fue designado. Sería un insulso si no lo aceptara. Luego uno aprende un poco de estoicismo, aunque no evito mostrar estas miles de debilidades. He ahí por qué Juan Pablo Castel es el personaje literario con quien más me identifico… En fin…

* * *

Releo todo lo anterior y me siento como un tonto: ¿Por qué diablos escribir todo esto? Es casi un desahogo adolescente. Ya casi presiono el botón de publicar y siento la tentación de borrar todo. Pero quizá esta es una autoiniciación personal. Mantendré la esperanza de que solo dos o tres personas leerán esto. Y si escribo una tercera parte, en definitiva será en otro tono.

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