Némesis, cuento de Horacio Castellanos Moya

—Soy el capitán Ricardo Guerra, el nuevo jefe —me dijo el día que llegó, como para que de inmediato me pusiera de pie y le rindiera un saludo militar, pero yo estaba limpiando los frijoles (era cocinero) y a cierta edad el cuerpo se niega a las majaderías. Vi su rostro abotargado, hirsuto, porquino. Y esa mirada huidiza, taimada. Renqueaba de la pierna derecha.

—Vos sos el Viejo, ¿verdad? Ya me informaron de tu caso —afirmó el siguiente día, al entrar casi tiritando a la cocina (una galera con el fogón, la mesa rectangular, los bancos de madera, el piso de tierra y la leña amontonada en un rincón). Habló como si le urgiera una patada en los huevos para aprender a dirigirse con respeto a sus mayores.

La mañana despuntaba gris, con cielo de chubasco, mezquino, para continuar el charcal. Jaló un banco y se sentó frente a mí, orgulloso de su nueve milímetros, de su uniforme.

—Todos en este campamento están bajo mis órdenes, aunque sean civiles —dijo.

Me puse de pie, aticé el fuego, llené la olla de agua y la coloqué sobre el fogón.

—Quiero que me des un reporte de tus actividades. Vamos a reestructurar las funciones de todo mundo.

Escupí. Con mi zapato removí la tierra para cubrir la saliva. Todo mundo era un pelotón de treinta fusileros, media docena de civiles y unos diez impúberes, futuros guerreros, controlados por una estricta institutriz alemana. Esa misma mañana, la gorda Rita, también cocinera, me comentó que el capitancito ése le parecía medio raro, creidito. Y al atardecer, él volvió con la misma cantaleta: el reporte sobre mis actividades.

Lo miré fijamente a los ojos, sin dejar de mover el cuchillo que picaba cebolla, en trocitos cada vez más diminutos.

—Mirá, hermanito, a mí ya se me olvidó escribir. Si querés saber lo que hago, te lo puedo contar ahorita mismo.

Y escupí, para que la cebolla no me hiciera llorar. Volteó a ver a la gorda.

—Podés salir un momento —le dijo—. Necesito hablar a solas con Víctor.

Ahora yo no era el Viejo, sino Víctor, como para preocuparme. Me reacomodé en el banco, sin dejar de picar, el cuchillo caía sobre los ajos, sobre la mesa.

—¿Por qué te metieron preso? —preguntó.
—Por matar a un hijo de puta —mascullé, mientras echaba las cebollas y los ajos a la olla.
—No me gusta que estés aquí —sentenció—. La mierda como vos siempre termina corrompiendo algo.

Tenía el cuello ancho, de toro. Me recordó al Cabro Loco, el de la celda contigua, llegó igualito de bravucón, hasta que una madrugada despertó con la garganta rebanada.

Al anochecer, me senté afuera de la cocina, sobre la piedra de siempre. Había dejado de llover a media tarde, pero el cielo estaba cerrado y una niebla fría y espesa soplaba entre los pinos. La misma tonada venía de la choza donde la alemana dormía con los niños.

—¿Habrá un poco de café? —me preguntó el teniente Pedro.

Le dije que el fogón aún tenía brasas encendidas. Volvió con una taza. Se acuclilló: el fusil sobre los muslos. En un momento tendría que ir a revisar las postas.

—A ver si ya se acaba el temporal —comentó.

El candil de la barraca de la tropa arrojaba su resplandor sobre el suelo barroso, delineaba la sombra de los árboles.

—¿Qué tal el nuevo jefe? —pregunté.

El teniente sorbió su café, agarrando la taza con ambas manos.

—Nada especial —dijo.

Una llovizna débil, vacilante, empezó a caer. Entré a la cocina, me serví otro café, desenrollé la hamaca y me acosté. El goteo se fue imponiendo sobre el rumor del viento entre los pinos.

A la mañana siguiente, la gorda me dijo:

—El capitán no lo quiere. Yo que usted fuera pensando en irme.

Los niños desayunaron la frijolada, las tortillas y el café. Antes de salir, Catarina (así se llamaba la alemana) afirmó que ojalá pronto llegara la escuadra con los víveres. Y en el silencio de la tropa masticante, Beto se quejó:

—Púchica, da más hambre hacer ejercicios tan temprano con este tiempo.

Era un adolescente escuálido, al que parecía que el fusil le desgajaría el brazo.

La comida también se serviría más temprano, por órdenes del capitán.

—Se ve que los trae apretados —comentó después la gorda.

Y efectivamente esa mañana llegó la escuadra con granos, verduras, latas, cigarrillos. Rudy contó que casi chocaron con una patrulla enemiga, que los helitransportados habían desembarcado al otro lado de la laguna.

—Ya te acostumbraste a estar aquí… —me dijo Rudy, afectuoso.

Le pedí cigarrillos.

Era el muchacho que tres semanas atrás había saltado al mismo tiempo que yo por el boquete abierto en el muro del penal.

—¡Mejor venite con nosotros. Si te quedás por aquí te van a matar!… —me advirtió entonces, mientras corríamos en la sombra aún agitada por detonaciones, entre la maleza, guiados por un tigrillo de la tropa de asalto. Y no tuve alternativa, aunque en la cárcel apenas lo hubiera tratado, pues el grupo de los políticos nada tenía que ver con los que supuestamente pasaríamos el resto de nuestras vidas en ese sitio.

—Está guapa la alemana —me dijo ahora Rudy, como en secreto, porque el teniente Pedro era el entrador.

A los cinco días de caminar entre cerros, evadiendo emboscadas, llegamos al campamento, donde el anterior jefe, otro capitán pero con pinta de estudiante jodedor, me sometió a un interrogatorio. Le conté que me habían condenado a 25 años, por matar a un cristiano en una trifulca de cantina, y que apenas había cumplido seis.

—La vida aquí también es dura, pero te podés acostumbrar —afirmó, luego de atiborrarme de preguntas.

Entonces me asignó a la cocina.

—¿Qué tal con el nuevo capitán? —me preguntó ahora Rudy, quien tan pronto llegamos al campamento fue incorporado a la estructura militar.

Alcé los hombros.

—¿Vos lo conocías de antes?
—No —dijo. Me entregó los cigarrillos.
—¿Por qué renquéa?
—Dicen que no oyó el morterazo, o que creyó que caería más lejos.
—Listo el tipo.

Y después del almuerzo, cuando recién había acarreado agua del pozo para lavar las ollas, Catarina me dijo con tono de admiración que el capitán Ricardo era duro, pero necesario para imprimir mayor mística a la tropa.

Y su entusiasmo había sido el mismo la primera noche que pasé en el campamento. Bajo un cielo límpido, aplastante de estrellas, ella me explicó las causas de su lucha, el rutilante futuro que perseguían, insistió en esas ideas que enarbolan tipos empecinados en convencerlo a uno de algo. Fue esa misma noche cuando ella dijo:

—Debe ser tremendo estar en la cárcel.

Rudy no estaba para responderle, porque se había metido a la choza a presentar su informe al capitán. Entonces mascullé:

—Uno se acostumbra.

Pero ella quería que yo hablara, relatara mi vida, como si la placidez nocturna y la reciente sensación de libertad hubieran desatado una pasión por confesarme, para que ella hurgara delicadamente en mi basurero. Preguntó por mi ciudad, mi familia, mi ocupación, la injusticia que me había llevado a la cárcel. Era blanca y rubia como ninguna mujer que yo hubiera tenido, y aunque el traje de fatiga ocultaba sus formas, imaginé el resplandor de su carne, agitándome, a punto de la erección.

—Prefiero no recordar —musité.

Me acosté sobre el pasto, las manos entrelazadas como almohada, la mirada perdida en el infinito. Y ella respetó mi ensimismamiento, mis años que podían ser los de su padre.

Días más tarde, durante una sobremesa, mientras los niños correteaban hacia el lado del arroyo, Catarina me contó que sus padres eran prósperos profesionales, en una ciudad lejana y rica llamada Colonia, donde ella había estudiado pedagogía, hasta que supo del hambre y la muerte en estas tierras, y decidió violar su cómodo futuro, con ganas de construir, de hacer otro mundo.

Pero en esa ocasión no me excité, pues la sabía del teniente Pedro, suficiente para bloquear mi curiosidad carnal, y además yo había penetrado ya en la gorda Rita, con hambre incontenible, harto de la masturbación, de los mariquitas, de una que otra puta que alguna vez nos permitió el comandante de la prisión.

El entusiasmo de Catarina por la rigidez del capitán Ricardo duraría poco, pues esa misma noche hubo una reunión general en la que el nuevo jefe dio a conocer las reglamentaciones que en adelante regirían la vida del campamento.

Con excepción de las postas, todos —impúberes incluidos— estábamos apretujados en la cocina, bajo la luz temblorosa de los candiles. El temporal, en vez de amainar, había arreciado. El tamborileo de la lluvia torrencial obligaba a que el capitán alzara la voz, enfatizara sus gestos, proyectara sombras alocadas, que atrapaban la atención de los niños.

Luego de subrayar la urgencia de incrementar la lucha y de blandir a cada instante la amenaza del enemigo, el capitán dispuso que los civiles nos incorporáramos totalmente al entrenamiento militar, que se pusieran en práctica nuevos planes de defensa y evacuación, que la enseñanza de los impúberes se concentrara en el aspecto castrense para que en los próximos meses se convirtieran en combatientes. Por este motivo, aclaró, él (el capitán Ricardo) se encargaría de la formación política e ideológica de los niños, a través de un curso intensivo que les daría durante las noches. Informó que Catarina debía incorporarse a la tropa.

Cuando ya todos se habían ido, tirado en la hamaca, con un cigarrillo entre mis labios, sentí algo como pereza o fastidio. Me imaginé trotando en las madrugadas, exprimiendo este cuerpo, buscándole fortaleza y juventud. Sonreí. Exhalé el humo despacito, hacia el hilo de agua que caía justo a mi derecha.

En ese momento, el capitán y el teniente Pedro entraron a la cocina. Las caras de circunstancia, de conspiración, lo que demandaba mi salida inmediata. Me puse de pie. Acercaron los bancos al fogón, buscaron café.

—Oiga, jefe. Yo no voy a salir a sudar bajo la lluvia en las madrugadas. Estoy gastado. Ya vengo de regreso. El cuerpo no me da. Prefiero irme a ver si logro llegar a la ciudad.

Le pasé mi cigarrillo al teniente, para que encendiera el suyo.

—El que da las órdenes aquí soy yo —dijo el capitán, terminante.

Le busqué los ojos, para que entendiera, pero había volteado su rostro hacia el fogón. No me moví. El teniente me regresó el cigarrillo.

—¿Qué querés, ah? ¿Que te trate como a una damita? ¿Que haga una excepción porque te sentís cansado? Vos deberías gradecer que te aguantamos en este lugar. Aquí vas a hacer lo que yo ordene …

Pero sus ojos continuaban huyendo, del fogón al teniente, de éste al suelo oscuro y barroso. Seguí plantado.

—No te preocupés. A los civiles se les dará sólo el entrenamiento que resistan —dijo el teniente, conciliador, hasta guiñándome un ojo.

Tiré la colilla al fogón, justo entre las caras de los dos hombres. Entonces el capitán me sostuvo por un segundo la vista.

Salí al aguacero, al frío ventoso, pensando si ese renco trotaría a mi lado con la soberbia en alto, o si la impotencia era su forúnculo hediondo. Entré a la choza que compartían la gorda Rita, su hermana, su tía y sus dos hijos soldados.

—Pobrecita la Catarina —dijo la Gorda—. Ya no va a a dormir con los niños.
—No fregués, mejor. Ahora puede dormir con el teniente Pedro —comentó su hermana.

Y si hubiera sido de día, sin lluvia, quizás no hubiera entrado a esa choza, sino que habría caminado veredas abajo, sin expectativas, tan sólo disfrutando el aire fresco.

A la mañana siguiente, el chubasco era lo suficientemente intenso como para que resultara imposible cualquier tipo de entrenamiento. Las goteras horadaban el techo de la cocina. El teniente Pedro sintonizaba su radio de onda corta; Catarina platicaba con los niños, como si los viera por primera vez en mucho tiempo.

—Es una tormenta tropical —dijo el teniente—. Entró por el Caribe y se dispersará en las próximas horas. A ver si mañana mejora el tiempo.

Rudy me miró con expresión preocupada. Me hizo señas para que lo acompañara a un rincón de la galera.

—Que anoche tuviste un problema con el capitán —dijo, quedito, con el plato a la altura de su quijada, para que no se le cayera el caldo de los frijoles.
—Te contó el teniente…
—Ajá.
—En cuanto pase este chubasco, me largo. Ese tipo es peligroso y no le hago ninguna gracia.

Se acercó al fogón por otra tortilla. Catarina nos miró de reojo; el teniente seguía con el radio pegado a la oreja, como si nada.

—No te desesperés —me aconsejó Rudy—. Cuando te vayás, hay que hacerlo de tal manera que podás salir a un pueblo del otro lado de la laguna, para que no te capture el enemigo y tengás chance de irte a la capital… San Antonio sería un buen lugar.
—¿Cuánto me tardo en llegar hasta allá?
—Quién sabe ahora. Sin lluvia, una semana de camino, mínimo.

Catarina susurraba al oído del teniente Pedro. Se refería a los niños, evidentemente.

—¿Y la tropa qué piensa del capitán? —inquirí.
—Nada —dijo Rudy—. Estamos acostumbrados. Pero los niños no lo quieren. ¿Ubicás al Cuco, ese de la camisa a cuadros y el pelo colocho?

Tendría unos diez años, cuerpo firme, rasgos de mulato y expresión melancólica.

—Anoche llegó a nuestra barraca en carrera, llorando, que quería dormir con Catarina, que le daba miedo quedarse solo…
—Raro…
—El teniente se puso como la gran puta de enojado —dijo, siempre quedito—. Era la primera vez que dormiría con Catarina toda la noche. Imaginate… Ella pasó como media hora tratando de convencer al cipote que regresara a la choza del capitán, pero no paró de berrear hasta que lo dejaron meterse al catre con ellos…

La gorda Rita también había percibido el nuevo ambiente: volteó a verme con cara inquisitiva y luego se fijó en la pareja que cuchicheaba.

—Esta alemana los tiene muy malacostumbrados —musitó Rudy—. En eso tiene razón el capitán: hay que foguear más a estos cipotes, si no se van a cagar en el primer combate.

Buena parte de ese día brumoso, ventisco, chorreante, me la pasé en la hamaca, fumando, bebiendo café, acostumbrado al encierro, a gastar las horas en fantasías, sin ganas de planear este nuevo escape, mucho menos de preocuparme por las trampas que me tendería el capitán.

Deberá ser como la vez anterior, me dije, de manera inesperada, abrupta, se presentará la oportunidad, en el momento preciso, y yo nada más tendré que dar un paso y dejarme llevar por la correntada.

Al atardecer, cuando la lluvia había menguado un poco, el propio Rudy vino a revelarme que acababan de recibir órdenes del Estado Mayor. La mitad de la tropa, bajo el mando del teniente Pedro, debía partir en la madrugada, les comunicó el capitán.

—¿Vos también vas?

Una lástima, dijo Rudy, porque le encabronaba caminar bajo la tormenta, entre fangales, patinando en las pendientes.

Catarina quiso sumarse al grupo, pero no la autorizaron, pues el mando había solicitado únicamente tropa experimentada.

La noche fue de preparativos. El capitán se mostraba excitado, como si él fuera a encabezar el contingente. Los dos hijos de la gorda también partirían.

Ahora mis posibilidades de abandonar el campamento se limitarían. Me convenía colaborar con el capitán, evitar los enfrentamientos, me recomendó el teniente antes de partir.

Y un poco después de la medianoche, bajo un cielo cerrado, oscurísimo, de llovizna intermitente, se pusieron en marcha, una quincena de hombres tiritantes de entusiasmo.

Horas más tarde, casi al amanecer, en el campamento parcialmente vacío, otro niño había huido hacia el catre de Catarina, me contó la gorda mientras atizábamos el fogón.

—Si sigue lloviendo nos vamos a quedar sin leña —dije.
—Parece que ya escampó.

Entonces, desde la puerta, el capitán gritó que debíamos salir a trotar. La gorda puso cara de resignación. La explanada frente a la cocina era ese lodazal en el que la tropa restante hacía honores a la bandera. Los niños estaban alineados atrás de los uniformados; los civiles formábamos un grupo aparte -sólo la tía de la gorda, por anciana, había sido perdonada.

Extasiado en su porte y tono marcial, el capitán marcaba el paso sin moverse de su sitio, junto al asta (una vara larga y torcida), inflando el pecho al máximo, para paliar su cojera.

Supe que a ese ritmo destrozaría mis zapatos en menos de una semana.

Catarina tenía el ceño fruncido, una mueca de angustia. Ahí comprendí, de porrazo, por qué me había opuesto a trotar: era como si estuviera en el patio del presidio, sin murallas de concreto, pero con la misma sensación de sometimiento, de vigilancia, de asfixia.

Preparamos el desayuno con lentitud, como si me hubiese puesto de acuerdo con la gorda. Los infantes comieron bulliciosamente, reanimados por su nueva rutina, aunque de cuando en vez cruzaban miradas sombrías con el Cuco y Paco, un chiquitín de tez cobriza y ojos claros.

Catarina entró alterada, enfiló hacia el capitán y le dijo que quería hablar a solas con él.

—¿Para qué?
—Preferiría que lo habláramos en privado —respondió ella.

Los niños estaban atentos, en un súbito silencio. La gorda siguió amasando, indiferente.

—Si no es una cuestión de seguridad, mejor decímela ahora mismo —ordenó, sin dejar de masticar.

La alemana enrojeció.

—Es sobre los niños, mi capitán.

El tipo tampoco la miraba a los ojos, concentrado en su plato.

—El Cuco y Paco no quieren dormir en su choza, sino que se quieren quedar conmigo.

El capitán se puso de pie, cojeó entre los impúberes y le espetó:

—Vos tenés la culpa. Los deformaste. Ahora quieren pasar bajo tus naguas. Todos tienen que dormir juntos, bajo mi vigilancia. Tienen que hacerse hombres, guerreros.

Catarina no halló qué decir. El capitán le ordenó que se retirara, pues le tocaba sustituir a Beto en la posta.

No volvió a llover, pero el cielo continuaba brumoso. A media mañana, hacia el lado de la laguna, se escuchó el rugir de una flotilla de helicópteros. La gorda se persignó. Salí a buscar leña, para ponerla a secar junto al fogón. Empezó a soplar un viento fuerte, helado, que sacó a la niebla de entre los pinos. Por un momento, corto pero prometedor, hasta un haz de sol alumbró una parte del bosque. Cargado de ramas y chiriviscos, llegué al sitio donde Catarina hacía posta.

—Ahora sí como que ya se va a aclarar —dijo.

Había llorado, sin duda.

—¿Cuál es el problema con los cipotes? —inquirí.

La trinchera tenía casi un metro de profundidad, rodeada de piedras y matorrales. Observé hacia la laguna: se distinguía parte del valle, la vegetación tupida y las nubes rasantes.

—No sé —dijo, abatida—. Algo raro está pasando. Pero los niños no me quieren decir nada, como si el capitán los hubiera amenazado.

Me senté en el borde de la trinchera. Saqué un cigarrillo. Ella no fumaba.

—Llegan llorando, a medianoche, diciendo que no quieren quedarse en la choza del capitán, que por favor los deje dormir conmigo. Y cuando les pregunto qué les pasa, responden con evasivas. No sé…

Podía ser que el capitán los azotara, o les dijera cosas horribles.

En ese instante volvió el ruido amenazador de los helicópteros. Ella empuñó su fusil, me indicó que me tirara dentro de la trinchera y buscó en lontananza. Pero los aparatos volaban lejos, indistinguibles, aunque el viento trajera su eco.

Mientras regresaba al campamento, deseé que el teniente Pedro o Rudy, alguien de confianza, estuviera con nosotros. Un presentimiento indefinido, pestilente, intentaba abrirse paso; algo desconocido, temido, que me haría volar en pedazos.

Fue durante mi segundo día en el campamento cuando la gorda Rita me explicó que todos esos niños eran huérfanos: sus padres habían sido asesinados o desaparecidos por sus enemigos. El mando de la zona decidió aprovechar los conocimientos pedagógicos de la alemana, concentrarlos bajo su tutela.

Para mí, hasta ahora, habían sido unos mocosos glotones, de rostros tristes, mugrientos, causa del griterío a la nunca recuperada hora de la siesta.

—Va a costar que se sequen esos chiriviscos —comentó la gorda.

Pasé el día aprovechando que la lluvia se había ido: limpié la galera, colgué los trapos para que se orearan, lavé la otra mudada que me habían regalado.

Los frijoles de la cena le harían daño a más de alguno, por la tensión evidente, el rostro compungido de Catarina, la expresión cercana al terror que por momentos sobrecogía a Cuco y Paco. La gorda se comportó más chistosa que de costumbre. Le dije que yo lavaría las ollas y los trastos; no le dije que quería retrasar hasta donde fuera posible el momento en que me encontrara a solas en mi hamaca.

Pero el instante llegó. Apagué el candil, encendí mi cigarrillo y me acosté en la hamaca, a escuchar el zumbido de la noche, las acechanzas del bosque, a ceder ante ese presentimiento que había tratado de perforarme a lo largo del día. Finalmente, éste no era mi mundo y apenas estaba de paso.

Pude haberme quedado dormido un par de horas, o quizás más. Me desperté sobresaltado. Sin encender la luz, tomé mi cuchillo y me dirigí a la puerta. Era una especie de lamento que procedía del otro lado de la explanada, donde comenzaba el bosque. Una corriente de aire precisa lo llevaba hasta mí.

Sigiloso, bordeé la explanada. Estaba recostado en un zanjón, en posición fetal, lloriqueando. Cuando me percibió, se incorporó de un brinco. Era Cuco.

—Soy el Viejo —dije—. Tranquilo.

Tiritaba, ahora sentado en el borde del zanjón, limpiándose las lágrimas con el antebrazo, sorbiendo mocos.

—¿Qué hacés aquí?

No respondió. Yo era casi un extraño; apenas le sacaría palabra…

—¿Por qué no te vas con Catarina?
—El capitán le dio órdenes a la tropa que si llego donde Catarina me regresen de inmediato a la choza con él.

Le dije que se viniera conmigo a la cocina. Peligroso pasar la noche en descampado. Una suerte que las postas no lo hubieran detectado.

Me siguió, agazapado, oteando temeroso hacia la choza del capitán.

Un gajo de luna creciente alumbró de súbito.

—Quedate en la hamaca —le indiqué, luego que entramos. Dijo que no, que no quería molestarme, ni tenía derecho a ocupar mi lugar.

Encendí un cigarrillo. Acerqué el banco al fogón: las brasas estaban apagadas; el café frío.

—Yo ya no tengo sueño. Metete a la hamaca, para que te calentés.

Obedeció. Al poco rato roncaba, como si fuera mayor. Entonces lo decidí. Desde el umbral, observé la explanada. Luego caminé untado a la pared de la galera. Rodeé la choza de la gorda. Instintivamente palpé mi cuchillo. El cacho de luna ya no estaba; sólo nubes oscuras, cercanas. Me ubiqué exactamente pegado a la pared detrás de la cual dormía el capitán. Agucé el oído al máximo, pero no percibí más que el zumbido del viento, el rumor de los insectos. Habré estado una media hora —peleando con el frío, con la sensación de inutilidad, porque no necesitaba escuchar sino el presentimiento que se había convertido en certeza—, hasta que hubo movimiento en las barracas por el cambio de posta.

A la mañana, el rostro de Catarina era de furia, de indignación.

—Algo raro está pasando —murmuró la gorda.

Y el clima, en cambio, fue otro: el cielo despejado, azul intenso; el sol tremendo y una brisa templada.

Tampoco la rutina pudo ser la misma: antes del almuerzo, Catarina y el capitán se encerraron en la choza de éste. Unos quince minutos más tarde, ella salió con el rostro descompuesto. El jefe convocó de inmediato a la tropa. Los hizo formar filas, firmes. Se refirió a la disciplina militar, a la moral de combate, a la exigencia de sentar un ejemplo cuando alguien mostraba falta de voluntad, tendencia a la disolución y el desacato.

Yo no me había movido del umbral, atento a la olla con la sopa hirviendo.

El capitán anunció en seguida que Catarina había cometido una grave indisciplina y que por tanto recibiría una sanción consistente en tres días de encierro y de postas permanentes durante las noches. Ella hizo un enorme esfuerzo por mantener la compostura, pero una lágrima solitaria, infame, la traicionó.

Los niños también estaban en formación militar; no quise ver sus rostros.

Que yo supiera no había bartolina en ese lugar, pero la gorda me explicó que la encerrarían en uno de los refugios antiaéreos, especie de túneles o cuevas en la pendiente del bosque.

—Ahora han de estar inundados, como pozos —dije.

La gorda puso cara de aflicción.

—Pobrecita —musitó—. ¿Qué habrá hecho?

Alcé los hombros.

Mi tumo llegó a media tarde, después de la práctica de arme y desarme, en la que la hermana de la gorda se destripó un dedo. El capitán me dijo que le urgía hablar conmigo en ese mismo instan~. Lo seguí a su choza. Las hamacas y catres de los niños ocupaban la mayor parte del espacio. En un rincón, separada por un par de hojas de madera, estaba su guarida: la hamaca, una silla y una mesa sobre la que yacía el radiotransmisor, un fajo de papeles, su radio de onda corta.

—Sentate —ordenó.

Jalé la silla. Hoy sí le encontraría los ojos.

—Estás en problemas —dijo—. Anoche Cuco se quedó con vos en la cocina, en violación al reglamento…

Empezó a pasearse, renqueando, con las manos sujetas por la espalda y la vista en el suelo.

Para colmo, yo no era soldado, ni personal de apoyo, sino un mugriento criminal que gracias al azar, a la inmadurez de Rudy ya la irresponsabilidad del anterior jefe, había sido aceptado en el campamento.

—No sé qué hacer con vos —agregó.

Por lo pronto quedaría confinado en la cocina, bajo vigilancia, mientras él consultaba por radio al Estado Mayor sobre mi caso.

—Ojalá que no estés en complicidad con la alemana —me advirtió.

Me puse de pie. En ese sitio abusaba de los niños, sin duda.

—Yo no te hubiera dejado permanecer aquí —me espetó—. Detesto la escoria.

Ahora me paré frente a él. Alzó la vista, retador, pero era cobardía lo que escondían sus ojos.

Cuando llegué a la cocina, la gorda estaba alarmada, con el susto en la jeta. Había ido a la cueva, a llevarle comida a Catarina, y esta le había contado: el capitán abusaba de los niños, el muy degenerado. Deshecho en lágrimas, Paco se lo había contado a la alemana.

—Es inconcebible… —exclamó, a punto de llanto—. Y mis muchachos que no están… Hay que esperar a que regrese el teniente.

Catarina le había pedido papel y lápiz. Iba a redactar un informe sobre la situación, para hacerlo llegar al Estado Mayor lo más pronto posible.

—¿Por qué no le dicen a la tropa lo que está pasando? —inquirí.
—No serviría de nada. Nadie de los que quedaban osaría cuestionar la autoridad del capitán.

Tomé la piedra de afilar. Me fui a la hamaca. Mi cuchillo era una hoja de cuatro pulgadas que me acompañaba desde la cárcel; cuando estaba de humor, lo llamaba “Toñito”.

La gorda también tuvo su turno.

El capitán entró, con su mueca fofa, y le dijo que se apurara. Supe que se quebraría, la pobre. y luego, cuando disfrutaba del crepúsculo a través de la ventana, escuché que el capitán decretaba el estado de alerta máxima, porque el enemigo había desembarcado de este lado de la laguna. Reforzarían las postas, se realizarían misiones de exploración para detectar probables infiltraciones y todos debíamos estar atentos, a fin de implementar el plan de retirada. Por último gritó consignas que la tropa coreó con entusiasmo.

Más tarde tuve que volver a su choza.

—Estás frito —me dijo, señalando el radiotransmisor.

Ya había oscurecido, pero los niños estaban afuera, de servicio.

—No quieren saber nada de vos. Me dijeron que yo decida…

El candil estaba sobre la mesa, a la par de la nueve milímetros.

—Contame: ¿A quién fue el cristiano que te quebraste?

Quiso aparentar un guiño de complicidad, pero había otra roña.

—A un medio hermano —mascullé.

No se lo esperaba. Escupí.

—¿Cómo? ¿Mataste a tu propio hermano?…
—Medio hermano —lo corregí.

Apoyó ambas manos en la mesa, balanceando el cuerpo, de cara a la pistola.

—Te voy a dar una oportunidad: si aceptás colaborar totalmente —y enfatizó esta última palabra— conmigo, estás vivo; si no, te vamos a fusilar hoy mismo… No tengo suficiente tropa como para estarte vigilando y tampoco te voy a dejar ir para que le digás al enemigo nuestra posición.
—¿Qué querés? —pregunté, inmutable ante la pestilencia.

La situación se había complicado, me informó. La sección de contrainteligencia del Estado Mayor había detectado a un espía enemigo infiltrado en nuestras filas, en nuestro campamento.

—¿Me entendés?…

Este era un caso extremadamente delicado, una información confidencial. Me lo estaba revelando porque necesitaba mi colaboración.

—De entrada sospeché que vos eras el hijo de puta…

Tomó la pistola. Cortó cartucho. Me apuntó al pecho.

—Ya no estarías vivo, por supuesto.

Pero hoy en la tarde el Estado Mayor le había confirmado los datos del espía y tenía órdenes de actuar de inmediato.

—¿Quién es? —pregunté, a lo tonto, porque vi venir la correntada.
—La espía … —subrayó sus palabras con asco.

Se guardó la pistola en el cinto.

La cuestión era la siguiente: no era momento para hacer un juicio sumario, pues el enemigo estaba encima y la tropa podía ser víctima de la confusión, la desconfianza, la desmoralización.

¿Entendía?

El procedimiento debía ser expedito y secreto. Por esto requería mi colaboración.

Al salir de la choza, me quedé un rato en la explanada.

El cielo estaba límpido, apabullante de estrellas. Noche como para encender una fogata, tenderse en el pasto, en silencio. Pero el enemigo acechaba y estaba prohibida cualquier luz en descampado.

Me acosté en la hamaca, a esperar la hora.

El plan era sencillo. Catarina, el capitán y yo saldríamos en misión de exploración, más allá de las postas.

Cuando él me diera la señal, yo la acribillaría. Diríamos que chocamos con una avanzada enemiga. Se le enterraría con honores. Y después el capitán me ayudaría a llegar a la ciudad.

Alrededor de la medianoche, me silbó desde la puerta.

—¿Estás seguro que sabés usar esto? —dijo, mientras me entregaba el fusil.

Juraría que tembló de la emoción.

Cruzamos la explanada bajo la bóveda estrellada, con cuerno de luna, empujados por una brisa templada, estimulante. Eché una última ojeada a las chozas, la galera, las barracas. Bajamos la pendiente entre aroma de pino y canto de cigarras.

—¿Por qué mataste a tu hermano? —murmuró.
—Borrachos. Se puso a insultar a mi madre, que no era la de él.

Pero entonces comprendí el verdadero motivo, que había estado ahí, en mis narices, oculto desde hacía casi cuarenta años. Era el cuerpo desnudo y escuálido de un niño, tendido de espaldas, bajo la penetración perversa de su hermanastro mayor.

—¡Alto! —ordenó.

Catarina acababa de silbar la contraseña. Saqué mi cuchillo y me lo acomodé en la mano con que empuñaba el fusil.

—Acompañanos. Vamos a explorar —le indicó el capitán.

Ella buscó mi rostro en la penumbra, pero sólo hubiera encontrado una expresión ausente.

Empezamos a bajar la ladera, agazapados, en dirección a la laguna. Penetramos a un paraje oscurísimo, de árboles frondosos y vegetación espesa.

—Separémonos —musitó el capitán.

Le indicó a Catarina que se adelantara.

Iba a darme la señal, pero brinqué sobre él y le rebané el pescuezo.

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