La sombra de una buena o mala complicidad – parte IV

Hay momentos en la vida, yo lo sé, años tal vez, en donde el estar solo entre los semejantes alcanza un grado que uno no hubiese admitido en los momentos de compañía espontánea y familiar.

Rainer Maria Rilke

¡Ay! Devolvedme a mí también aquellos tiempos, en que yo mismo aún estaba en camino, cuando un manantial repleto de canciones sin cesar siempre de nuevo manaba, cuando una niebla el mundo me velaba, los capullos aún me prometían prodigios, y yo andaba cortando las mil flores que todos los valles ricamente colmaban. No tenía nada y sin embargo me bastaba el impulso hacia la verdad y la complacencia en el engaño. Dadme aquellos impulsos indómitos, aquella honda y dolorosa dicha, la fuerza del odio, el poder del amor, ¡devolvedme, ay, mi juventud!

Goethe

Lo admito: a medida que pasan los años, sospecho que estoy viviendo en carne viva la falacia del costo irrecuperable. Ya había escrito algo sobre esto, pero creo que necesito volver a reflexionar sobre el asunto. Me lo indica mi terca intuición.

Toda forma de adicción terminará afectando nuestro mundo tarde o temprano. Y aunque quizá la palabra adicción sea demasiado severa cuando se trata de entregarnos en cuerpo y alma a nuestros sueños y aspiraciones, lo cierto es que el dilema sartreano aparecerá como un parteaguas para que aprendamos a colocar las cosas en perspectiva: Lograrás tal cosa, pero en pago no podrás hacer esto otro; entregarás tu tiempo para escribir y publicar, pero te será muy difícil encontrar a alguien en tu vida que esté dispuesto a seguirte a este ritmo… etc. Sé que la idea se entiende, pero un par de obviedades nunca están de más.

El arte —y para el caso que me interesa, la literatura— es una amante y una religión. Tiene algo de bochornoso admitir que uno quiere convertirse en escritor, porque hay que ser lo suficientemente caradura para lidiar con la realidad de ser amateur, o que uno apenas sigue probando y probando, sin sentir que de verdad ha escrito todavía algo que valga la pena.

Y si uno ya publicó, hay que lidiar con la condescendencia de quien escucha, sobre todo si uno apenas ha publicado en alguna edición artesanal. O peor aún, decir que uno es escritor y estar no solo inédito, sino con la vergüenza de no saber si enseñar o no lo que uno escribe. Es comprensible, por supuesto, ya que después de todo ya no existen los Víctor Hugo o los Dostoievski.

Se debe añadir también la frase de Roberto Bolaño (sí, es de rigor): “El ser escritor es un oficio, a mi modo de ver, bastante miserable. Es un oficio poblado de canallas —eso más o menos todos lo intuyen—, pero además, poblado de tontos”. Así que el escritor se asocia más o menos con un perfil bukowskiano, baudeleriano, y con todos los matices de charlatanería, que en el imaginario latinoamericano se asocia con el escritor amateur y cutre que se lo ha ganado a pulso.

Y el dilema, de manera inevitable, se hace presente: dedicarse a la literatura es el oficio más solitario del mundo, que obliga a una esencial renuncia, para poder volcar todo en las palabras. Y si uno tiene un amor incontenible, un deseo por vivir a plenitud sobre todas las cosas, entonces habrá que optar. Stanislavski lo dijo: “Ama el arte en ti mismo, más que a ti mismo en el arte”. Pero ¿será posible conjuntar el amor y el oficio? Sí y no.

El oficio requiere amor, pero más cabeza fría que otra cosa. Y el amor, en ese otro matiz, no tendría que interferir con el oficio. Y también, muy en el fondo, requiere también un poco de racionalidad. En ese sentido, en mis emociones el problema está mal planteado, aunque en mis ideas las cosas están claras. Tendré que reeducar la mirada o mejor seguir caminando solo. Pero todo es un día a la vez, un paso a la vez.

Stephen King me parece que lo tiene muy claro, luego de contarnos todo su descenso personal a los infiernos: “He superado todo lo que acabo de contar (y mucho más que me he dejado en el tintero), y ahora contaré todo lo que pueda sobre mi trabajo. Sin alargarme, como tengo prometido. Se empieza así: poniendo el escritorio en una esquina y, a la hora de sentarse a escribir, recordando el motivo de que no esté en medio de la habitación. La vida no está al servicio del arte, sino al revés”.

Entonces ocurre una interesante paradoja: el dilema radica en que uno debería de dejar de preocuparse por el tiempo, porque si uno ama la escritura siempre encontrará la manera de invertir en uno mismo para escribir… y sin embargo, si no se dedica tiempo a la obra, sencillamente nunca se logrará depurar en el sentido más completo, porque los libros no se escriben solos, y mucho menos alcanzan la perfección solitos. ¿Cómo encontrar el punto de equilibrio?

Recuerdo haber visto alguna vez en Twitter el #Reto20paginasDia, que aunque por lo general la gente subía capturas de libros de autoayuda y cosas así, la verdad es que es una manera excelente de leer muchos libros al año. Yo leo durante dos horas mientras viajo en el bus, y no podría enumerar cuánto he leído al año gracias a esa costumbre. ¿Pero funcionará igual con la escritura?

Es motivante pensar que si escribo una página al día, al final del mes tendré 30 y al final del año unas 365. Suena a la extensión justa de una buena novela, ¿verdad? Pero los ritmos de escritura y las motivaciones internas funcionan distinto en cada persona. Y uno viene y se acuerda de las miles de correcciones que hacían Balzac o Flaubert (y este último es célebre por reescribir una y otra vez), o —sin ir tan lejos— de las 14,000 páginas del archivo de Roberto Bolaño. La buena obra es el resultado de la auténtica dedicación. En el orden natural de las cosas, si uno solo escribe por escribir está ante un hobby, pero nada más. Pero entonces, ¿debe uno renunciar a todo y dedicarse a la escritura? Lo sé, es la maldita pregunta de siempre… no puedo evitarlo. Sigue siendo mi callejón sin salida personal.

Y en el horizonte aparece la innombrable y alienante felicidad: unir la irrefrenable pasión por la escritura con tratar de llevar una vida normal. ¿Será eso posible o es solo otro estúpido autocuestionamiento? Sí, la vida es breve, para qué afanarse demasiado… pero ¿por qué cuesta tanto vencer la infinita curiosidad? Creo que había prometido en alguna parte escribir sobre el síndrome de Fausto: quizá hacerlo me ayude a exorcizar un par de demonios cotidianos.

Pero esto solo es parte del demonio mayor, que es de la droga que hablé en las otras entregas: el amor versus la duda, el amor a todo, y el miedo actuando como una lámina de vidrio delgada y frágil.

* * *

La gente suele temer el que no la amen… Y muy a mi pesar, yo también temo no ser amado, y jamás he dejado de sentirme aterrado a la hora de volver a amar… hasta donde me resulta posible, procuro no permitir que un miedo tan absurdo, que me impida vivir, vivir algo bueno de verdad, me estropee volver a sentir eso que es de las pocas cosas que valen la pena en esta vida. Y sé que tuve que aprender eso por las malas, porque cerré mi mundo demasiados años para darme cuenta de algo tan evidente. Pero es lo justo, porque no podía ser de otra manera.

Y sean irracionales o no, las dudas y el miedo jamás desaparecerán. Es la obviedad de la vida, sobre lo que uno podrá volver miles de veces, siendo la respuesta siempre la misma. Es por eso que cae sobre su propio peso el derrumbe de toda idea optimista. No tenemos garantías en esta vida: garantías de absolutamente nada. Sencillamente cualquier cosa podría pasar. Pero entonces, ¿debemos vivir en la quinta etapa del modelo de Kübler-Ross? No negaré que a veces tengo miedo de estar viviendo en este momento en la cuarta etapa, por aspectos específicos que me han tocado vivir.

* * *

Pero esto tiene una vuelta de tuerca y es lo que queda en el aire entre el amor y los sueños: la aceptación, en su más absoluta doble dinámica: cómo nos aceptamos y cómo nos aceptan. Y en ese sentido, terrible cosa es el ser humano. Renunciamos al nivel general de aceptación como una de las formas de resignación, y nos quedamos con la esperanza de la validación de la gente que tenemos cerca, como una especie de aceptación particular.

Al parecer es una necesidad básica humana que solo se olvida por resignación, como cuando vemos a los viejitos a quienes les vale lo que todo mundo piense y actúan como se les da la gana.

En algún punto de la vida, si somos afortunados, encontramos un lugar en el que ya no tengamos que preocuparnos por esta doble negociación de aceptación: alcanzamos en alguna medida el nivel con el que nos conformamos. En mi caso personal, para qué negarlo… ya pasé por los momentos frustrantes donde todo intento mío fue infructuoso. Es por eso que hago esta valoración desde mi propio presente. Cuando nos vale ser aceptados o no, al llegar a un círculo social nuevo, en realidad eso en sí mismo es un mecanismo de defensa… Defensa que bajamos si de repente somos aceptados por todos los miembros de ese nuevo círculo social.

Y obviar el mecanismo de amor-aceptación no es un signo de madurez, aunque tal vez sí de cierta trascendencia mística, que tendría más que ver con aspectos sociales que con encontrarle respuestas a la vida. No hay forma de salvarse de nosotros mismos. Ya lo sabían los antiguos.

* * *

He vuelto a sentir lo que me ocurrió con la segunda parte: he releído esto y me siento como un tonto. Diablos… debo autoaplicarme aquel meme de Homero Simpson: “Usted no aprende, ¿verdad?”.

Pero diré como autoexcusa y autodefensa que siento que he caminado solo por un sendero donde puedo ver mejor el mapa, como si hubiera iluminado algunas zonas que antes no hubiera tomando en cuenta.

2 comentarios en “La sombra de una buena o mala complicidad – parte IV

  1. Citando: ¿debe uno renunciar a todo y dedicarse a la escritura? Modificando un poco la pregunta: ¿Renunciarías a la escritura para dedicarte a todo lo demás?
    Cruzo los dedos para que publiques la entrada del Síndrome de Fausto. Cruzo los dedos para que puedas salvar tu encrucijada. Espero que alguna vez te animes a publicar algún relato corto por aquí 🙂 Saludos.

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    1. Muchas gracias por tus palabras. Durante 3 años intenté así, a medias, dedicarme a leer y escribir cuando tuviera tiempo. A medida que se avanza en la universidad, se vuelve básicamente imposible. Luego pasé a otra etapa de mi vida, cuando ya fue imposible hacerlo de verdad. Era un esclavo de mis circunstancias. Esos fueron 8 años en total. En ese tiempo sencillamente renuncié y me resigné. Pero jamás pude matar esa espinita. En los últimos 4 años por fin muchas cosas dieron fruto y digamos que pude llevar una vida más normal, como el promedio de personas. Y esa espinita jamás me abandonó.

      Como había estado lejos ocho años, estos últimos cuatro años retomé medio a pausas, medio resignado, y en ese lapso en algún momento se me ocurrió hacer un blog y enfrentarme a la opinión del resto. Por mi cuenta, comencé a escribir con más regularidad, retomé el ritmo de aquella juventud perdida, pero ahora con más constancia y menos a medias. Luego eso se va haciendo más fuerte y uno comienza a caer entonces de nuevo en el dilema.

      Gracias por tus buenos deseos. Yo escribo esperando desahogar todo eso, pero procuro actuar con sensatez hasta donde me resulta posible. No me animo todavía a compartir algún relato mío, porque no pierdo la esperanza de lanzar un libro. En mi país las pocas editoriales disponibles buscan excusas para no publicar, en lugar de hacer lo contrario. Si un texto mío que sea decente no está inédito, sencillamente no lo publicarían. Pero… aunque no podría prometerlo, me animaré a compartir algo más.

      Lo del Síndrome de Fausto lo haré… ando esa idea entre ceja y ceja. Ya me extendí demasiado. Supongo que es un tema con el que me resulta inevitable hacerlo. Gracias por pasar. Saludos.

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