La sombra de una buena o mala complicidad – parte V

Por mi parte, considero que las almas han desarrollado a los veinte años lo que deben ser, y que prometen todo aquello de que serán capaces. Jamás un alma que a esa edad no ha dado muestras muy evidentes de su fuerza dio después pruebas de ella. Las cualidades y las virtudes naturales presentan entonces, o nunca, cuanto tienen de vigoroso y de bello.

Michel de Montaigne

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

Jorge Luis Borges

Sé que la mayoría de las cosas que he compartido en este espacio virtual han sido temas que llevan impregnado cierto vaho de tristeza o pesimismo. En otras ocasiones ha sido al revés… y sin darme cuenta he terminado escribiendo cosas de autoayuda, pero sin el toque real que haga sentir del todo motivado a quien me lee. Ni siquiera yo solo me convenzo. Pero no todo es contradicciones y falsas modestias. En realidad este espacio ha sido la mejor terapia que he encontrado en esta etapa de mi vida. Siempre lo repito: es mi logoterapia.

Es por eso que en medio de tanta cosa mala, melancolías expuestas y autorridículos, en realidad me doy cuenta que he sido muy afortunado. Muy temprano en mi vida me di cuenta que no soy nadie especial o que no soy tan diferente como cualquier ser humano promedio. Dudo, temo, río, lloro, cometo tonterías y a veces hasta me paso de infantil. Y soy afortunado, porque hago un esfuerzo personal de darme cuenta de lo que me pasa, sean las circunstancias que me estén ocurriendo. O al menos es el ejercicio que intento.

Recuerdo las fanfarroneadas de algunos excompañeros o conocidos de la universidad: “¡Ah! ¿Entonces hoy era el examen? ¡Ni me acordaba! No estudié para nada”, palabras más o palabras menos, mientras se llevaban la respectiva mano al mentón, con un desenfado y confianza en que de todos modos todo saldrá bien. Nunca me ha molestado que alguien sea así en lo más mínimo, aunque no evitaba preguntarme si estas personas de verdad apreciaban el valor de lo que estudiaban, o si buscaban más de lo que recibíamos: cuando emprendemos la carrera del conocimiento, el flujo de aprendizaje debe ser infinito. Así que no sé si fui bueno o malo para el estudio (aunque todo indica que lo segundo, sin falsa modestia ni nada… es muy personal y cansino para aclararlo, por el momento), pero sí sé que cada calificación fueron horas y horas de dedicación continua, sin parar, hasta que el cuerpo aguantara.

En dependencia de la burbuja con la que crezcan algunas personas, una buena parte desarrolla aversión a la frustración, o creen que todo les debe salir misteriosamente bien, como si se merecieran algo en particular, solo por el hecho de ser quienes son. Las variables de la vida real, de los grupos sociales y de las circunstancias que estén viviendo solo les provocan molestias y hasta traumas innecesarios. Yo he padecido de todo eso, por supuesto, pero creo que al final aprendí de todas las derrotas, rechazos, de ese mi gen de caer mal, que me ha obligado a aprender una larga lista de cosas que al final me han fortalecido. Sé que tengo corazón de pollito, pero hasta el momento, después de algunas tristezas he logrado reponerme. Esto es como leer un libro o como escribir: los libros no se escriben solos, ni los artículos tampoco. Una página sucede a la otra y las palabras también… esfuerzo perpetuo es lo que queda.

Los sueños tampoco se cumplen solos. Una vez más la premisa del trabajo y esfuerzo bien focalizado. Y aquí es donde muchos caen en el error de creer que cumplir sueños implica la felicidad asegurada. O que alcanzar el éxito es la mejor manera de medrar, como si fuera lo más fundamental en la vida. Siempre me lo he preguntado: ¿qué es el éxito? ¿Casa propia, carro, la pareja perfecta, familia, viajar y vivir muchas fiestas en playa y ranchos de lujo? En realidad es una lista que me suena demasiado materialista. Todo solo suena a invocación de placeres inmediatos. Estoy totalmente seguro que una mejor calidad de vida me haría sentir bien en muchos aspectos, pero ni eso ni vivir el supuesto sueño personal hará que mágicamente perciba la vida como más perfecta, o que de repente sienta que cada instante es orgásmico. La gente se equivoca a veces con esas motivaciones profundas.

Por pura casualidad, y por circunstancias concretas de trabajos en los que he estado, he conocido gente con mucho dinero. No millonarios en ese sentido cliché que se nos viene a la mente, pero sí digamos que con ese nivel de desahogo de tener propiedades y esas cosas. Y al tratar con esas personas bastan nada más cinco minutos para darse cuenta que también tienen miedos, frustraciones, preocupaciones y dolencias. Como todo mundo. Lo material no lo es todo y es una lástima que la inmensa mayoría de verdad no quiera reconocerlo. Los momentos de felicidad que he conocido en mi vida han sido provocados por las personas y por algún par de logros no necesariamente trascendentales, pero no por esa estúpida concepción del “incesante éxito”.

El mundo tiene variables. Demasiadas como para tener todo bajo control. Soy afortunado por haber comprendido eso con un par de sinsabores en mi vida, y también por haber vivido tempranamente muchas cosas. Es por eso que tampoco puedo creer en el perfeccionismo. O bueno, debo acotar. Soy un idealista enamorado de lo que expone la película Whiplash… pero de eso, a creer que todo tiene que ser perfecto… las personas que viven con esa idea se están haciendo un daño terrible, casi irreparable.

Nada es perfecto, ni nada lo será jamás. Nada. Lo que nos queda es buscar la excelencia, superarnos cada día a nosotros mismos. Este artículo no es perfecto. Ni lo contendrá todo. Nada de lo que he hecho en mi vida es perfecto. Pero este artículo es mejor que alguno que escribí en 2014, y sencillamente lo es porque he procurado mejorar cada día, a medida que escribo. La perfección nunca se alcanza, pero el premio de consuelo es procurar la excelencia. Deben hacer cien mil artículos mejores que este, pero este solo pude haberlo escrito yo. Eso no lo hace ni mejor ni peor: es solo mi confrontación conmigo mismo.

Lo hemos sabido siempre: el perfeccionista le teme al fracaso y por eso no hace nada. Eliminado ese ensueño de la cabeza es cuando uno se atreve a equivocarse, porque no queda de otra y porque lo único que nos hace humanos es intentarlo una vez más. Y cómo cuesta vencer ese maldito afán, ese miedo a equivocarnos.

Y como el mundo tiene variables, no tiene ningún sentido culparnos todo el tiempo de todo lo que nos pase. Asumir que nuestro éxito o nuestro fracaso estuvo siempre en nuestras manos es engañarse, es creer que entonces podemos tener control de todas nuestras realidades y que por ende podemos determinarla, moldearla. Por eso Sartre tiene razón: “El infierno son los otros”. Siempre vemos todo como una cuesta arriba. No somos demasiado culpables ni de todo lo bueno ni de todo lo malo que nos pasa. Si así fuera, el mundo estaría moldeado a nuestro favor. Me lo comenzaré a repetir como un mantra: hay variables, variables…

Eso no quiere decir que no tengamos responsabilidades. Pero de eso a creer que el éxito y la felicidad están solo en nuestras manos, bueno… qué terrible forma de engañarse. Y fui un idiota, porque durante años me eché demasiadas culpas, por desconocer esta obviedad, esta verdad simple de la vida. Recomiendo el libro Fuera de serie, de Malcolm Gladwell. Mi amigo Ricardo Corea ha hecho una buena reseña. Hubiera querido que llegara a mis manos cuando tenía unos 17 o 18 años de edad.

La plenitud no es el control absoluto de nuestra realidad y que la felicidad llegue a cada instante. La verdad es que siempre habrán cosas que se escapen de nuestras manos. Lo que nos queda es adaptarnos a los cambios y confiar al menos un poco en la infinita sabiduría popular: “Si la vida te da limones…”. Claro, eso nada tiene que ver con el conformismo. Pero que nuestra búsqueda de la supuesta felicidad y los sueños no frustre la simplicidad de vivir de verdad, con la gente que podríamos amar.

El amor… hasta el día de hoy me sigue pareciendo que es todo lo que importa. Aunque sigo temiendo que todo sea por culpa de mi maldita adicción.

En alguno de los 100,000 episodios de Dr. House, este le responde a su psiquiatra, ante la pregunta de por qué pensar más en los fracasos que en los éxitos: “Los logros solo duran hasta que alguien los arruina. El fracaso es eterno”. El psiquiatra lo había llevado a donde quería, ya que de una vez le responde: “Entonces reconoces eso. Reconoces que hay ocasiones en que no puedes hacer nada”. Según el contexto, recuerdo que esa respuesta se relacionaba con la llana y simple idea de que JAMÁS de los jamases lograremos tener todo bajo control, por lo que la obsesión con la dicotomía éxito/fracaso es uno de los más grandes daños que nos hemos hecho en la vida. Aceptar los fracasos y dejarlos atrás con madurez, pedir perdón o disculparse cuando hay que hacerlo: ¿qué otra opción nos queda para curarnos el alma y que no sea con fórmulas infantiles de autojustificación?

En fin… le estoy dando demasiadas vueltas a esto.

* * *

Queramos o no, las dudas siempre estarán ahí. Desconcierta un poco el solo pensarlo, pero es parte de la condición humana y viene incluido con el paquete de la búsqueda del ser: somos imperfectos, nos hacemos y construimos toda la vida. Es el relato a cuestas.

Siempre tendemos a desanimarnos en algún tramo. Es natural. También suele cansarnos lidiar con nuestra mentira interior, la charlatanería constante que enmascaramos con el cinturón de falsa seguridad. O de una vez nos volvemos cínicos, ya que suele resultar más reconfortante, más práctico.

A estas alturas de mi vida ya no sé si el temor y las dudas van de la mano. Dicen que en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable, así que solo debería de creerlo y ya. Pero el miedo también nos empuja y en cambio las dudas casi siempre nos estancan. Así que dudar es uno de los peores males, quizá peor que el miedo. Y sin embargo la duda siempre estará ahí, al acecho, como parte del tira y encoge del crecimiento personal.

Y es una paradoja, porque la duda, aunque es una transición que estanca, es la mejor consejera para poner todo en balanza previo a tomar una resolución. De la duda, pues, se construye el relato humano. Una máquina, cualquier forma de inteligencia artificial, apenas pone las cosas en perspectiva: está programada para decidir en frío lo que en teoría es lo mejor. El ser humano, en cambio, con la duda realiza el ejercicio de existir, de tratar de dotarle de algún sentido a aquello que en principio no comprende. Y si añadimos los dilemas éticos a este caldo, entonces nos da para discusiones infinitas sobre lo bueno y lo pertinente.

* * *

Y bien… después de darme mi terapia de dosis de realidad, solo me queda la conclusión siguiente: no puedo vivir sin esto, no puedo dejar de querer ser escritor. Y no volveré a permitir que sea por un efecto dominó que esto siga pasando. Mi meta inmediata será publicar un libro.

Creo que ahora tengo menos entusiasmo que hace diez años. Aunque en aquel entonces no tenía cabeza fría. Comenzaba apenas a vivir un poco, solo un poco de la verdadera desesperación. Ahora todo eso queda atrás, pero no hay garantías de nada en la vida. Así que mientras siga teniendo las ganas de seguir haciéndolo, viviré conforme a ello.

No sé si fui un buen o mal cómplice. Deben haber un par de grises en todo ello. Hoy solo soy la sombra de un hombre al que a veces le siguen diciendo: “De verdad que has cambiado bastante”. Me hubiera gustado discutirlo con alguien que compartió implícitos y complicidades, y que ahora está fuera de mi vida. En aquellos años entusiastas imaginábamos un futuro demasiado benévolo, como a veces suele ocurrir.

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