El despertar, cuento de Claribel Alegría

Fue a mediados de mayo. Laura y Juan Carlos, sentados frente a una mesita del bar contemplaban el paisaje marino saboreando un Extra Seco. Habían venido a pasar el fin de semana a Montelimar y se hospedaban en uno de sus bungalows, el número 233.

—¿Por qué no vamos a nadar un ratito y después volvemos a terminarnos las bebidas? —sugirió Laura—. El sol ya se va a hundir y quiero ver la chispa verde. La viste, ¿verdad?
—No —dijo Juan Carlos—. Creo que son cuentos tuyos.
—Vamos —se puso de pie Laura.
—No se lleve las bebidas —le dijo Juan Carlos al mesero—. Dentro de diez minutos regresamos.
—Está bien, pero mejor déjelas pagadas.

Juan Carlos sacó dos billetes y se los extendió.

—Podés quedarte con el vuelto —dijo.

Laura salió corriendo hacia la playa en su bikini estampado y Juan Carlos la siguió con pasos mesurados.

—Apurate —grito Laura—. O no vas a ver nada.

Agarrados de la mano se internaron los dos hasta que el agua les llegó a la cintura. El sol, un enorme disco rojo, empezaba a hundirse en el horizonte.

—No dejés de mirarlo y procurá no pestañear —dijo Laura con voz cantarina—. Cuando veás la luz verde, pedí tres cosas y verás cómo se te conceden.
—Supersticiones —le apretó Juan Carlos la mano y ambos fijaron su mirada en el sol.

“Ya, ya se va a hundir”, decía ella, cuando una enorme ola los aplastó contra el fondo, separándolos, arrollándolos, succionándolos mar adentro en la resaca. Laura alcanzó la superficie. Intentó gritar pero no pudo. Tenía la boca y la garganta llenas de agua salada y estaba enloquecida de terror. Otra ola gigante la cubrió, la sacudió en sus fauces como si fuera una muñeca de trapo, la sumergió de nuevo y entonces sí, ella gritó y el mar entró a su boca y a sus narices entorpeciendo el aullido. Los segundos se dilataron, se volvieron horas mientras ella agitaba piernas y brazos convulsivamente. De pronto, un pie tocó la arena y se orientó en un mundo de arriba y abajo, de planos separados de agua y aire.

Luchó a ciegas por alcanzar la playa y se lanzó sobre el reflujo de una ola agarrándose a la arena. Levantó la cabeza, aturdida. Divisó a Juan Carlos a unos cuantos metros de distancia haciendo esfuerzos por levantarse y salió tambaleándose, a su encuentro.

Se besaron desesperadamente y se tumbaron sobre la playa. Estaban magullados y adoloridos.

—Qué susto —dijo Laura—. Te juro que creí que me moría.
—Yo también. Todo debe haber durado un minuto, pero sentí que eran siglos y qué cosa curiosa, de repente perdí el miedo, pensé que qué manera más idiota de morir y vi cómo toda mi vida desfilaba ante mí.
—Lástima que no viste la luz verde.

Juan Carlos sonrió y no dijo nada.

—Lo increíble —cambió ella de tema— es que tragué toneladas de agua y ahora no siento nada en los pulmones.
—Yo tampoco. La debemos de haber vomitado sin darnos cuenta.
—Podríamos habernos muerto —abrió Laura grandes los ojos—. Juro que no vuelvo a meterme al mar.
—Después de semejante susto —hizo Juan Carlos una mueca y se estremeció—, lo que más necesito en este mundo es un trago fuerte para brindar a la vida. ¿Qué te parece si volvemos al bar?

Se incorporaron con dificultad y caminando despacio se dirigieron hacia allí. Las bebidas los estaban esperando en la mesita.

—Qué rico sabe este ron —dijo Juan Carlos—. Más rico que hace unos minutos.
—Tenés razón—, tiene como un sabor más intenso.
—En cambio la música —torció Juan Carlos el rostro— me golpea los oídos. Le diré al camarero que la ponga más baja.

Se levantó, fue hasta el mostrador y pidió que la bajaran. No hubo caso. Julio Iglesias seguía cantando a voz en cuello.

—Estaba mirando esta rodajita de limón —dijo Laura cuando volvió Juan Carlos—. Nunca me había dado cuenta de este verde iridiscente que tiene el limón. Parece mentira que solo hasta ahora lo haya descubierto.
—Es como si de pronto todo se hubiera intensificado —dijo Juan Carlos—. Mírale la cara al mesero. ¿Te habías dado cuenta de la enorme tristeza y de la rabia que ese rostro encierra?

Laura levantó la vista de la rodaja de limón y la fijó en el rostro del mesero que les servía a los otros dos parroquianos en la mesa de al lado.

—Increíble —dijo—. Dan ganas de llorar.
—¿Querés otro ron?
—No, amor, estoy muy cansada y no soporto la música.

Cuando salieron Laura levantó la mirada hacia el cielo. Las estrellas eran enormes, jamás había visto estrellas así. Brillaban de una manera extraña y se sintió al borde del vértigo.

—¿Sabés? —dijo—, me siento igualito a aquella vez que tomamos LSD. ¿Te acordás?
—Es verdad, yo también. Solo entonces he sentido esa intensificación de las cosas que siento hoy. Estuvimos a punto de ahogarnos, ¿será eso?
—Fue horrible —dijo Laura, apretándole la mano—. Procuremos olvidarlo.

Los bungalows eran todos igualitos. Caminaron dos cuadras en silencio y doblaron a la izquierda.

—Creo que es por aquí —dijo Juan Carlos—. Estoy confundido.
—Parece un laberinto.
—No, no es por aquí, creo que había que doblar a la derecha.
—Estoy tan cansada, ni un alma a quien preguntarle. ¿fijaste que fuera de la pareja que dejamos en el bar no hemos visto a ningún otro turista?
—Sí que me fijé. La crisis es tremenda, pero qué lindo tener la playa para uno solo, ¿verdad?

Siguieron caminado y perdiéndose en el laberinto hasta que por fin, después de más de media hora de dar vueltas y sintiéndose ambos exhaustos, Juan Carlos descubrió el número 233.

Laura entró primero y fue directamente al baño. Cuando volvió al dormitorio Juan Carlos ya estaba dormido. Ni siquiera se había quitado la calzoneta. Se tendió junto a él, desnuda, apagó la lamparita de la mesa de noche y se quedó dormida.

Soñó: La luz de la mañana entraba a chorros por la ventana y se filtraba por las cortinas iluminando la habitación. Dos muchachas vestidas en uniforme azul y delantal blanco entraron conversando. Laura trató de incorporarse y no pudo. Sentía el cuerpo pesado. Trató de increparlas y tampoco pudo. La voz no le salía, era como si tuviera la boca llena de algodones. Trató de despertar a Juan Carlos. Todo en vano. Más que miedo sentía indignación. Reconoció que estaba atrapada en un sueño. La familiar sensación de pesadilla en la que uno queda inerme ante las circunstancias.

Las dos muchachas se dirigieron al armario.

—Empecemos por aquí —dijo una.

Laura las miró atónita, enmudecida, mientras ellas empezaron a sacar la ropa y lo metieron todo en la maleta que reposaba sobre un banquito, al lado. Cuando terminaron se dirigieron al baño.

—”Opio de St. Laurent” —exclamó la más bajita—. Voy a quedármelo de propina.
—Haces bien —dijo la otra estallando en risas—. Yo en cambio me quedaré con el bikini amarillo que encontré en el closet.

Regresaron al dormitorio y entre las dos pusieron la maleta sobre la cama para cerrarla.

Fue solo entonces, cuando la colocaron sobre sus piernas sin que ella sintiera nada, absolutamente nada, que Laura comprendió.

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